Opinión

Cómo resistir la fluctuación del mercado

La invasión rusa a Ucrania, la inflación galopante y el temor al endurecimiento de la política monetaria por parte de los bancos centrales han convencido a muchos inversores de que la corrección de principios de 2022 pondrá término al mercado alcista actual. Con todo, en mi opinión, no constituye una crónica de una muerte anunciada.

Aunque las bolsas sigan fluctuando a corto plazo en reflejo de un contexto convulso, en el cómputo del año las ganancias serán buenas o excelentes tal y como ya advertí. Si no quiere perdérselas, aprenda a lidiar con la volatilidad.

En enero comenté que el bloqueo político en EE. UU. y el apaciguamiento de los temores en todo el mundo depararían un estupendo ejercicio para la renta variable internacional, aunque atravesarían un primer semestre convulso. Es cierto que no vi venir la caída de poco después ni la corrección de febrero, pero determinar el principio o el final de esos movimientos es inútil. De todas maneras, los imprevisibles vaivenes del corto plazo suelen ser el precio que pagar por los buenos resultados que cosecha la renta variable mundial a largo plazo. La volatilidad y la renta variable están intrínsecamente relacionadas; acéptelo sin intentar predecir estas fluctuaciones. Evitar las correcciones es como jugar a no perder.

El retroceso actual no se asemeja al principio de un mercado bajista. Salvo en la caída de 2020 por los confinamientos, suele empezar discretamente, lentamente, paulatinamente, arrastrando cada vez más incautos por el camino. Esta vez ha ocurrido un terremoto en la bolsa mundial: primero se desplomó el 8,1 % en quince sesiones, del 4 al 25 de enero, luego rebotó y finalmente entró en territorio de corrección ante la inquietud suscitada por Rusia. En la misma situación se halla el IBEX 35 tras ceder un 7,7 % en las diez sesiones previas a la invasión.

Al fin y al cabo, los mercados bajistas comienzan en lo alto del famoso 'muro de las preocupaciones', cuando la euforia expone a los mercados a un evento pernicioso significativo, o con una sorpresa negativa capaz de borrar billones de euros de los registros. Ninguna de las dos opciones parece plausible en la actualidad

Las correcciones, en contraposición a los mercados bajistas, son caídas rápidas de entre el 10 % y el 20 % con o sin motivo; llegan tan pronto como se van y la mayoría de ellas son fruto de noticias inquietantes divulgadas a los cuatro vientos, como ahora la crisis ruso-ucraniana, la inflación y la subida de tipos de interés. Estos sucesos llevan meses bajo la lupa de los inversores, por lo que su poder para sorprender brilla por su ausencia. 

La guerra de Ucrania es una enorme tragedia humana, pero los parqués no tienen sentimientos. Pueden sufrir altibajos, como los vistos en enero y principios de febrero atados al recrudecimiento de las tensiones, pero los conflictos regionales no constituyen la antesala de un ciclo bajista. Prueba de ello es su comportamiento durante la guerra de Corea, la de los Seis Días en 1967, la de Bosnia en los noventa, las dos de Irak en 1991 y 2003, la de Siria a mediados de la segunda década del siglo o la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014. Todas infundieron el miedo, pero no desataron un mercado bajista, y, pese a sus trágicas consecuencias, no afectaron tanto al comercio internacional como para provocar un problema duradero.

Las únicas guerras que han precedido a rachas negativas han sido las mundiales. Pero no es necesario barajar esta posibilidad por ahora. La reacción de Occidente se está concretando en sanciones o en proteger a los miembros de la OTAN vecinos de Rusia para disuadir al Kremlin de emprender nuevas agresiones. El país euroasiático podría castigar a Europa cortando el suministro de gas y petróleo, pero este no es un obstáculo insalvable. EE. UU. podría exportar más gas, como viene haciendo recientemente. Además, el Kremlin pondría en riesgo sus ingresos petroleros, los cuales sufragan casi la mitad del presupuesto ruso.

Con respecto al alza de tipos, tampoco hundirá las bolsas pese a su mala fama. Como expliqué en febrero, ni la bolsa española ni la estadounidense se correlacionan sistemáticamente con los movimientos de los tipos a largo plazo. Además, tras las subidas de tipos de la Reserva Federal de EE. UU., históricamente la tendencia de las acciones ha sido más positiva que negativa. Hoy en día no representa ningún riesgo.

Por más que los factores negativos sean de sobra conocidos y sus efectos estén sobrevalorados, podrían seguir sacudiendo los mercados a corto plazo. En todo caso, en cincuenta años de profesión no he conocido a nadie capaz de prever con exactitud la llegada de la volatilidad. ¿Acaso puede predecirse algo tan voluble como los sentimientos?

He visto a muchos fracasar en el intento, así que no se lo recomiendo. En vez de eso, le aliento a recordar dos aspectos cruciales. El primero es que, si para alcanzar sus objetivos necesita la alta rentabilidad de las acciones, estas deberían ser su inversión de referencia. Solo debería desviarse de este camino si identifica un enorme contratiempo que haya pasado inadvertido. El segundo es que la volatilidad no siempre es negativa. En los mercados alcistas hay más subidas que bajadas. En el ciclo alcista de 2009 y 2020, pese a las cuatro correcciones y los doce retrocesos superiores al 5 %, la renta variable mundial se disparó un 417 %. 

No es posible cosechar rentabilidades como las bursátiles sin cierta inestabilidad, de modo que no se deje amedrentar por estos altibajos. No pierda la paciencia: la recompensa llegará más pronto de lo que se espera.

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