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Del 'anti-Brexit' a la rebelión de los fans: Inglaterra y Alemania, dos formas muy distintas de gestionar el fútbol

  • En la Premier League tan solo existen tres propietarios ingleses
  • En la Bundesliga no entra capital extranjero y se rige bajo la fórmula 50+1
Aficionados alemanes lucen sus pancartas en favor de la regla 50+1
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Inglaterra se ha convertido con el paso de los años en una nueva aventura para los inversores extranjeros. Malayos, emiratíes, egipcios, estadounidenses, rusos, italianos y hasta tailandeses son algunas de las nacionalidades que más interés han puesto en la compra de estos míticos equipos, como son el Leicester, Manchester City, Manchester United, Liverpool, Queens Park Rangers, Chelsea o Sheffield Wednesday, entre otros muchos. Por el contrario, la realidad de Alemania es bien distinta, donde ningún inversor extranjero se ha hecho con el control de un club de la Bundesliga.

Cada vez resulta más frecuente la aparición, en la Premier League, de propietarios de otros países. El primero en hacerlo, con el permiso de Mohamed Al Fayed con el Fulham, fue el ruso Roman Abramovich, en 2003, con el Chelsea. Por aquel entonces, el empresario compró el club por unos 164 millones de euros, para venderlo 20 años después por 5.000 millones de euros. Era el comienzo de algo que nadie en el mundo del fútbol se podría llegar a imaginar, o por lo menos no a este alcance.

Con esto, poco a poco fue ganando peso esta tendencia y cuatro años más tarde, en 2007, la Premier League ya contaba con ocho clubes con inversión foránea. Al Chelsea se le fueron sumando más adeptos, como por ejemplo el Manchester United, con la familia Glazer como máximos dueños. Procedente de Estados Unidos, llegaron a invertir 1.160 millones de euros. Ahora, el devenir del club ha cambiado tras la reciente compra del 25% por parte del grupo INEOS, presidido por el empresario británico Jim Ratcliffe. Otro caso sonado fue el del Queens Park Rangers, equipo que fue adquirido en 2007 por el italiano Flavio Briatore y el español Alejandro Agag.

El 2008 fue un punto de inflexión para muchos inversores. Este año fue el que jeque Mansour bin Zayed, de Emiratos Árabes Unidos, entró de lleno en el Manchester City comprándolo por unos 400 millones de euros. Esta inversión es probablemente la más rentable de todas, ya que ha colocado a un club modesto (siempre se les ha considerado como los vecinos ruidosos de Mánchester) en lo más alto del panorama mundial, en la actualidad, junto al Real Madrid. Además, el valor del club se ha situado en unos 5.000 millones de euros, el quinto en la clasificación.

Tras el Manchester City, empezaron a aterrizar en Inglaterra una multitud de inversores extranjeros: Stan Kroenke (Arsenal / EEUU), Nassef Sawiris (Aston Villa / Egipto), Alan Pace (Burnley / EEUU), la familia Pozzo (Watford / Italia), Farhad Moshiri (Everton / Irán), Nassif Sawiris y Wesley Edens (Aston Villa / Egipto y Aston Villa / EEUU), Todd Boehly (Chelsea / EEUU), John Textor (Crystal Palace / EEUU), Maxim Demin (Bournemouth / Rusia), Shahid Khan (Fulham / EEUU), John W. Henry (Liverpool / EEUU), Evangelos Marinakis (Nottingham Forest / Grecia), Dragan Solak (Southampton / Serbia), Daniel Kretisnky (West Ham / República Checa) y Fosun Internacional (Wolverhampton / China).

El último inversor de talla mundial que llegó a la Premier League fue nada más y nada menos que Arabia Saudí, concretamente el Fondo Público de Inversión de Arabia Saudí (PIF), con una inversión bajo el brazo de 350 millones de euros, convirtiéndo al Newcastle en el club de fútbol más rico del mundo.

Con todo esto, solo tres clubes se salvan del capital extranjero. Uno de ellos es el Brighton, cuyo propietario es Tony Bloom, apostador deportivo, jugador de póker y empresario inglés; otro es el Tottenham, con el archiconocido Daniel Levy a la cabeza, aunque en realidad el verdadero dueño es Joe Lewis, una de las personas más ricas del Reino Unido; y el último es Matthew Benham, empresario británico dueño del Brentford.

Por qué todos quieren ir a Inglaterra

Cada país tiene sus peculiaridades, como es lógico. Pero sí que es cierto que desde hace años existe esa sensación de que todos los empresarios multimillonarios quieren ir la Premier League a dejarse la pasta. El primer aspecto y puede que más importante es el cambio del producto. En los años 80 el fútbol inglés estaba en decadencia, las familias no iban a los estadios y por aquel entonces resultaba ser un asunto exclusivo de hombres y jóvenes (por cuestiones de violencia). Gracias a la creación de nuevos estadios y nuevas medidas de seguridad se empezó a bajar drásticamente el nivel de vandalismo y volvió a ser una experiencia que la gente quería vivir entre familia.

