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Exprimir el dolor hasta la muerte: la crisis de los opioides tras el negocio sin escrúpulos de los Sackler

  • Purdue Pharma comercializó OxyContin pese a las advertencias de su alto riesgo adictivo
  • Una campaña de marketing voraz y la 'compra' de los controles médicos lo llevaron a las calles
  • La empresa familiar se declaró en bancarrota para esquivar la responsabilidad por miles de muertes
Protesta contra Purdue Pharma y el OxyContin. Foto: Alamy

Si a la crisis de los opioides hubiera que ponerle un nombre propio, ese sería OxyContin. Si se nos permitiera adjudicarle dos, Purdue Pharma estaría el siguiente en la lista. La farmacéutica, propiedad de la familia Sackler, creó un medicamento contra el dolor extremadamente adictivo -y altamente lucrativo-, un monstruo silencioso tres veces más potente que la morfina que se benefició de la ceguera selectiva de las autoridades sanitarias para saltarse todos los controles previos a la comercialización. Como el lobo con piel de cordero que se camufla entre el rebaño para atacar por sorpresa, la oxicodona se coló en decenas de miles de hogares de personas de toda edad y condición con la promesa de calmar su angustia y acabó destruyendo miles de vidas. Nos adentramos en uno de los capítulos más violentos de la historia de Estados Unidos.

Purdue Pharma y su macabro éxito de ventas

La de Purdue Pharma es una historia de ambición y negligencia que se nutrió, precisamente, de la falta de contundencia de EEUU contra estas 'drogas legales'. En 1996 la farmacéutica propiedad de la familia Sackler -toda una institución en el país- puso en marcha la maquinaria para llevar a cabo una agresiva campaña para comercializar OxyContin, un analgésico opioide contra el dolor crónico que se vendió como menos adictivo que otros ya existentes en el mercado. El éxito fue rotundo y las recetas del fármaco se dispararon en poco tiempo. Por detrás, se creaba un monstruo. Y es que la compañía ocultó, a sabiendas, el riesgo real de adicción para quienes consumieran el medicamento.

La fama que precede a los Sackler les abrió la puerta del negocio. Los hermanos Arthur, Raymond y Mortimer Sackler forman parte de una de las familias más influyentes de EEUU, conocida antes de este episodio negro de su historia, por su esencia filantrópica y sus donaciones al mundo de la Ciencia y la Cultura. Su nombre puede encontrarse en el Guggenheim de Nueva York, en el Museo Británico de Londres o en el Louvre en París pero también en las universidades de Harvard u Oxford. ¿Quién no iba a fiarse con semejante currículum? El carisma y la sed de gloria que desprendía el clan familiar fueron ingredientes necesarios para poder convencer a casi todos los que se pusieron por delante para llevar el Oxycontin a lo más alto.

Arthur, médico por vocación y empresario de profesión, era el mayor de los hermanos y fundó Purdue Pharma. A él se debe el primer gran éxito farmacéutico de la empresa: el Valium. No vivió, sin embargo, para presenciar el capítulo del OxyContin. Fueron Raymond y Mortimer, ambos psiquiatras, los máximos representantes de la dinastía cuando estalló la crisis.

"Cuando vivimos con dolor no vivimos nuestra verdadera vida. No vivimos nuestra mejor vida. No vivimos, en definitiva, porque el dolor supera nuestra capacidad de pensar, de sentir... incluso de amar". La frase la pronuncia el personaje que representa a Richard Sackler en Dopesick, una de las últimas ficciones realizadas sobre esta historia, y encapsula a la perfección el eslogan que hizo que la farmacéutica finalmente se embolsara 35.000 millones de dólares con su producto. Hijo de Raymond, Richard ostentó la presidencia de Purdue Pharma entre 1999 y 2003 y focalizó su misión en perpetuar su reinado de la farmacéutica en el mundo del dolor.

Ya lo hacían con MS Contin, un súper ventas de la farmacéutica que liberaba sulfato de morfina para calmar a los pacientes con dolor moderado o grave por cortos periodos (los enfermos de cáncer, por ejemplo). Pero ante la inminente expiración de la patente a finales de los años 80, había que pensar algo para seguir dominando ese mercado: la solución pasaba por ampliar el target y adentrarse en el del dolor moderado prolongado o crónico (como dolores de espalda, artritis, lesiones permanentes...): OxyContin sería la salvación de esos pacientes.

