Opinión

Salvar el planeta sin destruir al ser humano

Intentar dar respuesta a esta pregunta debería hacernos reflexionar acerca de lo que ha ocurrido para que la Tierra esté enferma: si se nos ha ido de las manos el progreso y si los avances tecnológicos que se avecinan revolucionarán tanto nuestro presente y futuro como lo hicieron en épocas anteriores otras revoluciones, preguntándonos qué podemos hacer nosotros y las generaciones venideras para que la curación se logre.

A nuestro entender, solo una revolución humanista sanará la Tierra. El ser humano, que ha sido capaz de contaminar océanos y poner en peligro ecosistemas, olvidar a otros seres humanos que sufren o tener una ambición desmedida, es también el artífice de inventos y creaciones que han mejorado su entorno, se ha reinventado y adaptado a los cambios organizándose en beneficio de otros, y ha compartido los resultados de ese progreso con sus semejantes. Ese ser humano capaz de lo peor y lo mejor, debe tener presente este objetivo: "salvar el planeta sin destruirse a sí mismo, sin perder su identidad y humanidad, para transformar una vez más su entorno teniendo un papel predominante en ese cambio." Este objetivo nos parece lo suficientemente importante como para sumarse a los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que forman parte de la agenda de futuro de la que llevamos hablando varios años: la Agenda 2030.

Recordemos juntos qué avances y retrocesos han tenido lugar desde que en 1995 se celebrara la primera COP, siglas que significan Conferencia de las Partes: el órgano supremo de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, germen de la Agenda 2030 y de otros muchos acuerdos recetados para el planeta enfermo.

Desde la primera COP celebrada en Berlín, hasta la vigésimo octava que tendrá lugar en Emiratos Árabes Unidos a partir del 30 de noviembre de 2023, ya ha llovido y, se niegue o afirme el cambio climático, parece que esa lluvia ha caído sobre nuestras cabezas de manera más irregular de lo que cabría esperar, llegando a una nueva COP con dos certezas: que, a las causas naturales que provocan cambios en el clima, se suma la acción del ser humano; y que solo podemos esperar la ralentización del calentamiento global, controlando su efecto en los cuatro puntos de no retorno:

  1. La reducción del hielo en Groenlandia;
  2. El sistema de corrientes del océano Atlántico;
  3. El derretimiento del hielo en la Antártida Occidental;
  4. La reducción de bosque tropical en la Amazonía.

Si la acción del ser humano ha provocado tanto mal, ¿cabría esperar que pueda hacer tanto bien como para conseguir ralentizar el calentamiento antes de que sea imposible sofocar la fiebre?

Sobre este tema y otros muchos se ha discutido en las diferentes COP: en Kioto (1997) se habló por vez primera de desarrollo sostenible y del uso de energías renovables. Su famoso protocolo comprometió a los países firmantes a reducir un 5% las emisiones de 6 gases efecto invernadero; Nueva York (2000) culminó con la Declaración del Milenio y la definición de sus Objetivos de Desarrollo (ODM), enumerándose medidas para erradicar la pobreza extrema; Río (Brasil) (2012) tenía como lema "crear una economía verde sostenible para proteger la salud y el medioambiente y cumplir con los ODM".

Así, poco a poco, aprendimos que descarbonizar es cambiar el combustible fósil por energía limpia y renovable, y nos familiarizamos con uno de los indicadores ambientales más importantes: la huella de carbono que mide, en toneladas de CO2, las emisiones de gases efecto invernadero derivadas de fabricar un producto, o las producidas en nuestras actividades diarias.

Más delegados de diferentes lugares del globo se fueron sumando a estas conferencias y la COP21 (2015), famosa por la definición del Acuerdo de París, incluye varios compromisos climáticos para reducir las emisiones de gases efecto invernadero y limitar el aumento de la temperatura a 2 grados este siglo, respecto a los niveles preindustriales, y, si fuera posible, 1,5 antes de 2030, para evitar cambios irreversibles, como apunta el informe Global Warning de la ONU. Juntos, 193 países y la UE plantearon la financiación de los países en desarrollo para hacer posible el cumplimiento de esos compromisos.

El 25 de septiembre de 2015, poco antes de la firma del Acuerdo de París (2016), nació la Agenda 2030. Como en toda agenda se enumeran propósitos, pero estos son tan ambiciosos que un año se amplía a quince para convertirlos en logros. Son retos ambientales, sociales y económicos derivados del cambio climático, resumidos en un tratado internacional de 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 169 metas de alcance mundial a las que se comprometen, de manera vinculante, 193 países.

Comienza en 2020 la "década de la acción" y el mercado de capitales se moviliza para apoyar proyectos sostenibles. Los ahorradores pasivos empiezan a entender que han de convertirse en inversores activos preocupados por salvar el planeta y, con él, a todos los seres humanos que lo habitamos. El sector financiero se transforma con nuevas leyes y productos con el fin de sustituir la inversión "marrón" o tradicional, por la "verde" o sostenible. Hoy, apoyar económicamente nuevos proyectos empresariales y gubernamentales requiere no sólo tener rentabilidad y buenos criterios financieros, sino llevar a cabo actividades definidas por un nuevo Reglamento de Taxonomía, y conseguir arrojar buenos resultados en otros criterios: ambientales, sociales y de buen gobierno (criterios ASG), evitando incidencias adversas que pudieran poner en entredicho el avance hacia la neutralidad de emisiones.

Sin embargo, llegamos y superamos el 2020 con una analítica terrestre que muestra un aumento de la temperatura global de 1,2 grados, comprobando que solo dos años han descendido las emisiones de CO2: el 2009, debido a la recesión económica; y el 2020, a causa de la inactividad del mundo por el coronavirus. La línea que muestra el pulso de estas emisiones sigue irremediablemente en ascenso.

¿Seremos capaces de salvar el planeta sin destruirnos a nosotros mismos, sin perder nuestra identidad y humanidad, para transformar una vez más nuestro entorno teniendo un papel predominante en ese cambio? La llegada del 2030 nos lo dirá.

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