Opinión

Coronavirus: ¿deben preocuparse los mercados financieros?

Sin motivo al pánico en bolsa a pesar del coronavirus

Después de una semana con los mercados cerrados debido al Año Nuevo chino, el Índice Compuesto de Shanghái abrió la semana pasada con un rendimiento negativo de -7.8%, la mayor caída desde agosto de 2015. Entretanto, el yuan cotizaba a su nivel más bajo en un año.

Pese a la calma actual, las reacciones del mercado al brote de coronavirus han ocasionado pérdidas de billones a los accionistas: entre el 20 y el 31 de enero, el CAC40 de Francia, el FTSE 100 del Reino Unido, el índice promedio Nikkei 220 de Japón y el S&P 500 de EE. UU caían un 4,4, 4,8, 3,6 y 3,1 por ciento respectivamente.

Con el Brexit abandonando los titulares, podemos afirmar que el coronavirus ha causado un colapso del mercado (sobre una base anual, el mercado de los Estados Unidos llegó a caer un 58%).

El alcance de la infección no es razón suficiente para generar el pánico global

Hay varias formas de interpretar estas dinámicas del mercado. Una pandemia que ha infectado a miles personas y ha matado a cientos personas en todo el mundo, de las cuales solo el 3% ha ocurrido fuera de China, no parece ser una razón para el pánico global. Para contextualizar estas cifras, el coronavirus ha ocasionado aproximadamente el mismo número de muertes que las producidas en carretera el año pasado en Suiza.

En el pasado hemos tenido varios episodios de irracionalidad del mercado, difíciles de explicar. La caída del mercado chino de 2015 es un buen ejemplo. Cuando esto sucede, los inversores experimentados se aprovechan de los inversores desinformados y propensos al pánico y el daño a los mercados es de corta duración, volviendo los precios de las acciones rápidamente a sus niveles normales.

Las caídas en bolsa demuestran la debilidad e inestabilidad del comercio mundial

También es cierto -esta es mi segunda interpretación de los hechos- que el funcionamiento de los mercados bursátiles el año pasado fue difícil de explicar y los inversores han estado buscado una razón para ajustar los precios a la baja. A finales del verano, la previsión era que se aproximaba un colapso, ya fuera relacionado con el comercio mundial, el terrorismo, el juicio político de Donald Trump o la crisis en Oriente Medio. Los mercados siempre cuentan con lo inesperado y esta vez surgió de un mercado en Wuhan.

Lo que está pasando, muestra cuán débil e inestable es el comercio mundial. En un mundo interconectado, las distancias son más cortas, pero los riesgos inherentes en un mercado global también son mayores. Los clientes en Dubái no compran pollo criado en el Oriente Medio sino en Brasil. La fruta en Japón puede proceder de España y los juguetes en Suiza provienen de China. Las cadenas de suministro ahora son tan complejas, que la confianza de los consumidores se puede ver afectada por una pequeña perturbación, que puede ocurrir en cualquier lugar. Esto se agrava debido a la velocidad de la información y el conocimiento en tiempo real de lo que ocurre, lo que alimenta el pánico porque lo que está sucediendo en China parece estar muy cerca del resto del mundo.

Por supuesto, hay efectos directos del cierre de los mercados de China, que se sentirán con mayor intensidad en aquellos países que exportan o importan de allí. Por ejemplo, es el caso de Australia: entre el 90 y el 95 por ciento de las langostas del país van a China continental. Con la prohibición de las importaciones, los productores australianos se han visto obligados a dejar hasta 10.000 langostas en depósitos de almacenamiento de agua de mar y los precios han caído hasta un 20 por ciento en solo unos días.

Sin embargo, hay motivos de preocupación. La Organización Mundial de la Salud lo ha declarado una emergencia mundial. ¿Tenemos toda la información? La reacción política al brote sugiere que hay más de lo que vemos en la televisión.

Por supuesto espero que el escenario más aterrador de todos, una pandemia global, no se materialice. Este es el desenlace menos deseable y más perjudicial: que los recientes acontecimientos sean el comienzo de una crisis de salud global que no se puede prevenir porque nuestros muros son permeables (al flujo de personas y productos).

Si esto resulta ser cierto, debemos comenzar a prepararnos ahora. Las empresas y las personas deberán recopilar información, ajustar comportamientos y procesos y priorizar a los clientes y empleados. La gestión de la incertidumbre se convertirá en gestión de crisis, y para entonces los mercados de valores declararán a sus ganadores y perdedores.

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