Internacional

Las crisis políticas se le acumulan a Trump mientras su rechazo ronda máximos de más de dos años en las encuestas

  • Un nuevo escándalo sobre Rusia se une a la crisis del virus y la racial
  • Los republicanos 'disidentes' están sacandod e sus caillas a Trump
Donald Trump, en un mitin a la Asociación de Jóvenes Conservadores de Arizona. Foto: Reuters.

Otro mes ha terminado y ya solo quedan tres más para que la mayoría de estados de EEUU abran sus urnas, a principios de octubre. Tres meses puede parecer poco tiempo, pero al ritmo que va 2020, cada semana equivale a un siglo pre-pandemia. El problema para el presidente estadounidense, Donald Trump, es que cada día que pasa, las encuestas parecen ir un poco peor para él. Y es difícil que dé el giro radical a la campaña que necesita cuando está ocupado manejando una ristra interminable de crisis que no tienen visos de apagarse antes de que los estadounidenses vayan a juzgar su gestión.

Los datos son escalofriantes. En las encuestas de aprobación, Trump alcanzó este martes un 56% de rechazo, máximos de más de dos años y una cifra horrenda para cualquier político que se juega la reelección. No es que esté estable o mejorando levemente: es que va en la dirección contraria a la que necesita mientras el tiempo sigue pasando. Además, Biden sigue liderando por más de 9 puntos a nivel nacional en todas las medias de encuestas, y los analistas le sitúan en una situación mucho peor de la que tenía en 2016, y más delicada de la de John McCain y Mitt Romney, los candidatos republicanos que acabaron perdiendo contra Barack Obama en 2008 y 2012. La conclusión de todos sus aliados es la misma: Trump está perdiendo y necesita relanzar su candidatura y redibujar su imagen cuanto antes.

Y, sin embargo, el presidente parece haberse lanzado de lleno a la Ley de Murphy: todo parece empeorar un poco más a cada día que pasa. Este fin de semana se destapó un nuevo escándalo de niveles históricos. Según reveló el New York Times, Rusia estaba pagando a los talibanes afganos -con los que Trump llegó a un acuerdo de paz hace unos meses- una recompensa por cada soldado estadounidense que asesinaran, sin que el Gobierno reaccionara.

Trump tachó a la noticia de "Fake news", pero ninguna fuente de la Administración la desmintió públicamente. A lo más que llegaron fue a asegurar que Trump no lo sabía, pero nuevas filtraciones de la Inteligencia al NYT aseguran que el presidente recibió un informe el pasado 27 de febrero, y prefirió quedarse con las manos cruzadas, pese a llamar a su homólogo ruso, Vladimir Putin, varias veces desde entonces. Y la agencia AP afirma que hace al menos un año que el Pentágono tenía esa información, y no tomaron medidas de ningún tipo. Un escándalo que puede hacer un daño enorme en un país que venera a su ejército, y especialmente a un partido, el Republicano, que cosecha un gran apoyo entre los militares y veteranos.

Todo eso se suma al recrudecimiento de la crisis del Covid-19. Los planes del presidente pasaban por que la pandemia desapareciera para otoño, para poder llegar a octubre con un número mínimo de casos y una fuerte recuperación económica. Sin embargo, el aumento descontrolado de casos en varios de los estados más grandes y ricos del país -California, Texas o Florida- han obligado a cerrar de nuevo bares y restaurantes y amenazan con extender la primera ola hasta bien entrado el verano, con la consiguiente recaída económica de un segundo confinamiento.

El propio Trump está yendo en contra de su partido en este tema. Mientras que su vicepresidente, Mike Pence, los gobernadores de Arizona y Texas, Doug Doucey y Greg Abbott, y el presidente del Senado, Mitch McConnell, han empezado a pedir a la gente que lleve mascarilla, Trump sigue insistiendo en no llevarla, argumentando que le hace parecer "débil". Una insistencia que ya resulta inexplicable: llevar la contraria solo por que sí. Las mascarillas, eso sí, le persiguen: Trump decidió llevar la convención nacional de su partido a Florida en vez de Carolina del Norte como estaba previsto, porque el gobernador de este último estado insistía en controlar aforos y obligar a llevar protección. Pero ahora Florida ha tomado ese mismo camino, y también obligará a llevar mascarilla a los miles de delegados republicanos que se reunirán en un palacio de congresos para escuchar a su líder lanzar oficialmente su candidatura a la reelección.

Fuego "amigo"

Pero lo que más daño le hace a Trump es ver a disidentes en su propio campo. Un grupo de republicanos de renombre, con décadas de experiencia haciendo campaña a sus espaldas, han decidido dar su apoyo a Joe Biden "para salvar al país". Su organización, The Lincoln Project, lleva semanas atacando los puntos más débiles del mandatario sin piedad: su flirteo con los grupos supremacistas blancos, cuyo eslogan de "poder blanco" retuiteó este pasado domingo; sus afirmaciones de que el coronavirus "desparecerá como por milagro" antes de mayo sin dejar apenas víctimas, o el fracaso de asistencia a su mitin en Oklahoma de hace dos semanas. "Como ya habrás oído otras veces, no era tan grande como prometías. Fue mucho más pequeña", dice uno de sus anuncios.

Los anuncios parecen estar dando en el blanco: la campaña del presidente y sus aliados han destinado cientos de miles de dólares a emitir anuncios solo atacando a ese grupo y a defender la honra de Trump. Y una buena parte de ese dinero lo han gastado en Washington, una ciudad en la que los republicanos no han ganado una sola elección jamás en la historia y donde Trump perdió por 86 puntos -90% a 4%- en 2016, solo para que él se sienta mejor cuando vea la televisión. "Les estamos haciendo tirar el dinero en nosotros en vez de gastarlo en estados clave o en atacar a Biden", se jactan desde este grupo, que está apuntando también a todos los senadores republicanos que siguen defendiéndole.

Pero quizá la peor señal es que Trump parece estar hablando a un país distinto al que existe hoy en día. Cuando las manifestaciones por la muerte del afroamericano George Floyd desembocaron en algunos disturbios, Trump decidió lanzarse de lleno a seguir el libreto de Richard Nixon en 1968 y apelar al voto blanco de "ley y orden" frente a las protestas raciales. Sin embargo, las encuestas muestran que la mayoría de blancos se han sumado esta vez a las protestas contra la discriminación, y apenas algo más del 30% cree que el magnate esté manejando bien la situación. Y, sin embargo, Trump sigue enrocándose en su actitud: este martes estaba pidiendo en su twitter la detención de manifestantes que atacaron una estatua, dos días después de celebrar a un seguidor suyo de Florida que gritaba "poder blanco". Una estrategia que podía haber funcionado mejor hace 50 años que hoy en día.

Aun así, Trump aún tiene tiempo de dar la vuelta a la tortilla. Pero el problema es que necesita dejar de cavar los múltiples agujeros en los que está metido y cambiar su actitud de forma radical, y las señales que da es que no parece estar muy dispuesto a hacerlo. Su mayor esperanza sigue siendo su ajustada victoria de 2016, pocos días después de que Hillary Clinton se viera envuelta de nuevo en una investigación del FBI, que desconcertó a todos los expertos. Pero confiarlo todo a que "algo ocurra" de aquí a tres meses que salve su campaña de nuevo no parece la mejor de las estrategias. Hasta en 2020.

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