Opinión

El liderazgo económico en el mundo post-Covid

EEUU debe seguir asumiendo su función de liderazgo en la economía mundial

Qué le deparará el futuro a la economía mundial? Actualmente la respuesta más probable, desafortunadamente, es menor crecimiento, mayor desigualdad, mercados distorsionados y aumento de los riesgos financieros. Pero este no es un resultado inevitable. Con cambios oportunos en el paradigma de las políticas, sus responsables pueden preparar el terreno para una economía más dinámica, inclusiva y resiliente.

El daño económico causado por la crisis del Covid-19 en el segundo trimestre de 2020 es aún peor de lo esperado: la actividad económica se desplomó, aumentó la desigualdad y los desconectados mercados financieros se distanciaron aún más de la realidad económica. Además, sin una vacuna, el camino para salir de la pandemia —y de la crisis económica asociada— continúa siendo profundamente incierto.

Se deben reactivar la paralizada reforma de la gestión del FMI y el Banco Mundial

Las instituciones económicas internacionales líderes en el mundo —el Fondo Monetario Internacional, la OCDE y el Banco Mundial— nos advierten ahora que pueden ser necesarios al menos dos años para que la economía mundial recupere el terreno perdido frente al Covid-19. Si las principales economías enfrentan oleadas adicionales de contagios, la recuperación amenaza con prolongarse incluso más.

Las políticas oportunas y bien diseñadas en favor del crecimiento podrían acelerar estos plazos, aumentando el alcance y la sostenibilidad de la recuperación. Esto no solo implica más asistencia en el corto plazo, sino también un mayor énfasis en medidas con miras a futuro que promuevan la productividad, reduzcan la inseguridad económica de los hogares, alineen mejor los impulsos nacionales e internacionales al crecimiento, y contrarresten la creciente y peligrosa desconexión entre el sistema financiero y la economía real.

Existe una peligrosa desconexión entre el sistema financiero y la economía real

En esto EEUU, por ser la mayor economía del mundo, tiene un papel de liderazgo importante. Como proveedor de la principal moneda de reserva mundial, el papel de EEUU es fundamental para movilizar y asignar los fondos disponibles para inversión en el mundo, especialmente en un momento en que la Reserva Federal interviene con fuerza en los mercados financieros mundiales. Como miembro dominante en el FMI, el Banco Mundial, el G7 y el G20, puede impulsar -o debilitar- la coordinación de la política mundial.

Aunque los responsables de las políticas estadounidenses por lo general están más que dispuestos a adoptar políticas procrecimiento, su capacidad para ello se ve cada vez más limitada por la traicionera política interna. Ciertamente, el paquete de ayuda de 3 billones por el Covid-19 es una muestra impresionante de colaboración entre partidos. Pero, a medida que los contagios por el Covid-19 aumentan y salen a la luz las tensiones sociales -visibles en las generalizadas protestas contra la injusticia racial y la violencia policial- los legisladores estadounidenses han regresado a sus respectivas esquinas. En consecuencia, los avances para establecer las bases de un crecimiento a largo plazo -incluso en áreas donde parecía haber acuerdo bipartidario, como las infraestructuras y (en menor medida) el reciclaje y adaptación de los trabajadores- parece una perspectiva más distante.

Una desconexión similar entre la voluntad y la capacidad se percibe en la respuesta estadounidense a través de sus políticas monetarias. La Fed está dispuesta a hacer todo lo posible para limitar el daño cíclico y estructural en el mercado laboral, incluidas las más de 46 millones de personas que solicitaron beneficios por desempleo. Pero carece tanto de herramientas eficientes como del apoyo de los responsables de las políticas fiscales, que están mejor equipados para fomentar un crecimiento duradero.

Con pocas opciones para promover el crecimiento económico genuino, la Fed se ha visto obligada a dar pasos previamente impensables que están distorsionando cada vez más el funcionamiento de los mercados financieros, agravando así la desigualdad en términos de riqueza y fomentando la adopción de riesgos excesivos tanto por los deudores como por los inversores. En vez de ser parte de la solución, la Fed se arriesga ahora a crear más problemas, entre ellos, la mala asignación de los recursos, los excesos de deuda y la inestabilidad financiera, todas cuestiones que podrían afectar al crecimiento.

Las intenciones y los resultados también están desalineados en las relaciones económicas internacionales. En su puja por un sistema comercial mundial más equitativo, el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump promovió políticas bilaterales que debilitaron los flujos comerciales. EEUU es ahora la economía avanzada más proteccionista.

En términos más amplios, en un momento en que las crisis mundiales se multiplican y requieren una estrecha coordinación de las políticas individuales y colectivas, el Gobierno de Trump ha evitado el multilateralismo. Para algunos países, especialmente en Asia, su propia política se ha convertido en algo cada vez más impredecible y alimenta dudas sobre la robustez y fiabilidad de un sistema mundial que mantiene a EEUU en su centro. China, por su parte, ha acelerado sus esfuerzos para profundizar las vinculaciones bilaterales y regionales para evitar a EEUU, pero al coste de fragmentar el sistema internacional.

Los responsables de las políticas estadounidenses están divididos en muchas cuestiones, pero seguramente pueden coincidir en que es deseable un crecimiento más rápido, inclusivo y duradero. La única forma sostenible de lograrlo es acompañar las medidas de ayuda en el corto plazo con políticas fiscales y reformas estructurales orientadas al futuro que favorezcan el crecimiento (y el empleo). De lo contrario, problemas de corto plazo que posiblemente se podrían revertir -como el alto desempleo- podrían arraigarse profundamente y resultar mucho más difíciles de solucionar.

Por su parte, la Fed debe ejercer más precaución en su intervención en los mercados. Al ampliar continuamente tanto la escala como el alcance de sus programas de compra de activos, está quitando a los mercados su capacidad para fijar precios y asignar recursos adecuadamente. Si no tiene cuidado, la Fed podría, sin quererlo, dejar en la estacada al potente sistema de mercado estadounidense, sosteniendo a empresas zombis que reducen la productividad y disminuyendo aún más la probabilidad de un crecimiento económico genuino que eventualmente validaría los elevados precios de los activos.

Finalmente, los responsables de las políticas estadounidenses debieran trabajar conjuntamente para recuperar el liderazgo económico mundial de su país a través de la revigorización de las discusiones sobre políticas multilaterales y mejorando el funcionamiento del sistema mundial basado en normas. A tal efecto, EEUU debiera reactivar los paralizados intentos de reforma de la gestión del FMI y del Banco Mundial, para lo que debe, entre otras cosas, adecuar la representatividad a las realidades económicas actuales y trabajar para aumentar los recursos del Fondo.

Otros países no debieran subestimar la importancia de esos cambios para su propio desempeño económico. No importa cuán grande es una economía, probablemente se verá influida por el crecimiento económico estadounidense, la estabilidad financiera internacional y los efectos de las políticas monetarias. Con la crisis del Covid-19 la evolución del paradigma de política económica se ha convertido en una cuestión urgente. El desafío para otros países es ahora reducir el "riesgo de ejecución" estadounidense haciendo todo lo posible a nivel local para garantizar los impulsos al autofortalecimiento del crecimiento y a un sistema internacional más justo.

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