Opinión

Sin razones para el miedo en bolsa

Para el autor, la renta variable no debe verse afectada de forma negativa por el repunte de la inflación

¿La amenaza de la inflación se hará realidad pronto? Esta pregunta mantiene en vilo a los analistas de ambas orillas del Atlántico por la aprobación de enormes planes de estímulo monetario y gasto público en todo el mundo, sobre todo en EEUU. Una posibilidad, con todo, remota: como demuestra la historia, las medidas de los bancos centrales podrían no haber impulsado la creación de dinero real y, además, los llamados estímulos fiscales no generan crecimientos desaforados.

El famoso economista Milton Friedman nos enseñó que la inflación siempre es un fenómeno monetario que alcanza un nivel considerable cuando hay demasiado dinero para adquirir demasiados pocos productos, lo que se traduce en un disparo de los precios y, en consecuencia, de la inflación. Los pesimistas afirman que este proceso ya está en marcha a tenor del aumento vertiginoso de la oferta monetaria y de una reapertura mundial que ha reavivado el consumo, haciendo hincapié en el repunte interanual del 5 % registrado en mayo en EEUU y advirtiendo de que Europa será la siguiente. Sin embargo, los repuntes interanuales, como el tropezón del 2,4 % de mayo en España, son en su mayoría espejismos matemáticos fruto del desplome de los precios de base en la primavera de 2020 a causa de la pandemia. Las alzas mensuales, por su parte, no son más que anomalías pasajeras debidas a la reapertura, por lo que nada tienen que ver con una presión sistemática sobre los precios como la que azotó a España y EE. UU. en los setenta.

Según la teoría monetaria, la inusual explosión de oferta de dinero promovida por los bancos centrales en 2020 debería haber desatado una inflación galopante hace tiempo. Si no ha ocurrido así es, en parte, porque gran cantidad de la liquidez creada no es dinero real, es decir, un medio de intercambio con el que comprar y vender cosas. En realidad, la definición del dinero se ha ampliado considerablemente en los últimos cincuenta años para incorporar numerosos productos líquidos.

El agregado monetario M4 estadounidense incluye partidas tan disparatadas como los bonos a corto plazo o el papel comercial, con los cuales evidentemente no se puede comprar nada, más bien se compran empleando dinero. El M3 de la eurozona, el indicador más amplio de la región, subió un 11,6 %, pero igualmente contiene muchísimo dinero falso. A saber cómo evolucionarán estos despropósitos; quizás acaben incorporando acciones, materias primas, los premios de la lotería o incluso el valor de los fichajes de los futbolistas. El único dinero que importa es el que usamos para comprar y vender, y este está creciendo por debajo del 10 %.

Además, durante mucho tiempo los monetaristas pensaban que la velocidad del dinero (la cual mide la frecuencia en la que el dinero cambia de manos) era relativamente constante, lo que no es exacto. De acuerdo con los escasos indicadores actuales de la velocidad del dinero, esta protagonizó un hundimiento después de que la Reserva Federal de EEUU. lanzara un programa de expansión cuantitativa (QE) en 2008 que culminó con la caída en picado hasta mínimos históricos en 2020. Es probable que el supuesto aumento de la oferta monetaria del año pasado simplemente sustituyera el efecto de la velocidad machacada por los confinamientos.

Con respecto a los grandes programas de gasto, como el fondo Next Generation EU (de 807 000 millones de euros) o el ambicioso plan de Joe Biden (de 3,3 billones de euros), han surgido dudas sobre si dispararán la velocidad del dinero y, con ello, se sobrecalentarán las economías. Veamos por qué esto es improbable. Desde 1971, en EEUU se han aprobado dieciséis programas de estímulo significativos, precedidos, doces meses antes, de un crecimiento medio del PIB del 2,3 %; doce meses después, este crecimiento era apenas del 1,7 %. Si bien los resultados de los dieciséis planes son dispares, no existe ninguna evidencia estadística de que los llamados «estímulos» realmente estimulen.

Esa paradoja se explica porque el dinero no se vuelca a la economía de golpe, sino que los grandes proyectos requieren hoy un sinfín de permisos, estudios y autorizaciones de otras tantas organizaciones públicas, por no mencionar que a menudo los presupuestos posteriores reducen o abandonan los planes. Así, los proyectos, sencillos a priori, acaban pareciéndose a la construcción de la Sagrada Familia.

Por otro lado, las encuestas revelan que los estadounidenses solo gastaron un cuarto de los cheques de estímulo relacionados con el coronavirus, dedicándolo, en cambio, a ahorrar o amortizar deuda como la de las tarjetas de crédito, que cayó un 13,8 % interanual en el primer trimestre de 2021. La expansión del crédito ha tendido a la baja desde que repuntara en 2020 a raíz de la relajación de las medidas contra la pandemia. En España, la concesión de préstamos a empresas no financieras se ralentizó hasta el 0,8 % interanual en abril y cayó un 2,9 % en mayo. De esto se desprende que el crecimiento y la inflación pospandemia son análogos a los datos anteriores a ella tras un corto bache.

La escasez de materias primas que ha impulsado la mayor subida mensual de los precios de producción de España en décadas es temporal. El año pasado, los fabricantes reaccionaron de manera desproporcionada, limitando su capacidad y subestimando la solidez y celeridad de la recuperación tras la reapertura. Ahora, el alza de los precios los incentiva a hacer lo contrario, pero no pueden aumentar su producción de la noche a la mañana. Al final, la oferta se ajustará a la demanda y los costes se estabilizarán. Es una regla básica de la economía, tal y como demuestra el reciente hundimiento de los precios de la madera.

En todo caso, por muy equivocado que esté, la renta variable no se verá afectada, ya que la inflación asciende lentamente, lo que da a los inversores tiempo de sobra para ajustar sus previsiones. Los mercados normalmente ignoran las primeras alzas de la inflación, puesto que las empresas se adaptan repercutiendo los costes, lo que refuerza los beneficios.

Lo relevante es que las acciones ya reflejan en sus cotizaciones el miedo a la inflación, uno de los más temidos durante todo el año según las encuestas a gestores de fondos de todo el mundo. Pese a ello, si consideramos que la prensa ya se hace eco de la amenaza, su capacidad de sorpresa es nula.

El rápido avance del temor a la inflación (que revela que el sentimiento de calentamiento no está desbocado) es un discreto factor alcista, así que déjeles las dudas a los expertos y disfrute de esta subida de la última fase del mercado alcista.

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