Además, tras el Brexit, Inglaterra se ha visto obligada a colaborar con otros países (abriendo tratados, dándoles facilidades...) con el objetivo de que el extranjero invierta. Para ello abrieron fronteras y quitaron trabas que tenían en general por la UE y que con ello se vuelvan todavía más atractivos para la inversión extranjera. En el fondo no deja de ser un acuerdo mútuo, ya que la inversión extranjera le conviene tanto a los clubes como a los dueños, ya que estos últimos tienen un pie en la economía británica que sí es muy fuerte y para los clubes es más dinero. Basta con decir que la City es el segundo centro financiero del mundo. En este sentido, la dimensión de negocio que se hace allí es mayor a España o Italia, por ejemplo.

También les sirve como lavado de imagen, puesto que estos inversores extranjeros reciben beneficios más allá del dinero, ya sea en forma de publicidad o reputación pública, como bien ocurrió con Roman Abramovich, amigo cercano de Vladimir Putin y que desde 1992 ha sido constantemente señalado por irregularidades y corrupción en Rusia, así que con los triunfos del Chelsea, el empresario ha aparecido más en portadas deportivas que políticas.

Alemania es otro mundo

Por su parte, el modelo de negocio de Alemania es totalmente contrario al que utilizan no solo en Inglaterra, sino en muchas partes de Europa, con Francia, Italia y España a la cabeza. En este sentido, los aficionados germanos siempre se han mostrado reacios a la entrada de capital extranjero y lo han dejado patente en forma de protestas o manifestaciones. Una de las más curiosas se dio durante el encuentro del pasado 17 de diciembre entre el Union Berlín y el Bochum, en el cual los hinchas del equipo local terminaron tirando monedas de chocolate al césped después del principio de acuerdo al que llegaron los clubes con la Liga Alemana (DFL).

Ese principio de acuerdo buscaba la incorporación de un inversor de capital privado y extranjero que impulse los derechos televisivos a través de un fondo de inversión, con Advent, Bridgepoint, CVC y EQT como máximos responsables (Blackstone se retiró de la puja por las protestas producidas a raíz de este tema). En este caso, se trataba de una contribución económica estimada que podría alcanzar los 1.000 millones de euros a repartir entre clubes. A cambio, contarían con una participación del 8% de los ingresos de TV durante los próximos 20 años.

"No venderemos nuestras acciones, no hay pérdida de control ni desviación de la regla 50+1 y, por lo tanto, no hay razón para las protestas", detallaba la DFL

Finalmente los aficionados ganaron la batalla y se llegó a un acuerdo el pasado 21 de febrero después de que los 36 clubes de Primera y Segunda descartaran la entrada de este fondo. "Aunque una gran mayoría estaba a favor de la necesidad de una asociación estratégica desde el punto de vista empresarial, el fútbol profesional alemán se encuentra en medio de una prueba decisiva de fuerza, y este tema ha dado lugar a considerables conflictos", dijo Hans-Joachim Watzke, presidente del Comité Ejecutivo de la DFL.

"Podemos entender que los fans estén preocupados por un tema complejo y ampliamente discutido como un acuerdo de marketing estratégico. Pero el mensaje más importante es que los aficionados no sufrirán ninguna desventaja como resultado de este proceso. El nuevo socio de marketing no tendrá influencia sobre las competiciones deportivas, los horarios, el precio justo de las entradas... No venderemos nuestras acciones, no hay pérdida de control ni desviación de la regla 50+1 y, por lo tanto, no hay razón para las protestas", detallaba la DFL.

La famosa regla del 50+1

Alemania, como cualquier otro país, se rige por unas normas. Una de las más importantes llegó en 1998, con la ley de sociedades anónimas deportivas, que permitió a los clubes convertir sus equipos de fútbol en sociedades anónimas públicas o privadas, abriendo la posibilidad a mejorar la parte financiera. Antes de 1998, los clubes eran propiedad exclusiva de las asociaciones de miembros, lo que se traducía en que los clubes se administraban como organizaciones sin ánimo de lucro, y no se permitía la propiedad privada bajo ninguna circunstancia.

Es entonces cuando entró la regla 50+1, perfecta para no permitir la entrada de jeques en la Bundesliga. Buscaba, en la teoría, impedir que los magnates ajenos al fútbol pudiesen alterar la competitividad y los méritos deportivos a través de inyecciones económicas como las que hoy en día priman en Inglaterra o en el PSG.

Con todo esto, la regla sostiene que las acciones de un club deben pertenecer a los socios en, como mínimo, una acción más del 50%, para que el control sea mayoritario por su parte y no de una única sociedad inversora.

Al menos esa es la teoría, con algunas excepciones para aquellos patrocinadores que lleven más de 20 años ligados al club en cuestión, que en ese caso sí podrían comprar más del 50% del accionariado. Y, también, para que las personas vinculadas a una entidad (exjugadores, exentrenadores, socios con antigüedad, promotores, inversores minoritarios...) puedan controlar más de la mitad de las acciones. El problema en esta segunda cuestión reside en lo difícil que resulta definir qué es estar vinculado y qué es una mera sinergia o colaboración.

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