El año 2022 ha dejado patente que el cambio climático se intensifica a gran velocidad. Episodios de calor excepcionales, incendios forestales, huracanes, inundaciones, crecidas y otros efectos derivados del calentamiento global se producen cada vez con más frecuencia en diferentes partes del mundo. En concreto, Europa se ha convertido en una de las regiones más afectadas. Según un nuevo informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el aumento de la temperatura observado en el viejo continente durante los últimos 30 años duplica el incremento medio de la temperatura registrado a nivel mundial; en ningún otro lugar del planeta las temperaturas han subido de forma tan notable. "Europa es el vivo reflejo de un mundo que se calienta", ha señalado Petteri Taalas, secretario general de la OMM.

Los dispositivos electrónicos y los equipos eléctricos se han convertido en el máximo exponente de la sociedad contemporánea. El uso abusivo que en muchos casos hacemos de los dispositivos, el vertiginoso ritmo al que evoluciona la tecnología y la cada vez más extendida obsolescencia programada hacen que el ciclo de vida de estos aparatos sea cada vez más corto, por lo que no es de extrañar que cada día se desechen en el mundo toneladas de productos electrónicos. Según el Programa para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas (PNUMA) a nivel global se generan cerca de 50 millones de toneladas de residuos electrónicos cada año.

Experto en cambio climático, energías renovables y desarrollo sostenible, Amjad Abdulla fue uno de los ponentes más destacados del primer Congreso de Acción Climática, organizado por la Fundación Empresa y Clima, que reunió en Santander a más de 200 expertos internacionales en la lucha contra el calentamiento global.

La compañía se ha adjudicado la construcción de una desaladora en la región de Tarapacá y se posiciona para participar en la estrategia nacional para enfrentar la sequía.

La compañía ha creado una solución tecnológica capaz de detectar la viruela del mono y trabaja en el desarrollo de herramientas que identifiquen contaminantes emergentes.

Es el balance tiznado de negro de un año que, ya de por sí, discurría por una senda bastante oscura. Los incendios forestales han calcinado en España casi 300.000 hectáreas en los casi 400 fuegos que han encontrado en unas temperaturas anormalmente altas y en una pertinaz y también histórica sequía el mejor combustible. En ocho meses ha ardido tanto como en los tres años anteriores juntos.

La disponibilidad de recursos hídricos se ha convertido en uno de los retos más importantes y urgentes que el mundo deberá afrontar en un futuro cercano. Todos los expertos coinciden a la hora de afirmar que en los próximos 25 años los periodos de sequía y la desertificación aumentarán considerablemente en el mundo haciendo del agua un activo cada vez más preciado y polémico. A nivel global, este fenómeno podría provocar una revolución social y productiva llegando a desatar, en las zonas más pobladas, luchas por el control y la gestión de las reservas hídricas.

Las últimas décadas han supuesto, para medio mundo, el mayor cambio de paradigma económico y social de la historia. La asunción del modelo liberal que, en la práctica, impera en la mayoría de los países desarrollados, la frenética evolución de la tecnología y la interconexión global son las máximas sobre las que pivotan las decisiones de los gobernantes y, más allá, son también los resortes que ordenan y organizan las rutinas de las mismas sociedades. No obstante, las propias sociedades despistan los peajes que todo lo anterior supone. El cortoplacismo y la cultura del ahora son la aparentemente inexcusable derivada que, como el humo de un tubo de escape, generan los motores sociales asumidos, suponiendo, como ocurre con los propios motores de combustión, una fuente de contaminación que amenaza de forma silente la propia pervivencia de cualquier modelo.

La forma de enfrentar nuestra relación con los productos que consumimos presenta dos posibilidades: la que se fundamenta en el hasta ahora clásico concepto de usar y tirar y la que acude a modelos del pasado que procuraban girar en torno a la reutilización. Durante las últimas décadas la primera fórmula se impuso en nuestros usos y costumbres pero, de un tiempo a esta parte, y azuzada por la crisis climática, la segunda opción se revela ya no como una posibilidad, sino más bien como la opción necesaria para preservar el futuro del planeta.

Tras la crisis económica de 2008 y, especialmente, la provocada 12 años después por el coronavirus, la Unión Europea ha redoblado su apuesta por reducir la dependencia energética e industrial de los países productores de hidrocarburos e incentivar la producción propia. La guerra que el pasado mes de febrero se desató en Ucrania no hizo más que confirmar la necesidad de caminar con paso firme hacia la independencia energética poniendo el foco en la descarbonización y circularidad del sistema económico para minimizar los envites del calentamiento global. Pero ni es fácil, ni puede hacerse de un día para otro.