Por Ari Volovich

Un minuto bajo el agua

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El Estado hace del individuo una frontera, forjándolo con el tiempo a base de esquizofrénicos conceptos de identidad. Por eso es que los nacionalistas siempre muestran un dejo de limitación en su mirada, la cual me ha quitado el sueño en más de una ocasión, cuando mi otredad se ve agudizada por el sacapuntas de la cotidianeidad.

Por Ari Volovich

Saudade de la barbarie

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Hace poco menos de quince años, surcaba la autopista Puebla-México a bordo de mi viejo Nissan Sentra. Recuerdo con nitidez el sentimiento de incredulidad y sorpresa que se concentró en mi nuca mientras escuchaba la narración de los locutores acerca de un linchamiento de tres agentes policiales en las inmediaciones de Tláhuac. Mi primer instinto fue tallarme los tímpanos con la mente mientras algunos destellos de lava aparecían en mi retrovisor a causa de la actividad del Popocatépetl. Mi segunda reacción fue golpear la radio con mis dedos con la esperanza de destrabar una transmisión que supuse estaba atascada en algún siglo anterior a Cristo. Me asaltaron varias imágenes del medioevo combinadas con algunas rutinas de los Monty Python que se extendieron hasta la última caseta. Una vez que eché el freno de mano para afianzar los neumáticos en la ciudad, la noticia ya estaba en boca de todos. Muchos descartaban la gravedad de lo sucedido calificándolo como un acto aislado de violencia, sin siquiera reparar en este latente guiño sintomático propiciado por un Estado ausente.


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