Economía

La teoría catastrofista de Malthus que llevó a China a cometer un error fatal que hoy sigue pagando

  • La debilidad del crecimiento en China es en parte un problema demográfico
  • La política del hijo único estaba basada en unos preceptos erróneos
  • China sufre hoy varios males relacionados con esa política malthusiana
Un póster de 1980 promocionando la política de un solo hijo en China. Foto de Alamy

La economía de China se está desacelerando a pasos agigantados. Aunque los factores de esta pérdida de velocidad son varios, uno de los más relevantes es el estancamiento demográfico. Si bien la caída de la tasa de fertilidad es un fenómeno que ha afectado a la mayor parte de las economías, de forma natural, a medida que iban alcanzando mayores etapas de desarrollo, China contó con un acelerador más. El Partido Comunista y sus políticas pusieron las primeras piedras de esta gran muralla que ha taponado el crecimiento demográfico. Pese a que Pekín ha ido flexibilizando esa política desde 2015, hoy, con la ventaja que aporta la retrospectiva, son muchos los que cuestionan y critican su impacto en la sociedad y la economía. No obstante, conviene retroceder varias décadas para entender por qué los líderes comunistas tomaron tal decisión hace ya más de 40 años, cuál ha sido su impacto y qué pasará en el futuro.

Cuando Pekín decidió adoptar esta medida en 1979, la idea parecía tener cierto sentido. Esta 'política de planificación familiar' se implementó, entre otras cosas, para frenar la tasa de crecimiento demográfico y, así, controlar el tamaño de la población total. Pero, ¿por qué quería controlar Pekín el tamaño de su población? El gobierno chino temía que la población creciese mucho más rápido que los propios recursos, retrasando el desarrollo económico y pudiendo generar situaciones de caos y desabastecimiento. Este miedo estaba, en parte, basado en una teoría formulada más de un siglo antes y conocida como 'malthusianismo'.

La población crece mucho más deprisa que los recursos: esta es la creencia que llevó a Robert Malthus a plasmar en su 'Ensayo sobre el principio de la población' (1798) la 'ley' que luego llevaría su propio nombre. Este demógrafo interpretaba la desigualdad económica, la miseria y la pobreza de las masas trabajadoras, bajo el capitalismo, como una consecuencia del crecimiento de la población y la escasez de recursos. Malthus aseguraba que la población se duplicaba cada 25 años, es decir, crecía en progresión geométrica, presentando un crecimiento exponencial (2,4,8,16,32...), mientras que los recursos presentaban una progresión aritmética (1,2,3,4,5,6...). Todo hace indicar que el hermético gobierno chino tenía una visión similar.

"Conocida extraoficialmente como la 'política del hijo único', esta política surgió cuando las luchas sociales de la década de 1970 se sumaron a un pesimismo malthusiano respecto a la capacidad de la economía china, todavía en gran medida cerrada y aislada, para cuidar de sí misma", explicaban los investigadores David Howden y Yang Zhou en una publicación de 2014 que analizaba el impacto de esta política. El 'neomalthusianismo' ha estado presente en el mundo hasta hace muy poco.

Error de cálculo en China

Yi Fuxian, científico e investigador de la Universidad de Wisconsin-Madison, pone cifras concretas a estas hipótesis en una columna en Project Syndicate y recalca que la política de un solo hijo es culpable de muchos de los problemas que tiene el país hoy en día: "Esta decisión remodelaría fundamentalmente la trayectoria económica, política y diplomática del país. En ese momento (1980), los responsables políticos chinos creían que el país tenía solo alrededor de 1.400 millones de mu (una métrica china equivalente a 1/15 de hectárea) de tierra cultivable... Por lo tanto, llegaron a la conclusión de que sería necesario limitar los nacimientos y restringir el suelo urbano". No habría suficiente tierra para alimentar a tantos chinos, esa era la base de la decisión.

La cuestión es que Pekín, al igual que Malthus, estaban equivocados. La tecnología, la innovación, la mejora de la eficiencia y la creatividad del ser humano han logrado, hasta la fecha, impedir que muchas de estas creencias catastrofistas se hicieran realidad. Cuando Malthus publicó su ensayo era complicado prever que el hombre iba a hacer cada vez mucho más con mucho menos. Los líderes de Pekín, por su parte, temían que su capacidad para hacer más productiva su agricultura no fuera suficiente.

"Esta conclusión resultó ser profundamente errónea. Para empezar, en 1996, la telemetría satelital reveló que China en realidad tenía 1.950 millones de mu de tierra cultivable. Pero es que, aunque la estimación inicial hubiera sido correcta, la tierra cultivable no se correlaciona necesariamente con la producción de cereales, que se ve afectada por muchos factores. En 2022, la superficie de tierra cultivable era solo algo superior a la que se creía en 1980, pero su producción de cereales era el doble", sostiene Yi Fuxian.

