Opinión

Occidente no puede asumir un pasivo mayor

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La decisión de la agencia de calificación Fitch de rebajar la calificación de la deuda estadounidense, el activo más seguro del mundo ha sido condenada casi universalmente, al menos por los economistas y comentaristas de la corriente dominante. Pero un momento. Es cierto que EEUU no está a punto de caer en impago, ni el dólar está a punto de ser destruido. Aun así, la rebaja de la calificación es una lección de que no podemos seguir endeudándonos eternamente. En realidad, tenemos que acabar con la fiebre del gasto alimentada por la deuda antes de que destruya Occidente.

La ratio deuda/PIB de EEUU es más alta que nunca, 121 puntos porcentuales, y el déficit fiscal sigue siendo enorme: la Oficina Presupuestaria del Congreso prevé que ascienda a 1,5 billones de dólares este año, lo que supone un aumento de 160.000 millones con respecto a 2022. Sin embargo, la economía estadounidense está obteniendo buenos resultados, al menos en comparación con sus principales competidores. La Reserva Federal ha vuelto a situar la inflación por debajo del 3%. La economía crece a un ritmo anualizado del 2,4%. Se está creando un número récord de puestos de trabajo y el mercado bursátil se ha recuperado del mercado bajista y está a punto de volver a alcanzar nuevos máximos históricos. Y lo que es más importante, Estados Unidos sigue siendo el país más innovador y emprendedor del mundo,

Aun así, la rebaja nos dice dos cosas importantes. La primera es que Occidente no puede seguir endeudándose eternamente sin consecuencias. Hace tan sólo unos meses que Francia, el tercer mayor deudor del mundo medido por la cantidad total que debe, también vio rebajada su calificación, mientras que el Banco de Japón, que ostenta la segunda mayor carga de deuda, está luchando por controlar los tipos de interés. En los últimos 15 años se ha producido una extraordinaria explosión de la deuda, primero para pagar el colapso bancario, luego la pandemia y ahora la llamada "emergencia climática".

La segunda es que la Biden-omics está a punto de empeorar las perspectivas fiscales de EEUU. La clase dirigente liberal, y su club de fans en toda la Unión Europea, babean por los 400.000 millones de dólares de gasto de Biden en "subvenciones verdes" y "fabricación de chips". Y, sin embargo, ya hay indicios de que gran parte del dinero acabará malgastándose (de hecho, gran parte de la próxima década estará dominada por revelaciones sobre niveles escandalosos de fraude) y de que las subidas de impuestos para pagarlo todo llegarán muy pronto. Biden dejará a EEUU debiendo un montón de dinero, y con un montón de plantas de chips medio vacías en el desierto sin suficiente demanda para mantenerlas ocupadas. Parece que Donald Trump será la única alternativa a Biden en la carrera presidencial del año que viene, y aunque su presidencia fue mucho mejor en micropolítica, impulsando recortes fiscales, desregulación y zonas de inversión, fue igual de salvaje fiscalmente. Fitch tiene toda la razón al afirmar que la "mala gobernanza", un término cortés para referirse a un sistema político completamente roto, es una de las principales razones para rebajar la calificación de la deuda estadounidense.

En realidad, por fin está calando el mensaje de que Occidente no puede mantener eternamente su fiebre de gasto alimentada por la deuda. Los economistas ultrakeynesianos que se han pasado años argumentando que la deuda no importa y que las finanzas de un Estado no pueden compararse con las de un hogar, están siendo humillados. Ya hemos visto un repunte de la inflación, y lo pagaremos durante años con tipos de interés más altos. Ahora también estamos viendo cómo se aceleran las rebajas de la deuda. En algún momento tendremos que dejar de fingir que podemos pedir prestado y gastar para salir de todas las crisis, o que la "inversión verde" crea riqueza de la nada por arte de magia.

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