Opinión

Feijóo y Sánchez deben colaborar y formar un Gobierno de coalición

  • El país necesita que PP y PSOE deben renunciar a sus beneficios propios y buscar el beneficio del país
  • Ambos partidos deben alejarse de los partidos en los extremos del arco parlamentario
Foto: EFE

La regeneración ética y política es sin duda una cuestión de Estado. En la actual situación es prioritario establecer una política económica saludable para los españoles y se impone con urgencia un acuerdo entre los grandes partidos que representan, con 258 escaños, la voluntad expresada en las urnas.

Es oportuno recordar ahora más que nunca los Pactos de la Moncloa. Con la autoridad de 16 millones de votos, el 65% de las papeletas, nuestro régimen parlamentario puede y debe saber estar a la altura y entender el mensaje expresado el pasado 23 de julio.

PP y PSOE tienen la obligación de dejar de discutir sobre si gobierna la lista más votada o si es posible formar un Gobierno con Sumar, PNV, Bildu, ERC y Junts, lo cual sería un desastre por muchas razones, para empezar, por los peajes económicos que tendríamos que pagar, por no hablar de condiciones que van más allá de cualquier línea roja, como un referéndum de autodeterminación o una amnistía escandalosa.

El mensaje de la urnas dice que ni los catalanes quieren a Junts o a los republicanos independentistas, a los que les han retirado los votos. No olvidemos que les ha ido muy mal en las legislativas. Feijóo no podrá gobernar salvo que pacte con el PSOE; y Sánchez solo podría mantenerse en Moncloa si se somete a los compromisos nacionalistas, por no decir chantajes.

Sánchez, a cambio de mantenerse en el poder en esas condiciones, incumpliría, con toda seguridad, las promesas de gasto. No olvidemos que Bruselas exige un ajuste presupuestario en 2024 incompatible con las políticas que sugieren no solo los independentistas sino la propia Yolanda Díaz, socia del Gobierno en funciones.

También es necesario obedecer al pueblo, mayoritariamente contrario a la fragmentación del país, frente a las reivindicaciones de partidos separatistas.

Y no digamos a la extrema polarización social causada por las exigencias de formaciones políticas extremas a ambos lados del arco parlamentario.

Un Gobierno de coalición permitiría atender la abrumadora demanda de reformas legislativas urgentes, tan imposibles en la actual coyuntura como necesarias para el bienestar de los españoles.

Son tanto el PP como el PSOE quienes tienen la obligación de renunciar a sus propios beneficios como partidos y poner por delante el bien común. Feijóo debe renunciar a los apoyos de Vox y Sánchez olvidarse de los avales que busca a su izquierda y en los nacionalismos exacerbados.

Cualquiera de las opciones distintas a un gran pacto entre ambas formaciones nos conducirá como mínimo a la incertidumbre sobre la gobernabilidad, al bloqueo, a unas nuevas elecciones generales o a situaciones que causarían un daño irreversible a la nación.

El sistema de alternancia bipartidista funcionó en España desde 1977 hasta 2015 pero ahora el igualado resultado electoral lo que exige es políticas de Estado, es decir, el entendimiento entre PP y PSOE. Si Fraga O Herrero de Miñón fueron capaces de acercarse a Felipe González o Carrillo, Sánchez y Feijóo deben aprender a fiarse el uno del otro y respetarse.

Para los conservadores es el fin del mundo que gobiernen los progresistas, y viceversa pero eso debe cambiar y los líderes políticos deben centrarse, hacerse mutuas concesiones, y darse la mano porque el país lo necesita. Los buenos estadistas, como refiere la Historia, no se mueven por venganzas ni antipatías personales: se trata de acercar posturas, clarificar los objetivos y necesidades esenciales con la mayor objetividad e incluso de ser generosos con el resto de partidos en aquellas ideas y aportaciones que realmente contribuyan al bien común.

La demagogia, el desprecio a la razón, las insultantes certezas, las promesas imposibles, los falsos paraísos y los sentimientos a flor de piel por encima de los argumentos o los datos tiñen de inutilidad el discurso político, reducido a una infame película de buenos y malos cuyo final es lamentable sin lugar a dudas.

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