Opinión

La banca tradicional ¿condenada a desaparecer?

La banca, abocada a una digitalización de valor añadido

De la misma manera que en las escuelas se estudia la reconversión industrial de España en los años 80, sin duda en el futuro la reconversión de la banca, una de las más duras que se han visto en Europa, dará material de sobra para los libros de texto. Un breve vistazo a los registros de entidades del Banco de España lo evidencia con toda su crudeza: 2019 terminó con 52 bancos en activo en España; en 2008, eran 66 bancos y 46 cajas de ahorros las entidades que estaban en activo en el país.

Este proceso de concentración sigue vivo, como evidencia que apenas han pasado unos días desde que se comunicase la fusión entre CaixaBank y Bankia, que muchos ven como la operación del año, y que ya se estén haciendo quinielas sobre quiénes serán los siguientes bancos en mover ficha.

Si prosigue la tendencia, siendo este el escenario más probable, en un plazo muy corto estaremos ante un sistema bancario compuesto por apenas media docena de entidades de dimensiones colosales. Las causas son múltiples. El contexto persistente de tipos de interés muy bajos, que merma los márgenes del negocio bancario. Un modelo de distribución basado en presencia física de proximidad que resulta insostenible en costes. La creciente demanda de parte de los clientes por servicios digitalizados y a distancia. La crisis sanitaria del Covid-19 ha contribuido a incluso acelerar esta tendencia, al obligar a los bancos a dotar enormes provisiones para salvaguardar su solvencia. La consecuencia será que, en la búsqueda de economías de escala con las que optimizar costes para mantener la rentabilidad, estas macro entidades se verán obligadas a cerrar más oficinas, a despedir a más trabajadores y a automatizar todos los procesos posibles.

El modelo de sucursales resulta insostenible en costes para el sector financiero

El resultado lo sufrirán, una vez más, los clientes, en forma de un peor servicio de atención al cliente, una reducción de productos ofertados y comisiones más elevadas. Para los productos y fondos de inversión, este escenario podrá incluso empeorar una situación que hoy en día ya no es alentadora: como ya demostramos en el Observatorio de la Gestión Pasiva que desarrollamos en Finizens, más del 90% de todos los fondos europeos de renta variable, con independencia de su área geográfica, son incapaces de batir a su índice de referencia a diez años vista, debido a comisiones elevadas y a una estrategia de gestión tradicional muy ineficaz.

Permítanme que sea claro en mi opinión sobre el futuro de la banca: la banca tradicional no tiene futuro. La crisis sanitaria ha vuelto a poner en evidencia sus carencias: no basta con ser digitales, si esa digitalización no se ve acompañada por una propuesta de valor favorable para el cliente final. No basta con invertir ingentes sumas en proyectos tecnológicos: esa tecnología tiene que generar un valor añadido real para los clientes, ya sea ahorrándoles gastos o reduciendo los tiempos de ejecución y de espera. No basta con cubrir las necesidades de corto plazo: es capital ser innovador y saber anticiparse a las necesidades futuras de las personas que se acerquen a una oficina bancaria… si es que se acercan.

La digitalización no basta si no se acompaña por una propuesta de valor para el cliente

Si las fintech han experimentado un boom en los últimos años ha sido precisamente porque se han anticipado a esta situación, desarrollando tecnologías eficientes en costes y que además dan solución a necesidades que no estaba cubriendo la banca o que estaba proporcionando con un alto coste y baja calidad para sus clientes. La banca es uno de los sectores de la economía real que presenta un mayor riesgo de disrupción, y el hecho de que los bancos ganen tamaño les añade burocracia, en vez de la flexibilidad necesaria para no ser disrumpidos.

Las fintech están acelerando el proceso de digitalización de servicios por parte de la banca, que está tratando de librarse de aquellas operativas que sean menos rentables. Al mismo tiempo, están demostrando a los clientes que no es necesario tener todas sus finanzas circunscritas al ámbito bancario tradicional, pues hay más competidores sometidos a supervisión del regulador que ofrecen instrumentos de ahorro e inversión con transparencia, fácil acceso, 100% digitales y que además son más rentables y con menos impacto para el bolsillo.

La diferencia de una fintech respecto a un banco tradicional es que es una empresa nativa digital: tienen la innovación en su ADN, son más ligeras en costes y su principal capital es intelectual, pues descansa sobre la capacidad de desarrollo e innovación de los profesionales que la componen. Además, las fintech vamos con la lección aprendida: al cliente hay que ponerle en el centro de todo lo que hacemos, con honestidad, transparencia y sobre todo maximizando los rendimientos de los activos de quienes confían en nosotros sus ahorros e inversiones.

La crisis del covid ha supuesto el último revulsivo para acelerar la digitalización del ahorro y la inversión. En este sentido las fintech - especialmente los que operamos en el segmento wealthtech- tenemos mucho que aportar al cliente final.

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