Opinión

¿Qué mundo nos va a quedar después del virus?

La producción local retorna, la globalización decae por el virus

Creo que, a estas alturas del año, existe suficiente consenso sobre que la pandemia ha acelerado cambios que ya estaban en proceso, como la transformación digital, pero también está actuando como un elemento disruptor en otros tantos ámbitos. Para nosotros, es especialmente notoria la clara marcha atrás en los modelos económicos occidentales. Pensamos que de ahora en adelante cada vez será más relevante la participación de los gobiernos occidentales en el sector privado, y este movimiento provocará que Europa y EEUU confluyan hacia el modelo chino de participación estatal en las diferentes industrias, frente a las diversas interpretaciones de modelos económicos socio-liberales que hemos visto en las últimas décadas en ambas regiones.

Un segundo efecto que nos preocupa es la pérdida de privacidad, derechos y libertades que está trayendo la crisis epidémica. A nuestro modo de ver, va a ser una práctica que dejará de ser puntual o de carácter excepcional para convertirse en permanentes. Hablamos por ejemplo de un uso más intensivo de la geolocalización de los individuos por parte de los gobiernos.

La tercera es una aceleración del proceso de localización, en confrontación con el proceso de globalización que hemos vivido en las últimas décadas. El regreso a la producción local no solo está motivado por la necesidad acuciante de alcanzar la autosuficiencia en la producción de bienes de primera necesidad, como ha hecho relevante la crisis (mascarillas, respiradores y otro material sanitario), sino porque en el proceso de reversión se van a generar puestos de empleo nuevos y se recuperarán otros que habían sido destruidos por la deslocalización. Es una tendencia que sin duda ayudará a los gobiernos a combatir los elevados niveles de desempleo que produce toda crisis, y que en esta nueva recesión pandémica tiene bastantes probabilidades de batir un nuevo récord de parados en España si vemos que esta segunda ola de la pandemia va a frenar aún más la recuperación, poniendo en peligro buena parte del tejido empresarial en España, particularmente en el sector servicios (turismo, hostelería).

De hecho, pensamos que gran parte de la disrupción provocada por el coronavirus va a dejar un importante legado en el terreno laboral. Tiene la faceta ya citada de destrucción de empleo en las industrias más afectadas por el confinamiento y distanciamiento social, de relocalización de puestos de trabajo en actividades consideradas esenciales, y una tercera dimensión íntimamente ligada con la economía digital, en la que se está poniendo de manifiesto que la aceleración de la digitalización conllevará la deslocalización de la mano de obra en aquellos sectores en los que sea posible teletrabajar. Esto va a ejercer a su vez una presión deflacionista sobre los salarios de ciertos puestos de trabajo al aumentar la oferta de trabajadores (global vs local).

A la dimensión geopolítica y laboral hay que sumar una tercera dimensión social. Nuestra expectativa de que vuelvan a deteriorarse las condiciones de vida de la clase media, que ya había sido fuertemente golpeada por la crisis financiera anterior. Las clases medias se verán no solo presionadas por la parte salarial, sino también por la parte impositiva, con una mayor presión fiscal que permita a los estados poder financiar los gigantes déficits que han contraído.

Este último punto es muy relevante, ya que produce un aumento de la volatilidad por la situación precaria de gobiernos, compañías y consumidores y además merma el poder adquisitivo de las divisas fiat por la impresión de dinero en cantidades ingentes al hacer los primeros un uso de políticas fiscales y monetarias ultra expansivas. Como muestra, un botón: tan solo en el último mes hemos asistido a el anuncio de la retirada de las monedas de 1 y 2 céntimos en Europa. Entre tanto, se ha fijado un salario mínimo de casi 3.800 euros al mes en Ginebra. Y lo que nos queda por ver.

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