Opinión

El incierto regreso a las aulas

La pandemia ha traído aparejada una serie de cambios en todos los órdenes. Uno de ellos es la educación. Es importante que la docencia presencial siga siéndolo porque el alumno aún no está acostumbrado a la modalidad virtual. Debemos señalar que, durante el confinamiento, la formación online ha sido asumida por parte del alumno de una manera excelente; a pesar de ello, los alumnos necesitan la presencialidad, puesto que presenta una serie de matizaciones y sensaciones de las que carece el modo virtual, siendo la más importante la sociabilidad y la necesidad de rodearnos de gente que llevamos intrínseca los españoles.

La globalización y la digitalización han hecho fundamentar la formación de las universidades con el fin de incrementar la empleabilidad de los graduados. No obstante, el inicio del curso académico está basado en una gran incertidumbre debido a la falta de coordinación para establecer los protocolos y medidas anti Covid. Como docente, aprecio una sensación extraña en el alumnado, ya que se encuentra en un contexto raro con un cambio de distribución en las aulas y en la forma de impartir docencia. Así mismo, la singularidad en los espacios y las relaciones sociales en el ámbito universitario, además de todos los impactos provocados por la falta de cuidado y responsabilidad de algunos grupos de alumnos, están haciendo peligrar la escasa normalidad de la presencialidad de las clases.

La disrupción tecnológica conduce a la desaparición de parte de los empleos que hoy conocemos y la aparición de nuevas ocupaciones, pero también nos lleva a implementar un cambio en la formación. La universidad se está adaptando a marchas forzadas, dado que la presencialidad era la norma general y la virtualidad un complemento. Ahora se invierten los papeles, o al menos se igualan, lo cual ha trastocado a profesores y alumnos que ahora se ven obligados a realizar sus funciones en el ámbito online.

Bolonia tiene tres vertientes que se desarrollan en los Grados y que ahora se deben mejorar a través de la tecnología. Por un lado fomenta los conocimientos, que pueden ser adquiridos presencial o virtualmente; apuesta por las competencias, es decir, la aplicación de los conocimientos a la realidad existente, y eso solo se puede llevar a cabo a través de prácticas en empresas curriculares además del conocimiento del propio profesorado sobre la realidad profesional y empresarial. La tercera son las habilidades, ; y qué duda cabe que una de ellas es aprender el manejo de las tecnologías para poder relacionarnos y entender una nueva socialización que está presente en la actualidad.

A este respecto, todo lo mencionado se ha visto agudizado por la falta de coordinación. El Gobierno central y las comunidades autónomas han retrasado la toma de decisiones a la hora de plantear los distintos escenarios y protocolos que podrían darse después de haber finalizado el confinamiento en el mes de mayo. En un principio nos hemos fijado en la actividad económica del turismo, sin tener en cuenta que había actividades colaterales que a lo largo de los meses iban a necesitar de una coordinación a la hora de poder sostener los distintos rebrotes que pudieran surgir de la pandemia.

Se necesita más coordinación y que la administración abandone la sobreactuación

Sabiendo que la única realidad para poder acabar con la enfermedad es la creación de una vacuna, ya no solo no se han tomado las medidas pertinentes para reactivar la economía, sino también otros aspectos como la educación, teniendo en cuenta que una paralización de la misma hace que toda una generación no adquiera los conocimientos necesarios para poder hacer frente a una empleabilidad que ya de por sí es incierta.

En definitiva, necesitamos una coordinación por parte de todas las administraciones y a todos los niveles, donde de alguna forma se tengan en cuenta todos los sectores: sanitarios, educativos, sociales, económicos... No es fácil, pero es conveniente tender a ello, siendo del todo necesario que los agentes implicados lleguen a un consenso, dejen la sobreactuación a la que nos tienen acostumbrados y posean altas dosis de humildad a la hora de la toma de decisiones.

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