Opinión

¿Dónde está la vacuna para el planeta?

La vacuna que el mundo necesita

Llegó la COVID-19 y el mundo se paró. A nivel mundial se cerraron fronteras, se paralizaron sectores y se limitó la movilidad de la población, lo que hizo que cambiasen nuestras prioridades como sociedad, además de nuestros patrones de comportamiento y también los de consumo. Probablemente, sobre nuestras vidas la COVID-19 marque un punto de inflexión, pero, ¿y sobre el planeta?

En las ciudades el tráfico se redujo hasta en un 80%, lo que tuvo un efecto en la calidad del aire. De hecho, en Europa los niveles de dióxido de nitrógeno cayeron casi un 40%, efectos que solo durante el mes de abril se estima evitaron más de 11.000 muertes.

Vimos cómo las bicicletas y patinetes tomaban la ciudad. Efectivamente, durante 2020 las ciudades se redibujaron para darles preferencia, lo que contribuyó a que se batiesen récords tanto en bicicletas vendidas, que superaron la cifra de 1,5 millones, como en la de usuarios que las integraron en sus desplazamientos cotidianos, que superó los 700.000. Un impulso sin precedentes que se ha materializado a nivel nacional en un hito histórico: la reciente presentación de la Estrategia Estatal por la Bicicleta.

Además, se impuso el teletrabajo, una medida que, aunque falta mejorar y normalizar, podría disminuir en 24 millones de toneladas las emisiones de CO2 al año, si todos los que pudieran trabajar desde casa en todo el mundo lo hicieran solo un día a la semana.

Pero no todos han sido impactos positivos. Y es que no debemos de olvidar que, durante la pandemia, a raíz del miedo al contagio, el uso del transporte público disminuyó al igual que el de cualquier sistema de movilidad compartida, situación que todavía no ha alcanzado los datos pre-covid y cuyo impacto tendremos que analizar en los próximos meses con el objetivo de evitar que se incremente el uso del vehículo privado.

Y también cambiaron nuestros hábitos de consumo. Por ejemplo, para proteger los alimentos de un posible contagio, en marzo de 2020 se incrementaron las ventas de bienes de consumo envasados un 10%, con el impacto en consumo de recursos y generación de residuos correspondiente. O el incremento sin precedentes del ecommerce, con un aumento en ventas, en el número de nuevos compradores online y también en la tipología de productos adquiridos por dicho canal, que también ha batido récords. De hecho, según el informe de Mondial Relay a través de Ipsos, ya el 98% de los españoles ha comprado online alguna vez.

El ecommerce ha facilitado la supervivencia de muchas empresas durante la pandemia y seguirá creciendo, pero debemos garantizar que sea sostenible no solo desde el punto de vista ambiental, sino también económico y social. No en vano, a día de hoy tiene un alto impacto negativo en la movilidad, en la calidad del aire, en el consumo compulsivo, en el consumo de recursos naturales, en la generación de residuos y en el CO2 global, entre otros aspectos, tal como se recoge del estudio de la EAE Business School "Sostenibilidad y COVID-19". De ahí que nazca la necesidad de integrar criterios de sostenibilidad en todo el proceso de compra, desde el consumo responsable (más relacionado con hábitos de consumo que reducirían el impacto de las compras innecesarias, de la superurgencia en los plazos de entregas o de las devoluciones, entre otros) hasta el consumo de productos responsables (relacionado con criterios de compra sostenible, de compra de productos locales o de productos que apuestan por una entrega sostenible, entre otras). Una necesidad que se ha plasmado en la iniciativa entregasostenible.org, enmarcada en la European Green Week y presentada este mes en el Congreso Nacional de Medio Ambiente.

Y es que, aunque creíamos que le habíamos dado un respiro al planeta, el Earth Overshoot Day, día en el que hemos consumido todos los recursos naturales que el planeta es capaz de producir en un año, ha vuelto en 2021 a ser el mismo que en 2019; es decir, consumimos 1,7 planetas al año, un sobreconsumo de recursos que va acompañado de una generación de residuos que no somos capaces de gestionar, como muestran las islas de plásticos entre otros efectos, y que durante la pandemia se ha visto impactada por el aumento de residuos sanitarios, que ha dificultado la gestión global.

Y todo esto se traduce en que aunque las emisiones de CO2 descendieron alrededor de un 7% a principios del 2020, hemos batido un récord más ya que en abril de 2021 la concentración de CO2 en la atmósfera alcanzó la cifra de 421 partes por millón (ppm), convirtiéndose en la cifra más alta desde que comenzaron las mediciones en 1958, según los datos proporcionados por NOAA.

Se cumplen 47 años desde que se celebró el primer día Mundial del Medio Ambiente y los indicadores, lejos de mejorar, han empeorado. El planeta necesita urgentemente una vacuna que le ayude a neutralizar todos estos efectos agravados tras la covid-19. Además del compromiso de neutralizar las emisiones de CO2 que establece el Pacto Verde Europeo para 2050, y que están adquiriendo cada vez más países, son otros muchos impactos, como los generados por el sobreconsumo de recursos naturales, la generación de residuos y de contaminantes, los que debemos neutralizar.

Incentivos económicos como el Plan Europeo de Recuperación, que destina un 30% de los 750.000 millones de euros asignados a políticas climáticas, son un ejemplo de acciones que ofrecen una oportunidad única para ello. Pero para que la administración de esta "vacuna" sea efectiva para el planeta, se requiere de una correcta gestión y justificación de los fondos —todo un reto teniendo en cuenta que históricamente en España no hemos sabido aprovechar estos incentivos económicos en su totalidad. Y para que además de efectiva en su administración sea también efectiva en su resultado, se requieren compromisos y acciones gubernamentales, empresariales, y también individuales. Y como si esto fuera poco, todo ello debemos realizarlo en un contexto donde por primera vez en la historia, debido a la covid-19, existe una crisis de sostenibilidad al convivir una crisis ambiental, económica y social al mismo tiempo.

Tenemos un gran reto por delante. A esperas de que esta "vacuna" funcione para el planeta, comprometámonos todos en minimizar nuestros impactos negativos directos e indirectos y en generar impactos positivos sobre la sostenibilidad ambiental, puesto que –por ahora– esa es la medida más efectiva que podemos tomar.

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