Opinión

El extraño caso de Suecia

Suecia ha elegido un camino diferente al del resto para luchar contra el coronavirus

La inútil discusión entre seguridad sanitaria y estabilidad económica ha tenido lugar en todos los países, por supuesto, excepto en China donde la estabilidad y la seguridad las determina el Partido Comunista.

En general han ido ganando los partidarios de primero la vida y luego la economía, especialmente en los países con fuertes connotaciones católicas como Italia y España. En los anglosajones de boquilla decían lo mismo, eso sí, tras el patinazo inicial, pero las actuaciones de los dirigentes no iban siempre en ese sentido, véase el caso de Boris Johnson que estaba a favor de la inmunidad de grupo hasta que se enteró de que a algunos les daba más fuerte que a otros, o de Estados Unidos donde Trump no pudo resolver el asunto con desinfectantes y tras negar el problema lo pasó a los gobernadores tras asegurar que él era la autoridad competente.

La única excepción es Suecia, que como en tantas ocasiones no tiene miedo a circular por su propia vía, la vía sueca. En ese país no han permitido que la discusión política fuera la dominante y han dejado a autoridades independientes como el Director General de la Agencia de la Salud – que no puede recibir instrucciones políticas del Gobierno- , la explicación de las medidas que recomiendan "que no pueden ser draconianas, pues estas tendrían un impacto limitado en la pandemia pero paralizarían la sociedad.

El país utiliza su propio método contra el virus y muchos creen que es el acertado

Lo cierto es que el Gobierno ha ordenado tan solo el cierre de los colegios para alumnos de más de 16 años y de las universidades. Las escuelas no se cierran, de momento, porque "muchos padres forman parte del sistema de salud transporte e infraestructuras y si recurrieran a los abuelos pondrían a estos en más peligro del necesario". Han prohibido las reuniones de más de 50 personas y que restaurantes y bares, con muy baja ocupación, sirvan en la barra limitándose a atender en las mesas y recomendando a los ciudadanos que salgan solo lo necesario, especialmente los mayores. Pero no ha cerrado por ejemplo las estaciones de esquí a pesar de que los primeros infectados fueron esquiadores que volvían de Italia y Austria.

El primer ministro Stefan Löfven solo se ha dirigido una vez al país por televisión en un discurso de seis minutos, el ultimo precedente era de 2003, tras el asesinato de la ministra de Exteriores Anna Lihnd. No dio cifras sino que mostró liderazgo, apelando a la responsabilidad individual. A los jóvenes de más de 16 años les recordó que no eran unas vacaciones extra, que ya son mayores para gestionar la enseñanza a distancia y que deberían mostrar autodisciplina. Ni hubo preguntas ni la oposición hizo críticas. Su índice de aprobación subió inmediatamente. Tanto el Gobierno como la Agencia de Sanidad niegan que se esté buscando la "inmunidad de grupo ". Los críticos señalan que es una política parecida a la inicial de Johnson que tuvo que rectificar.

Los vecinos, Dinamarca, Noruega y Finlandia han seguido unas pautas más parecidas a las de Italia o España, cierre de fronteras incluido y han empezado ya el desconfinamiento.

Por supuesto el número de afectados y de fallecimientos es mayor en Suecia que en lo países vecinos, bajo en todo caso, en relación a la población, y en comparación con el Reino Unido, Italia o España. Si Suecia acierta saldrá de la pandemia fortalecida económicamente en términos relativos, si fracasa le costara lo mismo que a los demás pero con más muertos. Los datos del primer trimestre con caídas del PIB del orden del cinco por ciento en la mayor parte de los países de la Unión Europea, pero solo del 0,3 % en Suecia parece que dan la razón a los escandinavos. La principal crítica, y ha habido muchas, es el desproporcionado volumen de fallecimientos en residencias de ancianos- en realidad porcentajes similares a los de Estados Unidos y al resto de los países europeos, con la peculiaridad sueca de que el sistema intenta que los mayores permanezcan en sus domicilios y no vayan a residencias facilitándoles desde comida hasta atención varias veces al dia. En consecuencia la fase en la que se encuentran los ancianos que van a residencias es de mayor deterioro allí que en otros lugares.

La valoración económica de la vida no ha llegado a la discusión pública pero hay muchos que piensan como el alcalde alemán de Tubinga- del Partido Verde- de que el 80% de los fallecidos en residencias estaban en todo caso viviendo el último año de su vida.

Las peculiaridades físicas y geográficas del país y las de sus ciudadanos permiten actuaciones impensables en otros lugares. La escasa densidad de población, excepto al sur de la línea Estocolmo Gotemburgo, la confianza en las instituciones, la ausencia de autoridades intermedias que pudieran tener diversas opiniones – allí solo cuentan de verdad la Administración central y la municipal- y el bajo volumen del guirigay de los medios digitales – un mundo dominado por las ediciones online de los medios tradicionales- eliminan mucho ruido. Por otra parte es bien sabido que los suecos respetan la distancia física- mal llamada social- en cualquier caso, por el enorme respeto que existe a la privacidad de los demás y que la climatología tampoco permite que una gran parte del dia se pase en la calle. Además la mitad de los hogares suecos están formados por una sola persona.

La vía sueca es en este momento la única que se separa del consenso casi universal y muchos creen que son los que han acertado.

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