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El primer Black Friday no tuvo ofertas ni descuentos: lo provocó un gran fraude financiero

  • Gould y Fisk eran dos millonarios especuladores y sin escrúpulos
  • Acumularon grandes reservas de oro para presionar al mercado
  • El Gobierno inundó el mercado con sus reservas y hundió los precios
Madrid

El primer black friday de la historia tiene poco que ver con los actuales. Ni ofertas, ni descuentos... el protagonista fue el mayor escándalo financiero del siglo XIX. Provocó uno de los mayores hundimientos del oro y de Wall Street de la historia.

Pongámonos en situación. Hablamos del año 1869. Estados Unidos seguía en plena reconstrucción tras la Guerra Civil. Suponía un esfuerzo enorme por parte del Gobierno Federal. Los ingredientes perfectos para que buscavidas de toda clase se arrimaran al poder, con objetivos poco loables.

Y ese fue el camino que siguieron los protagonistas de este fraude, Jay Gould y Jim Fisk, dos millonarios especuladores, con grandes intereses en el ferrocarril. Gould era considerado como el mayor genio financiero de su época, y también el empresario más odiado. Creó nuevas formas de manipular el mercado, reunir capital y acabar con sus competidores. Muchos de sus métodos son ahora una práctica estándar, mientras que otros estaban entre las primeras prácticas prohibidas por la SEC al entrar en vigor décadas después.

Fisk, por su parte, tuvo un montón de trabajos antes de llegar al mundo de las finanzas. ¡Incluso en el circo! Sus éxitos como inversor siempre estuvieron ligados a los de Gould, del que ya no se separó hasta su muerte. Que no tardó mucho en llegar, ya que fue asesinado en 1972 por motivos que mezclan los negocios y el amor. Fisk fue conocido por su capacidad para corromper a funcionarios públicos, y también por financiar espectáculos de Brodway y a algunas de sus protagonistas.

La unión de Gould y Fisk nace en su enfrentamiento contra Cornelius Vanderbilt, otro de los grandes millonarios de la época, por el control del tren entre Nueva York y el lago Eire. Una guerra en la que no dudaron en recurrir al fraude cuando fue necesario.

Ricos sin escrúpulos

Gould y Fisk eran el arquetipo de los denostados magnates del siglo XIX. Claro ejemplo de los 'robber barons', los barones ladrones, como se conocía a los empresarios estadounidenses que se enriquecieron recurriendo a métodos sin escrúpulos. Y en los que está inspirado el personaje del tío Gilito.

En este caso, Gould y Fisk intentaron hacer fortuna con el mercado del oro, arrinconando el mercado al acumular metal para que el precio subiera.

En plena reconstrucción, el Gobierno Federal, que había emitido moneda y deuda sin respaldar por oro, para financiar su deuda, se decidió a recomprarla con oro. Algo que había estado haciendo desde el final de la guerra. De hecho, había prometido pagar en oro o equivalente los bonos y monedas emitidas.

Dado que la cantidad de oro era relativamente estable, el Gobierno tenía mucho poder para fijar el precio del oro, utilizando sus reservas. Y ese poder era al mismo tiempo su debilidad.

Por eso Gould y Fisk decidieron atraer a su causa a Abel Corbin, un financiero, cuyo principal valor es que era cuñado del recien nombrado presidente, Ulysses S. Grant.

Mantener alto el precio del oro

Le utilizaron como lobbysta. Aprovechaban cualquier acto social para que les acercase al presidente, al que le advertían de lo importante que era mantener alto el precio del oro, afirmaciones que contaban con el respaldo de Corbin. Además, lograron colocar como subsecretario del Tesoro a Daniel Butterfield, cuya misión era advertirles si el Gobierno pretendía vender sus reservas.

Con todo en marcha, Gould y Fisk comenzaron a acumular oro desde agosto de 1869. Para ello, utilizaron sociedades interpuestas, junto a otras triquiñuelas, para evitar ser descubiertos. En pocas semanas, se desataba la locura con los precios del oro, mientras se especulaba con un grupo de inversores que estaba acumulando el metal, lo que era cierto.

El 22 de septiembre, dos días antes de aquel primer viernes negro, Corbin advierte a Gould de que el presidente les había descubierto. En una vuelta de tuerca más, Gould no avisó ni a Fisk ni al resto de implicados, y se lanzó a vender todo el oro que pudo, aunque sin llamar la atención para no hundir su precio.

El oro se hundió un 33% en minutos tras la actuación del Gobierno

La locura continuó dos días más, y se materializó el Black Friday. El oro, que en verano cotizaba a 132 dólares, había cerrado el jueves 23 en más de 144 dólares. Ese viernes llegó a alcanzar máximos de 200 dólares. Entonces Grant decidió actuar: inundó el mercado con las reservas de oro del Gobierno, y provocó un terremoto en Wall Street.

El oro se desplomó en minutos hasta los 133 dólares. Un hundimiento del 33%. Y la renta variable se contagiaba del pánico, con un retroceso del 20%. En las materias primas la sangría fue aún más grave: algunos granjeros vieron como sus cosechas de trigo y maiz valían la mitad de un momento a otro. Numerosos inversores se arruinaron, incluyendo al propio Corbin.

Las consecuencias económicas dudaron meses. Fueron un lastre para los negocios en todo el país, y mancharon la presidencia de Grant. Sus efectos se notaron incluso en Europa. Pese a todo, Gould logró sacar un buen pellizco con su fraude, y sus negocios con Fisk siguieron adelante. Los protagonistas salieron prácticamente indemnes. Y, por supuesto, ni pisaron la cárcel.

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