Opinión

Afganistán y el deterioro de la imagen de EEUU en el mundo

  • No existe alternativa aceptable para el liderazgo que Washington deja vacante
El presidente Biden tiene responsabilidades en el caos vivido en Kabul en los últimos días.

Hay un proverbio japonés que afirma que una reputación de mil años puede depender de la conducta de una hora y tiene razón. La caótica retirada americana de Afganistán ("messy" ha dicho Biden) ante el meteórico avance talibán ha dado un duro golpe no solo a la imagen del actual presidente, que heredó el problema pero es el único responsable del caos de estos últimos días, sino también a su reputación internacional de los atestados Unidos. Y eso es una pésima noticia.

Quedan lejos los años cincuenta del pasado siglo cuando los EEUU competían con la URSS en un contexto bipolar y el American way of life era la envidia del mundo como entre nosotros mostraba Luis García Berlanga en Bienvenido, Mister Marshall.

La imagen de los EEUU se agrandó luego durante la Guerra Fría en lugares como Berlín o la península de Corea tanto por méritos propios como por los errores de la dictadura comunista, hasta recibir su primer aviso con la derrota en Vietnam, las protestas en las calles americanas y los helicópteros evacuando al personal desde la azotea de la embajada en Saigón, en una imagen icónica que estos días se temía que pudiera reproducirse en Kabul y que por esa misma razón los americanos han tenido buen cuidado en evitar.

Estados Unidos ha sido durante los últimos 70 años y sigue siendo hoy el "líder indiscutido del mundo libre" (aunque no lo haya querido ser durante la Presidencia de Donald Trump) y su imagen está vinculada a la misma democracia de la que es paladín.

Y si hoy la democracia está en decadencia en el mundo, como muestran los últimos informes de Freedom House, es porque también lo está en los propios Estados Unidos, cuya calidad democrática ha bajado durante los últimos años.

No me refiero solo a una paralizante polarización política o las intromisiones del Ejecutivo en terrenos del Legislativo o del Judicial, algo que afecta a la misma división de poderes, sino también al acoso a la prensa libre, a las minorías o al tácito apoyo al supremacismo blanco propios del mandato del último presidente.

Sin despertar admiración

Para ser admirado hay que ser antes digno de admiración y en muchos campos los EEUU hoy no lo son. Y lo digo con pena.

En el ámbito interno la sociedad americana es muy desigual, los ricos son cada día más ricos y los pobres lo son más y más numerosos. No es casualidad y Thomas Piketty ha mostrado la relación entre las políticas de Reagan, de Bush o de Trump con esta situación. Es una sociedad donde los afroamericanos o los hispanos ganan menos, sufren más de obesidad, de ignorancia, de falta de oportunidades y viven menos. Han sufrido con mayor rigor la epidemia del Covid-19 y han muerto en porcentajes mayores que los blancos ricos. También padecen mayor violencia policial y tienen más riesgo de dar con sus huesos en la cárcel.

Todo eso hace que la sociedad norteamericana resulte poco atractiva para el observador extranjero. El asalto populista al Congreso, templo de la democracia, ha sido la guinda en el pastel del desprestigio.

También en el plano internacional la imagen norteamericana podría ser mejor. Recibió un duro golpe en Vietnam y no mejoró tras la invasión de Irak por motivos que no tenían que ver con las razones que se adujeron y que no logró crear allí la democracia que Bush anunció.

Luego vino el no respetar las líneas rojas trazadas por ellos mismos en relación con el uso de armas químicas por parte del régimen sirio contra su propia población, y el abandono de los kurdos a su suerte después de utilizarlos como ariete contra el Estado Islámico.

El abandono unilateral del Acuerdo Nuclear que la comunidad internacional había suscrito con Irán en 2015 proyectó la imagen de un país que no respeta sus compromisos internacionales, igual que sucedió con la retirada del Acuerdo de Paris sobre el Clima, aunque ahora Biden trate de remediar esas decisiones.

También ha faltado liderazgo americano en la lucha contra la pandemia del Covid-19 y sus efectos en el mundo. Y ahora en Afganistán, tras veinte años de guerra iniciada irónicamente con la "Operación Libertad Duradera", después de miles de muertos y de un billón de dólares gastados para nada, deja detrás el caos y un Emirato Islámico que envuelve a las mujeres en medievales tinieblas opresoras.

Estados Unidos es un gran país, líder mundial y seguirá siéndolo todavía durante muchos años. Pero ya no es "la luz encima de la colina" que anima a otros por el camino de la libertad, la democracia y el bienestar. Y eso es una mala noticia porque la alternativa al liderazgo americano es mucho peor. Y es la que propugnan los que ahora se alegran de este desaguisado.

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