Miembro sénior del grupo de expertos Bruegel y miembro no residente sénior del Instituto Peterson para la Economía Internacional.

L a primera vez que Emmanuel Macron llegó a la presidencia de Francia, en 2017, lo logró con la promesa de poner fin a las divisiones frecuentemente artificiales entre la izquierda y la derecha; el país estaba cansado de las poses teatrales con las que los adversarios exageraban sus diferencias durante las campañas electorales, para luego gobernar de manera bastante parecida cuando llegaban al poder. El estilo centrista radical de Macron buscaba poner fin al pavoneo, aprovechar las buenas ideas de ambos lados del espectro político y gobernar en consecuencia; su intención era convertir a la oposición entre la izquierda y la derecha en una reliquia histórica.

Bajo el liderazgo de Ursula von der Leyen, la Comisión Europea ha conseguido que la Unión Europea avance hacia la neutralidad climática. Con el Pacto Verde Europeo, la UE se ha fijado objetivos climáticos claros y ambiciosos para 2030 y 2050, y ha adoptado una serie de medidas legislativas para alcanzarlos. Y aunque la pandemia de la Covid-19 y la invasión rusa de Ucrania sirvieron para recordar que la crisis climática no era el único gran reto de Europa, la Comisión mantuvo ese rumbo. Se han movilizado cientos de miles de millones de euros de fondos verdes de la UE en el marco de su plan de recuperación postpandémica, Next Generation EU.

Las ambiciones climáticas enfrentan vientos macroeconómicos en contra en la Unión Europea y Reino Unido.

Europa tiene la mira puesta en convertirse en el primer continente del mundo con neutralidad de carbono, y para lograrlo debe ejecutar un delicado acto de equilibrio. ¿Puede la Unión Europea transformar su economía y al mismo tiempo mejorar su competitividad? ¿Y puede lograr esos objetivos y a la vez mantener su condición de prefiguradora de estándares globales y la adherencia a sus principios de responsabilidad fiscal?

Los cambios tectónicos en el sistema mundial están obligando a todos los países a redefinir sus previsiones estratégicas y modelos de crecimiento; pero aunque los cambios afectan a todos los países, la Unión Europea enfrenta un desafío mucho más grave, que podría amenazar su propia existencia.

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