Opinión

Gobierno a la italiana

El primer ministro italiano Mario Draghi

Resulta difícil de entender y mucho más complicado de explicar que en un país que ha encajado la caída del PIB más alta desde la guerra de Cuba y con un impacto social aún mayor, como recordaba la ex ministra de Trabajo, Fátima Báñez, que tiene más de cinco millones de parados, incluidos los trabajadores en ERTE y los autónomos en cese de actividad, y que ha elevado su nivel de deuda pública hasta casi el 120 por ciento del PIB, tenga un gobierno dividido y enfrentado cuyas prioridades son la Ley de Transexualidad, la intervención de los alquileres, los indultos a los políticos presos del Procés, o el traslado de los presos de ETA a cárceles del País Vasco, además de alentar las manifestaciones del 8 de marzo en plena crisis sanitaria.

Y que ese mismo país tenga también una oposición desunida, desnortada y cuya primera fuerza se dedique más a conseguir el control interno de su propio partido y a repartirse con la mayoría de gobierno el control de la televisión pública y los miembros del Consejo General del Poder Judicial, que deberían ser elegidos por los jueces para garantizar su independencia y la separación de poderes que es la esencia de las democracias.

Es un país cuya imagen aparece deformada como si estuviera reflejada en un espejo cóncavo, que es como el maestro Valle-Inclán definía su esperpento, y que contrasta vivamente con la lección que, una vez más, nos envían desde Italia, donde se nombró primero un comité de expertos economistas y gestores para gestionar el fondo europeo de reconstrucción y resiliencia, y que ha colocado después al frente del Gobierno, y con el consenso de la mayoría de partidos, a un Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo que en menos de quince días de mandato ha conseguido reducir la prima de riesgo italiana en más de 30 puntos básicos, desde los 120 al entorno de 90, y que ha acercado a su país a esta España nuestra en los mercados pese a tener cuarenta puntos más de deuda.

Un Mario Draghi que apuesta decididamente por el europeísmo y las reformas, que tiene la máxima confianza y el respaldo de Bruselas y de los inversores internacionales, frente a las dudas y recelos que despiertan Pedro Sánchez y sus coaligados de gobierno, y que asumiendo la recuperación de la economía como prioridad de su actuación ha formado un gobierno de técnicos entre los que destacan el que fuera consejero delegado mundial de Vodafone, Vittorio Colao, como ministro de Innovación y Transición Digital, el nuevo titular de Economía, Daniele Franco, presidente saliente del Banco Central Italiano, o Roberto Cingoliani, científico y exdirector del Instituto Italiano de Tecnología y exconsejero de Ferrari , que asumirá la cartera de Transición Ecológica. Como aquí.

En menos de 15 días Draghi ya se ha ganado la confianza de Bruselas y de los grandes inversores

Consciente, además, de la importancia del turismo como dinamizador de la economía italiana ha tomado la valiente decisión de crear un Ministerio específico para el turismo, algo que aquí se echa en falta desde que Aznar en 1996 suprimiera el Ministerio de Comercio y Turismo que dirigía Javier Gómez Navarro en el último gabinete de Felipe González, y que era un auténtico ministerio de la empresa y esencial para la modernización y el desarrollo de la que todavía sigue siendo nuestra primera industria y que ahora se muestra entre escéptica e indignada ante el anuncio de esos de 11.000 millones de euros que Sánchez se sacó de la chistera para acallar las críticas a un gobierno que sigue a la cola de Europa en ayudas directas a la empresa.

Un paquete de ayudas al turismo, la hostelería y e comercio, que llega tarde y que, sobre todo es claramente insuficiente si tenemos en cuenta que sólo el turismo cifra en unos 11.500 millones las pérdidas por la pandemia mientras que el comercio y la hostelería elevan esa cifra por encima de los 12.000 millones.

Son las dos caras opuestas de cómo gestionar la recesión y preparar una recuperación firme y duradera. Italia y Draghi han marcado las directrices y la senda, sí; pero aquí, ¿de dónde sacamos los italianos?

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