Opinión

El dilema de Europa con el clima

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea

Europa tiene la mira puesta en convertirse en el primer continente del mundo con neutralidad de carbono, y para lograrlo debe ejecutar un delicado acto de equilibrio. ¿Puede la Unión Europea transformar su economía y al mismo tiempo mejorar su competitividad? ¿Y puede lograr esos objetivos y a la vez mantener su condición de prefiguradora de estándares globales y la adherencia a sus principios de responsabilidad fiscal?

La respuesta a estas preguntas es un "no" rotundo. Entre todas esas metas hay tensiones inevitables, e identificar las concesiones necesarias para hallar el equilibrio justo puede resultar más difícil que lo que piensan las autoridades.

En 2019, cuando la UE reveló su Pacto Verde y se comprometió a alcanzar la neutralidad de carbono en 2050, su objetivo principal era apuntalar el Acuerdo de París sobre el clima (2015) y ayudar a limitar las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero las autoridades también tenían un segundo objetivo muy definido: convertir a la UE en líder de la industria verde. Por eso la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen describió el nuevo marco de políticas como el "momento hombre en la Luna" europeo.

¿Habría fracasado el Acuerdo de París sin el compromiso de Europa con la neutralidad de carbono? No hay modo de saberlo. En cualquier caso, la UE se merece todos los elogios por haber diseñado en muy pocos años un paquete legislativo integral, algo que muchos consideraban imposible. El Pacto Verde Europeo se basa en una amplia variedad de herramientas, que van de la regulación (por ejemplo la prohibición de vender nuevos autos con motor de combustión interna después de 2035) a la fijación de precio a las emisiones de carbono (mediante la ampliación de los intercambios de cuotas de emisiones).

Pero las cosas han cambiado desde 2019. En primer lugar, China se ha convertido en líder mundial en diversas tecnologías verdes, como los paneles solares y las baterías para vehículos eléctricos. Es posible que con la escala y la velocidad de su política industrial verde, haya consolidado una ventaja comparativa.

En segundo lugar, los aranceles a las importaciones chinas del expresidente de los Estados Unidos Donald Trump, que siguen vigentes con su sucesor Joe Biden, provocaron un daño duradero al sistema multilateral. En la práctica, la Organización Mundial del Comercio hoy es la sombra de lo que fue.

En tercer lugar, la invasión rusa de Ucrania privó a Europa del acceso irrestricto al gas natural ruso, que antes le daba ventaja en la competencia mundial por los recursos energéticos.

Finalmente, Estados Unidos se unió al combate mundial contra el cambio climático, aunque a su manera. La Ley de Reducción de la Inflación (hito legislativo de la presidencia de Biden en materia climática) no incluye la fijación de precios al carbono ni límites a los subsidios, y pone requisitos de contenido local distorsivos como condición para acceder a ellos. Con estas características, la nueva ley cambia el panorama en modos que dejan la estrategia de la UE (coherente y muy bien planificada) en una posición cada vez más vulnerable.

A pesar de estos desafíos, la UE se ha mantenido firme en su compromiso de alcanzar la neutralidad de carbono en 2050. Mientras intenta posicionarse como actor mundial en las industrias verdes emergentes, también está decidida a defender los principios y normas del multilateralismo. Además, pretende hacer todo esto y al mismo tiempo mantener su marco fiscal actual. De hecho, está explorando reformas que proveen muy poca flexibilidad para responder a las consecuencias presupuestarias esperadas de la transición energética.

Pero es posible que muy pronto la nueva realidad obligue a la UE a reconsiderar su postura. En vista del considerable capital político invertido en buscar la neutralidad de carbono, cuesta imaginar que el bloque vaya a abandonar ese objetivo en forma explícita. Pero podría mantener una ficción de trabajar en pos de alcanzarlo, no cumplir las metas de 2030, y luego empezar a contentarse gradualmente con ser seguidora en vez de líder. Esta posibilidad parece cada vez más probable, ya que la UE no ha creado los mecanismos internos de gobernanza necesarios para asegurar el cumplimiento por parte de los estados miembros.

Aunque retiene el control directo de algunas medidas, por ejemplo la prohibición a la venta de nuevos vehículos emisores de carbono y la distribución de cuotas de emisión, las políticas de respaldo en general siguen siendo competencia de los estados miembros. Si, por ejemplo, los gobiernos europeos no ponen en práctica políticas para desalentar el uso de autos viejos con motor de combustión o subsidiar la inversión en nuevos vehículos eléctricos, es posible que los autos contaminantes sigan rodando muchos años más.

Para Europa existe la tentación de tratar de reducir los costos de la neutralidad de carbono sacrificando competitividad. Si los vehículos eléctricos chinos resultaran más baratos que los fabricados en Europa, puede ocurrir que los activistas climáticos más fervorosos defiendan la compra de autos chinos. Pero Europa no puede darse el lujo de desperdiciar la oportunidad de revitalizar su industria automotriz.

Desde 2019, la UE parece estar más dispuesta a sacrificar su lugar internacional como prefiguradora de normas y estándares, en aras de mejorar su competitividad. Pero el compromiso de la UE con un orden mundial basado en reglas es parte de su ADN, y no tiene un sustituto comparable. Si renuncia a su papel como creadora de normas, la UE puede acelerar la desaparición del multilateralismo. Un resultado que parece cada vez más probable, en vista de que una UE debilitada carecería de los recursos necesarios para salvar el sistema global actual.

El curso más prudente sería que el bloque flexibilice sus restricciones fiscales, mediante exenciones para la transición verde o un mecanismo de emisión conjunta de deuda, respaldado por un acuerdo para incrementar sus propios recursos. No hay duda de que una decisión de esta naturaleza supone riesgo de inestabilidad macroeconómica, pero sería menos dañina que sacrificar la competitividad o permitir la desintegración del sistema multilateral.

Por desgracia, estas políticas no tienen apoyo suficiente dentro de la UE. El ministro alemán de finanzas, Christian Lindner, reafirmó hace poco el compromiso de su país con la normativa fiscal vigente. Pero la insistencia en la rectitud fiscal puede provocarle a la UE pérdidas importantes en otros frentes. Contra lo que parecen creer algunos funcionarios europeos, la transición a la energía limpia no estará exenta de costos. La elección que tienen ante sí las autoridades europeas es sencilla: actuar ahora para enfrentarlos o pagar más tarde un precio mucho más alto.

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