En casos graves, el posible desarrollo de una adicción pasaba a un segundo plano; lo importante era evitar la muerte del enfermo. Pero convencer a los médicos de asumir ese riesgo en el caso de pacientes menos graves o crónicos exigió de los Sackler un mayor esfuerzo, pero que la salud no te arruine un negocio millonario. No sólo escondieron los efectos de la oxicodona con estudios falsos que aseguraban que liberarían del dolor a los pacientes, sino que llegaron a corromper los controles de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y el regulador les dio el visto bueno a la comercialización en tiempo récord pese a las dudas razonables existentes. De hecho, Purdue Pharma consiguió que la FDA diera por válida una teoría no respaldada por ningún ensayo clínico que afirmaba que "la formulación de acción prolongada reducía" su atractivo para los potenciales drogadictos, que preferían otros analgésicos de acción más corta, como la Vicodina, porque conseguían un efecto más rápido.

La campaña de marketing fue voraz. Purdue Pharma contrató una legión de comerciales y representantes de ventas cuya única misión -a cambio de unas jugosas comisiones- era agasajar a los médicos de diferentes ciudades y estados para conseguir que recetaran OxyContin. Incluso utilizaron alguna mentira que iba más allá de la consentida por la FDA: llegaron a afirmar que el OxyContin era menos adictivo que los opioides de la competencia. Les invitaban a comer y les llevaban de viaje hasta convencer incluso a los huesos más duros de roer. Pero funcionó, y las recetas se multiplicaron al mismo ritmo vertiginoso al que los pacientes se enganchaban a su efecto relajante casi desde el primer momento.

La primera alarma saltó con el síndrome de abstinencia que desarrollaron los pacientes en las 12 horas que distanciaba las tomas recomendadas; acudían a la consulta para pedir al médico más dosis en un intervalo de tiempo menor. Luego vinieron las muertes por sobredosis de enfermos a los que se había recetado OxyContin para tratar un dolor crónico. Y después, la epidemia se trasladó a la calle. El OxyContin era fácilmente manipulable para esnifar o inyectar, y diluido era mucho más peligroso. Incluso el propio prospecto indicaba que machacar las píldoras aceleraba el efecto de la oxicodona y aumentaba el riesgo de sobredosis.

Con el mercado negro de estas pastillas desbocado, las primeras muertes llegaron a los pocos meses. El trapicheo con las prescripciones médicas, con arrestos de médicos de por medio, y los robos a clínicas y farmacias para conseguir el fármaco dispararon otro negocio: un comprimido de 30 miligramos que costaba 1 dólar en una farmacia se vendía a 40 dólares en la calle.

Purdue Pharma guardó en el cajón las advertencias que le llegaban de investigadores no solo de EEUU sino también de Canadá. No informaba de los hallazgos ni a la FDA ni a sus comerciales. El mensaje que mandaba ante las posibles dudas que pudieran surgir apuntaba a que la culpa no era del fármaco sino de las personas que abusaban de él. Hubo que esperar a 2010 para que Purdue Pharma accediera a cambiar la formulación del fármaco para que no se pudiera machacar, pero para entonces la historia era irreversible y la crisis de salud pública era ya una emergencia nacional. El producto comercializado por los Sackler, a quienes el periodista Patrick Radden Keefe retrata en su libro El imperio del dolor, abrió la puerta a la epidemia de los opioides en EEUU. Se estima que desde 1999 esta adicción ha matado a medio millón de personas en el país.

Una batalla judicial que tiende el infinito

Aunque por mucho tiempo la farmacéutica toreó cualquier exigencia para rendir cuentas por su responsabilidad en la crisis de salud pública, los juicios se le agolparon. Decenas de ciudades y estados denunciaron a la farmacéutica mientras esta mantenía su negocio intacto. Hay que avanzar hasta 2007 para registrar la primera vez que la empresa de los Sackler se declarara culpable -previo acuerdo laxo con la Justicia- de cargos criminales federales por el etiquetado erróneo del OxyContin, aunque consiguieron esquivar las acusaciones por negligencia severa. El paso por el juzgado se saldó con algo más de 630 millones de dólares en multas y unos cuantos servicios comunitarios que tuvieron que realizar algunos directivos, entre ellos el director ejecutivo de la empresa, Michael Friedman, y su máximo responsable médico, el Dr. Paul D. Goldenheim.

Los Sackler despacharon las primeras acusaciones de ocultar el poder adictivo del OxyContin asegurando que no estuvieron al tanto del efecto nocivo que provocaba el medicamento que ellos mismos habían creado hasta después del año 2000. Tampoco del creciente abuso que inundaba las calles. Sin embargo, un informe confidencial del Departamento de Justicia desvelado en 2018 por el New York Times confirmaba que constaban correos internos que destapaban que Purdue Pharma conocía el abuso "significativo" de OxyContin desde poco después de introducirlo en el mercado en 1996. Según ese texto, la compañía había ignorado diversos informes que incluían advertencias de que las pastillas se habían convertido en una poderosa droga callejera, desplazando a otros opioides ilegales como la heroína. Incluso eran conscientes de que algo similar ya ocurría con el predecesor MS Contin, que también se manipulaba para ser inyectado.

