Opinión

El turismo: reformular la "gallina de los huevos de oro"

España debe hacer de la necesidad virtud y mejorar su oferta para atraer de nuevo al turista internacional

Desde que a comienzos de 2021 se iniciase el proceso de vacunación contra la COVID-19, las principales potencias mundiales receptoras de turistas subrayaron en rojo los meses de julio y agosto, el verano en el hemisferio norte, como fecha límite para normalizar su situación sanitaria y abrir sus fronteras a los visitantes. De hecho, una parte más que reseñable de su PIB de 2021 dependía del grado de normalización turística alcanzada durante la canícula estival.

Por ello, consignas como "debemos salvar el verano" constituyeron el mantra de las tradicionales potencias turísticas durante el primer semestre del año. No en vano, hasta la pandemia, España era la segunda potencia turística mundial, y recibió 83,7 millones de visitantes extranjeros en 2019, cifra solo superada por Francia. Concretamente, el turismo representaba un 12% del PIB español, y empleaba a unos 2,6 millones de trabajadores. No en vano, la restricción de movimientos derivada de las fases más duras de la pandemia fue dramática para países como España, que llegó a ver limitado su tráfico aéreo hasta un irrisorio 5% respecto al prepandémico.

La mayor parte de los destinos turísticos emprendieron la carrera por la vacunación que les otorgase el reconocimiento como destinos seguros, a la vez que trataban de adecuar sus infraestructuras a la nueva situación y eliminar trabas burocráticas. Apostaron por la recuperación del sector en una suerte de proteccionismo turístico que en ocasiones supuso la reconfiguración de la propia "marca territorio" y otras veces tuvo tintes propagandísticos o incluso desinformativos.

La práctica totalidad de los destinos incidió en las bondades del turismo nacional como solución inmediata para la recuperación del sector. A pesar de la relevancia del turismo de proximidad, se trató de una apuesta limitada a sabiendas de que las grandes cifras las aporta el viajero internacional. Para seducirlo, sin mermar la calidad del servicio ni alzar los precios, se optó por establecer en el aeropuerto zonas esterilizadas libres de la COVID-19, controles que garantizasen la seguridad sanitaria en todo el proceso aeroportuario, facilitar todas las gestiones online y, sobre todo, eliminar o reducir las trabas burocráticas, como demostró la iniciativa del pasaporte COVID europeo, que entró en vigor en julio.

De alguna manera, el viajero pandémico se ha transformado. Ha recuperado la ponderación de cuestiones antes inadvertidas como su propio espacio vital. En cierta forma, este verano nos hemos alejado del tradicional turismo de masas, motivo por el que muchos países han reducido las plazas de alojamiento (algunos establecimientos no han reabierto tras la pandemia), y se ha mejorado una parte de las infraestructuras para adaptarlas a los protocolos COVID. Asimismo, se han verificado motivaciones e intereses más allá del tradicional sol y playa, experimentando un auge el turismo rural, el camping o el glamping. Destinos más accesibles (incluso en vehículo propio), próximos y en los que los visitantes han podido continuar practicando el distanciamiento social.

Concretamente, España ha reproducido hasta la fecha las tendencias descritas. Si bien los números globales de 2021 quedarán todavía muy lejos de los de 2019, al igual que probablemente sucederá con los veranos de 2022 y 2023, lo cierto es que la salvación de la campaña turística española de verano ha venido de la mano del viajero nacional. De hecho, en julio se superó el número de pernoctaciones realizadas por los visitantes nacionales en el mismo mes de 2019 (alcanzando los 14,9 millones de noches en cifras del INE), lo que supone un récord absoluto para cualquier julio desde el inicio de la serie histórica (en 1999). El turista patrio ha preferido quedarse en el territorio nacional ante la imprevisibilidad de las nuevas variantes, los distintos requisitos de los diferentes destinos o las temidas cuarentenas obligatorias sobrevenidas, que bien podrían haber arruinado sus vacaciones.

La otra cara de la moneda ha sido la limitadísima recuperación del turismo internacional (del que depende gran parte del sector), con un 39% menos (casi 17 millones) de pernoctaciones extranjeras en establecimientos españoles respecto a los datos de julio de 2019. Ello resulta especialmente doloroso en tanto en cuanto el turista internacional gasta más en destino que el nacional al no tratarse de un visitante de proximidad, sino de un viajero de largo radio que habitualmente paga por más servicios en destino. En definitiva, al igual que los españoles, los extranjeros, en una suerte de proteccionismo pandémico, también han optado por quedarse en sus países en lugar de viajar fuera de sus fronteras mientras las incertidumbres derivadas de la pandemia no terminan de disiparse.

Si se realiza un análisis conjunto puede concluirse que la dependencia turística española del turismo internacional ha impedido que las buenas cifras del turismo nacional hayan podido conseguir amortiguar el desplome de las cifras. Es por ello que los destinos más afectados han sido aquellos con mayor dependencia del cliente internacional, especialmente del mercado británico y, en menor medida, del alemán, como son los casos de las islas, algunos puntos referenciales del litoral mediterráneo, así como grandes ciudades polos de atracción turística por sí mismas, como Madrid o Barcelona. Por el contrario, han sufrido mucho menos e incluso han experimentado algunos repuntes los destinos de interior, el norte peninsular o la costa Atlántica andaluza.

En definitiva, aunque se ven los brotes verdes, la brecha de recuperación turística es todavía muy acusada, motivo por el que algunas predicciones apuntan a que solo podremos recuperar la normalidad turística en 2024. Sea como fuere, potencias turísticas como España bien podrían hacer de la necesidad virtud y aprovechar la crisis pandémica para reformular su "gallina de los huevos de oro". El mantra tan manido de que el turismo va solo ya no parece que será válido en el entorno post-pandémico, motivo por el que las decisiones que se tomen ahora al respecto (incluida la gestión de los fondos europeos Next Generation), serán decisivas para las próximas décadas en países como el nuestro. Ingredientes tradicionales como paisaje, playas, clima, estilo de vida, infraestructuras, serán indispensables pero insuficientes. Debemos pensar más allá, maridando el turismo post-pandémico con conocimiento, tecnología, digitalización, habilidades, gestión, políticas sostenibles, diplomacia pública, marca territorio, involucración de todos los stakeholders público-privados, diversificación de mercados de origen y micro-segmentación de los perfiles turísticos objetivo, entre otras recetas.

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