En la actualidad, según datos de la OCDE, China es un país con escasos recursos agrarios: la tierra cultivable per cápita es de sólo 0,08 hectáreas, menos de un tercio del promedio de la OCDE, pero su tierra es mucho más productiva y permite alimentar a cientos de millones de personas. Además, los políticos en Pekín tampoco consideraron que el comercio global podría permitir a China importar gran parte de cereal y otros alimentos que consume a precios competitivos y sin generar un desequilibrio en la balanza por cuenta corriente.

"China importa una quinta parte de sus cereales, pero eso se debe a las políticas agrícolas y al sistema de mercado internacional, no a una escasez de tierra cultivable. Y existe un enorme potencial para que China aumente aún más su producción interna de alimentos. Su rendimiento de cereales ha aumentado de 196 kg/mu en 1980 a 421 kg/mu en 2021. Alcanzar el nivel de rendimiento actual en EEUU implicaría un aumento adicional del 30% en la producción de cereales, lo cual se puede lograr en un futuro próximo", explica Yi Fuxian.

De modo que uno de los principales fundamentos en los que se basaba este límite al crecimiento de la población era erróneo. Hoy, la prematura crisis demográfica que sufre China, y que está lastrando su potencial de crecimiento, tiene parte de su origen en dicha política. Sin embargo, no todo fue absolutamente negativo.

Posibles aciertos de Pekín

Con esta política, el Partido Comunista también intentaba aliviar los problemas sociales, económicos y ambientales en la República Popular. A primera vista, la política de un solo hijo parecía la llave para alcanzar un mayor desarrollo económico de forma rápida y equilibrada, y en algunos casos lo fue. Esta política tuvo efectos rápidos sobre la economía y los servicios públicos chinos: redujo la presión sobre unos hospitales que no daban abasto y dio a los padres una razón más para ahorrar para la jubilación, lo que incrementó la tasa de ahorro de los hogares chinos, uno de los pilares en los que se ha sostenido parte del 'milagro' económico posterior.

Además, la menor tasa de fertilidad provocó un rápido cambio en la pirámide poblacional de China, reduciendo por un tiempo la proporción de personas dependientes, lo que estimuló el ahorro y la acumulación de capital por trabajador (con un impacto positivo en la productividad). Este era también uno de los objetivos de la medida. Los países que tienen una natalidad muy elevada tienen que 'repartir' la producción que generan con el resto de la población, ya sea de forma directa (alimentando y criando a los hijos) o indirecta (a través de impuestos que financian la educación, sanidad, tercera edad, etc.).

De modo que poniendo límite a los nacimientos se genera un punto dulce o 'sweet spot' en el que la población activa pasa con los años a representar una proporción muy amplia de toda la pirámide (algo similar a lo que ocurrió en Occidente décadas después del baby boom). Esto suele desembocar en la mejora rápida de los niveles de renta per cápita del país. Una población que crece más despacio permite, en un principio, ofrecer mejores servicios (por ejemplo, una mejor educación) y una acumulación de capital por trabajador más rápida. Este era uno de los objetivos de Pekín cuando adoptó la política de un solo hijo junto a una batería de reformas estructurales y liberalizadoras.

Hay estudios que sostienen que, en un horizonte temporal de 30 años, el ingreso per cápita es un 15% mayor en el escenario de caída de la fertilidad desde un punto de partida elevado. El principal mecanismo que impulsa sus resultados es la acumulación de capital: con un alto crecimiento demográfico, una alta tasa de dependencia impacta negativamente la tasa de ahorro y, por lo tanto, la inversión y el crecimiento. Es de destacar que ese modelo tiene en cuenta el gasto en salud y educación infantil como consumo y no como inversión. De modo, que la política de un solo hijo pudo contribuir de forma definitiva a sacar a millones de personas de la pobreza.

Pese a todo lo anterior, también parece demostrado que la política de un solo hijo ha ayudado a generar (o como mínimo a adelantar) un problema de sostenibilidad de pensiones y otros gastos asociados a la tercera edad. Unas cohortes de población muy pequeñas van a tener que sostener a otras mucho más amplias. Por otro lado, esta política también habría entorpecido el crecimiento económico agregado (el que se refiere al PIB total), lo que amenaza con frustrar las expectativas de que China se convierta pronto en la primera potencia mundial.

La ONU prevé, en su escenario más pesimista, una caída de la población en China, desde los 1.400 millones de habitantes actuales, hasta los 488 millones en 2100. Frente al aluvión de expertos e instituciones que vaticinaban hasta hace poco el sorpasso de China a EEUU, ahora este adelantamiento parece estar en el aire. La demografía y los problemas económicos de China podrían frustrar la vuelta del 'gigante asiático' al trono de la economía global.

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