Terrance Woodworth, un ex funcionario de la Administración para el Control de Drogas (DEA) que investigó Purdue Pharma a principios de los 2000, lamentó que la Justicia hubiera desperdiciado una oportunidad de oro para lanzar una seria advertencia a toda la industria farmacéutica. Tampoco quedaron convencidos varios exfuncionarios del Gobierno después de que se guardaran las pruebas de los fiscales que confirmaban que los Sackler estaban al tanto de testimonios que circulaban en diferentes chats, ya en 1999, donde los drogadictos reconocían estar inhalando OxyContin. Sin embargo, el litigio sería largo pese a los intentos de la familia por llegar a acuerdos para cortar la vía judicial.

Mientras seguían llenándose las arcas con las ventas de OxyContin, acumularon en torno a 2.000 demandas estatales y federales. Pero la credibilidad de los Sackler ya estaba tocada y las instituciones que una vez recibieron su ayuda con gratitud, borraron cualquier vínculo. Para hacer frente a lo que se les venía encima, en 2019 Purdue Pharma se acogió al Capítulo 11 del Código de Bancarrota de Estados Unidos y anunció que los Sackler cederían el control de la compañía para convertirla en un "fideicomiso público beneficiario" con la intención de destinar todas las ganancias a los demandantes. Steve Miller, que sustituyó en la presidencia a Richard Sackler, perfiló un acuerdo con 23 fiscales estatales de 3.000 millones de dólares por el que la familia no admitiría su actuación criminal ni tendría que afrontar ninguna nueva demanda civil. A cambio, se comprometía a distribuir, de manera gratuita o a bajo coste, medicamentos para el tratamiento de adicciones. Pero el pacto no llegó a fraguarse.

A finales de 2020, la farmacéutica se declaró culpable de obstaculizar el trabajo de las autoridades, comprar a los médicos para que recetaran su fármaco y no implementar medidas para sacar su medicamento de la calle. En un nuevo intento, en 2022 Purdue Pharma alcanzó un acuerdo a nivel nacional que elevaba la contribución de los Sackler, a 6.000 millones de dólares (el doble que en 2019) y les quitaba el blindaje ante posibles nuevas demandas civiles. Además, exigía una disculpa pública que nunca llegó porque el Tribunal Supremo de EEUU bloqueó en agosto de este año el pacto y emplazó a una audiencia oral en diciembre. El alto tribunal admitió a trámite una apelación del Departamento de Justicia, que argumentaba que eximir a los Sackler de responsabilidad civil constituía un "abuso del sistema de bancarrotas que suscitaba cuestiones serias sobre su constitucionalidad".

La cuarta ola

La batalla judicial parece tender al infinito. Aunque el peso de Purdue Pharma destaca especialmente, el mercado de los opioides es un viejo conocido en EEUU y los tentáculos de las farmacéuticas para que triunfen ciertos medicamentos pese a su reconocido riesgo, también. La macabra película tiene como protagonista a toda la industria. De hecho, los Sackler no descubrieron nada -ni la oxicodona, que es de principios de 1900, ni las tácticas de ventas- pero aprovecharon una tendencia conocida en la industria y la explotaron al máximo. Y ante el éxito rotundo, otros copiaron el esquema.

El verano pasado se cerró el que es, hasta la fecha, el mayor acuerdo en EEUU en la crisis de los opioides. Implica a la farmacéutica Johnson & Johnson y a las distrubuidoras McKesson, Cardinal Health y Amerisource Bergen, que asumirán 26.000 millones de dólares en compensaciones por "alimentar el fuego de las adicciones a los opioides durante más de dos décadas". Y eso sólo en cuanto a estas cuatro compañías. Hay más litigios en el aire. Endo, Janssen, Allergan o Teva también tendrán que enfrentar a distintos procesos por contribuir al medio millón de muertes a costa del dolor.

La inercia empresarial es puramente lucrativa y da la espalda a los riesgos para la salud pública. La prueba de la impunidad de este negocio está en el fentanilo, que ha metido de lleno a EEUU en la que se considera su cuarta ola de la crisis de los opioides. Este opiáceo sintético, hasta 50 veces más potente que la heroína y 100 veces más que la morfina, amenaza con batir récords. La droga zombie, como se la conoce por los efectos que tiene en los consumidores, ya se ha convertido en la principal causa de muerte en las grandes ciudades de EEUU. El dato es relevante ya que, de media, se registran en el país 1.500 fallecimientos a la semana por consumo de opioides; detrás del 96% de ellas está el fentanilo, la última promesa envenenada contra el dolor.

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