Jean Pisani-Ferry

Miembro sénior del grupo de expertos Bruegel y miembro no residente sénior del Instituto Peterson para la Economía Internacional.

En 2003, el ensayista conservador norteamericano Robert Kagan escribió el célebre comentario de que Europa "comienza a alejarse del poder; se está movilizando más allá del poder hacia un mundo autosuficiente de leyes y reglas". Después de que Rusia invadió Ucrania a fines de febrero, la Unión Europea decidió que era hora de demostrar que Kagan estaba equivocado. La UE ha movilizado poder económico, al menos, contra la agresión militar de Rusia, y desplegó una batería de sanciones monetarias, financieras, comerciales y vinculadas a la inversión.

Hace veinte años, en concreto el 1 de enero de 2002, los ciudadanos de 12 países europeos comenzaron a utilizar los nuevos billetes y monedas del euro. Un proyecto gigantesco –emblemático de un momento en que los líderes europeos eran lo suficientemente audaces como para adentrarse en lo desconocido- se volvió así una realidad tangible.

El 25 de octubre la capitalización de mercado de Tesla llegó al billón de dólares y superó el valor conjunto de los diez fabricantes de automóviles que le siguen. Incluso si tememos una posible burbuja, constituye una fuerte señal de la transformación del capitalismo que propicia el cambio climático. Ciertamente, todavía muchas empresas contaminan y el negacionismo es omnipresente, pero sería un error desestimar los cambios en curso.

El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático no deja lugar a dudas: el calentamiento global continuará al menos hasta 2050, incluso si se reducen drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero en las próximas décadas. Si la reducción es demasiado lenta, las olas de calor, sequías, fuertes lluvias e inundaciones que sufrimos este verano serán más frecuentes. No podemos descartar resultados más catastróficos, como cambios abruptos e irreversibles en las corrientes oceánicas.

Ser primer ministro de Italia es desempeñar uno de los peores trabajos del mundo. Parafraseando al filósofo inglés Thomas Hobbes, la vida en este puesto suele ser desagradable, brutal y corta. Muy corta, de hecho: desde que Angela Merkel se convirtió en canciller de Alemania en 2005, ha tenido ocho homólogos italianos diferentes.

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