Opinión

¿Trae el año nuevo una España ingobernable?

Carles Puigdemont y Pedro Sánchez en el Parlamento europeo. Efe
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Es habitual que durante el mes de enero de cada año, agoreros, futurólogos, aprendices de brujo, traductores de Nostradamus, astrólogos y demás personas amantes de la adivinación, ofrezcan su panorámica sobre todo aquello que, según sus conocimientos aderezados con imaginación, ocurrirá durante el año que se inicia.

Los hechos que nos describen siempre son negativos, terribles, trágicos, parece que los buenos momentos que seguramente nos deparara el año 2024, para todos estos cenizos del futuro, son irrelevantes.

Con independencia de lo que nos prometan, hemos de analizar nuestras realidades. Estas sí que nos pueden indicar hacia dónde nos dirigimos o las probabilidades de que determinados hechos puedan originar acontecimientos previsibles.

Focalizando lo concreto, vemos que la Inteligencia artificial, ya implantada en determinados campos, producirá nuevos efectos que cambiarán nuestra sociedad, como en su momento lo hizo internet.

Continuará la búsqueda de nuevas fuentes de energía. Hoy esta investigación se encuentra dispersa: electricidad, hidrógeno, fisión nuclear, la procedente de los mares, del sol, del subsuelo, la eólica y otras que puedan aparecer.

Se incrementará un año más la ingente cantidad de residuos procedentes de nuestra forma de vivir, nuestros hábitos y nuestras necesidades. Este año es posible que no, pero llegará el día en el que aparezca la posibilidad de transformar estos residuos en energía o nuevos materiales necesarios para el desarrollo humano (ya se hace en algunos casos).

Cortoplacismo político

Este será un nuevo año en el que no se pondrán de acuerdo ecologistas, científicos y políticos. Continuarán sin poderse armonizar actuaciones eficaces en muchos campos de nuestra vida comunitaria. Actividad energética, ganadería y agricultura, política forestal, fluvial, urbanística y tantas otras, continuarán en el limbo de las decisiones porque, al fin y al cabo, no son dramáticas, ni excesivamente urgentes para nuestros políticos cortoplacistas.

Aproximándonos a nuestra latitudes, comprobamos con desilusión, apatía, desencanto y aburrimiento, las luchas entre políticos de todos los colores y autonomías, especialmente la vasca y la catalana.

Negociaciones, jugarretas, fintas tramposas entre todos ellos, para poder aparecer en los medios de comunicación cada día y aparentar fortaleza e inteligencia de cara al exterior, cuando en sus conversaciones privadas alcanzan los acuerdos necesarios para poderse mantener. Orgullosos por demostrar su poder y crecer en prestigio frente a sus simpatizantes para demostrar su fuerza y la pureza de sus objetivos. Nada nuevo.

El ciudadano, atónito, descubre nuevos acontecimientos de la clase política aireados por los medios, las infidelidades monárquicas que desestabilizan la Corona propiciadas por intereses ocultos que se enriquecen y desvían objetivos mediáticos. Aparecen también las cloacas del poder, cuando de todos es sabido que las noticias aparecen cuando alguien, algún grupo, pretende determinados objetivos inconfesables.

¿Y la gobernabilidad?

En cualquier caso, este año 2024 será complicado para Pedro Sánchez. Se apoya en partidos pequeños, con poca representación, pero con ideologías contrapuestas y rivales electorales, mientras que en los próximos meses se sucederán múltiples citas con las urnas.

Se aproximan las elecciones en Galicia, elecciones europeas, en el País Vasco y en Calaluña. Todos los partidos pequeños que apoyan a Pedro Sánchez pretenderán demostrar a su electorado su independencia ideológica y política, su fuerza, su poder.

Esta demostración les requerirá aparentar que son imprescindibles para la gobernabilidad del país, y a su vez deberán aparentar defender los intereses de sus respectivos votantes. Complicado para todos ellos y para los socialistas.

La ciudadanía, veterana en la observación del comportamiento de sus políticos, verá los toros desde la barrera y seguramente se reirá de ellos o los observará desde la displicencia.

El problema de todos ya no será la inquietud por una confrontación social, consistirá en que, mientras observa las luchas entre políticos ávidos de poder, sin carisma, ni prestigio, la gobernabilidad y la administración del país y de sus autonomías permanece olvidada como objetivo de los gobiernos respectivos.

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