Opinión

Cuestiones clave más allá del virus

La pandemia solo ha suspendido por un tiempo las hostilidades comerciales entre EEUU y China

A estas alturas resulta evidente que la pandemia originada por el Covid-19 es una de las mayores crisis humanas y económicas desde la Segunda Guerra Mundial. Como tal, es lógico que atraiga todas las miradas. En los medios de comunicación, en los informes de las instituciones económicas, en los mercados… todo se centra en la pandemia y sus consecuencias. Y no es para menos.

Sin embargo, en estos momentos, en los que quizás se empieza a ver la luz al final del túnel, toda vez que parece que el ritmo de crecimiento de los contagios y fallecimientos empieza a retroceder, y en los que algunos gobiernos empiezan a elaborar planes para retirar de forma paulatina las restricciones, es una buena ocasión para recordar que, antes de la irrupción del virus, había varias cuestiones, que seguirán teniendo una influencia significativa en las economías cuando se supere la fase aguda de la lucha contra la epidemia. Podemos enumerar algunas de ellas.

La crisis sanitaria ha acentuado la necesidad de adaptarse a las nuevas tecnologías

En primer lugar, la guerra comercial entre EEUU y China. Esta es la fuerza subyacente que más influencia tendrá sobre la política económica a nivel mundial en las próximas décadas. No se trata de una guerra comercial clásica, es decir, un conflicto en el que un país impone restricciones coyunturalmente a la importación de productos para proteger a una industria local que está siendo barrida por la competencia exterior. En esta ocasión se trata de una auténtica lucha por la hegemonía tecnológica en la que está en juego el predominio sobre la economía mundial en las próximas décadas. Las barreras a la importación que se imponen son mera munición en esta guerra, pero no están directamente relacionadas con los sectores que se protegen, sino con el daño que pueden hacer al adversario. Como consecuencia de la epidemia y de las elecciones en EEUU, la guerra está en estos momentos en un alto el fuego. Pero esta situación no tiene por qué ser duradera, y los acuerdos alcanzados hasta ahora son meros parches que no han resuelto el conflicto de raíz. Una de las consecuencias de la pandemia, podría ser que el papel de China en el comercio internacional y en la escena global se vea alterado, al producirse una diversificación de fuentes de suministro. Esto alterará los términos de la guerra comercial que existían antes del Covid-19. En todo caso, con independencia del impacto del virus, mientras no existan reglas aceptadas por las dos partes de cómo realizar y retribuir las transferencias de tecnología, la guerra comercial seguirá abierta.

El proyecto europeo no avanza y solo es capaz de sobrevivir poniendo parches circunstanciales

En segundo lugar, debemos prestar atención al conflicto por la hegemonía en el Golfo Pérsico que se está desarrollando entre Rusia e Irán, por un lado y Arabia por otro. La independencia energética alcanzada por EEUU con el desarrollo del gas y petróleo de esquisto permitió una cierta retirada estratégica de la gran potencia americana en Oriente Próximo. El vacío ha provocado una lucha entra las potencias locales, Irán y Arabia, que disputan el control político, económico y religioso de la zona. Los contendientes se financian a través de las exportaciones de crudo y esto genera, como en el caso del conflicto entre EEUU y China, situaciones intermitentes de guerra abierta. Se alternan episodios en los que el precio del petróleo se reduce por el intento de Arabia Saudita de arruinar a sus adversarios y reducir la independencia económica de EEUU, con períodos en los que el precio del petróleo sube, tras alcanzar acuerdos de producción, siempre inestables, cuando la situación financiera de los contendientes se hace insostenible. Estas tensiones se han acrecentado con la irrupción de la pandemia que ha deprimido la demanda global, reducido abruptamente el precio e incentivando la participación de los EEUU en la consecución de un acuerdo.

En tercer lugar, tenemos el futuro de Europa. La UE sufre las consecuencias de los dos conflictos antes descritos, pero no participa en ellos, ni tiene ninguna influencia real. Tampoco ha creado las condiciones necesarias para situarse a la vanguardia de los cambios tecnológicos que están en el origen del conflicto entre EEUU y China. Además, la crisis sanitaria está reproduciendo viejos conflictos y las posiciones entre el Norte, el Sur y el Este de la Unión parecen estancadas. Esto impide una respuesta política decidida. El proyecto europeo no avanza y sólo es capaz de sobrevivir poniendo parches circunstanciales. A corto plazo, tenemos dos pruebas de fuego que determinarán si Europa es capaz de salir de su letargo. Por una parte, este año debe aprobarse el nuevo Marco Financiero Multianual, es decir el presupuesto de la Unión Europea para los próximos siete años. Y por otra, la reforma del Pacto de Estabilidad y Crecimiento que establezca reglas más realistas y garantice un mayor cumplimiento de la necesaria responsabilidad fiscal en la Unión Monetaria. El primero de los retos va a dar la medida de hasta que punto realmente el proyecto europeo es creíble; y el segundo, debe establecer las bases para desterrar la desconfianza que ahora existe entre los miembros de la Eurozona y despejar el camino hacia una mayor integración. Sin superar con nota estos obstáculos es difícil vislumbrar un futuro más dinámico para la Unión.

En cuarto lugar, debemos recordar los problemas demográficos. Los países más desarrollados envejecemos, mientras que del resto del mundo aumenta la presión migratoria. En España esto se traduce en un peso cada vez mayor de las pensiones en el gasto público, mientras que, simultáneamente, precisamos ordenar una inmigración que necesitamos pero que no puede desbordarnos. El Covid-19 parece haber puesto en suspenso ambas cosas. Pero en cuanto la fase aguda de la crisis desaparezca, será necesario afrontar el creciente gasto en pensiones, con una reforma realista y no demagógica del sistema, y a su vez, desarrollar una política inmigratoria racional y efectiva. Y esto deberemos hacerlo con unas cuentas públicas muchos más tensionadas, como consecuencia de la epidemia.

Por último, los cambios tecnológicos se están produciendo a gran velocidad y están transformando nuestras formas de vida y de trabajo. Ello exige un esfuerzo de adaptación constante a las sociedades: empresas, personas y gobiernos. La crisis sanitaria no ha hecho más que acentuar la importancia de las nuevas tecnologías y a necesidad de una adaptación, aún más rápida si cabe. Efectivamente, con la crisis sanitaria estamos viendo ejemplos de teletrabajo o de educación distancia que no creíamos posibles de forma tan masiva. La adaptación a estos cambios, así como la prevención de situaciones de emergencia como la que hemos vivido ocuparán la agenda central de empresas y gobiernos en los próximos años.

En definitiva, ya antes de la crisis sanitaria el mundo se enfrentaba a retos importantes. La repentina irrupción de la epidemia no ha hecho sino acentuar estos retos y crear otros nuevos. Cuando desaparezca la fase aguda, deberemos dar respuesta a todos ellos a la vez. Y además lo haremos siendo más conscientes de las limitaciones de nuestros Estados y de la necesidad de estar más preparados para imprevistos. Este debe llevar a un cambio en la forma de hacer política económica que debe tener como pilares la moderación, la cooperación, el conocimiento y la buena gestión.

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