Opinión

La adecuada flexibilidad del BCE

Christine Lagarde, presidenta del BCE

Por primera vez en casi 20 años, el BCE reformula los objetivos de su política de estabilidad de precios. La necesidad de revisar esos objetivos no la creó esta crisis; muy al contrario era una asignatura pendiente desde hace años.

Lo evidencia el hecho de que, desde 2013, la institución nunca consiguió cumplir su compromiso de que la inflación se situara "en niveles cercanos pero siempre inferiores al 2%". Este mandato, además, incurría en la paradoja de ser tan ambiguo en su expresión como rígido en su aplicación. En consecuencia, en cuanto el Consejo de Gobierno del BCE juzgaba que los precios superaban los límites tolerables, tomaba medidas tan inauditas como elevar los tipos de interés en 2008, en el principio de la luego llamada Gran Recesión, y volver a hacerlo en 2011, a las puertas de la crisis de deuda de la eurozona. Ahora el eurobanco se sujetará a una referencia clara sobre la inflación (el 2% es el nivel que debe perseguir) pero, aún más importante, será un objetivo a medio plazo, que podrá sobrepasarse transitoriamente, sin que esa circunstancia haga saltar automáticamente las alarmas. La flexibilidad sólo puede resultar bienvenida en un momento de repunte de la inflación como el actual.

Su nuevo objetivo de inflación es claro y permite desviaciones temporales, lo que evita repetir los errores de la pasada crisis

Si el antiguo objetivo de mantener los precios en niveles cercanos (pero inferiores al 2%) se mantuviera en vigor, la presidenta Lagarde se hubiera visto obligada a plantear una próxima retirada de sus estímulos monetarios, ya que el IPC pulverizó ese límite. Sin embargo, el BCE contará a partir de ahora con una mayor flexibilidad capaz de evitar que se repitan los errores cometidos en la anterior crisis. Queda así garantizado que se mantendrán los niveles de liquidez y de impulso a la financiación que la recuperación necesita.

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