Opinión

Del 'contrato social' y los nuevos totalitarismos

Además de impedir la movilidad, para el autor el Estado de Alarma está propiciando que también se censuren otro tipo de libertades

Seguramente, muchos dirigentes políticos actuales no hayan leído nada de Jean Jacques Rousseau. Incluso los habrá que no sepan siquiera quien es. Aunque, quizás, sea una de las referencias de los pocos comunistas ilustrados que van quedando en la política actual. Al igual que lo fue en su día para los más sanguinarios jacobinos de la Revolución Francesa como Louis de Saint-Just o Maximilien Robespierre, devotos seguidores de Rousseau, a quien ponían como un nuevo mesías de la humanidad. Sin embargo, hoy, en pleno siglo XXI, la política dominante, en su mediática modernidad, parece querer retrotraernos a los finales del siglo XVIII e imponer, con todos los medios a su alcance, las tesis del antiguo pensador.

Hay que leer a Rousseau para constatar que no hay nada nuevo bajo el sol. Basta ir al Contrato social, publicado en 1762, para intuir el origen de las decisiones que hoy, al hilo de la pandemia, se están poniendo en práctica en algunos países, y muy singularmente en España; donde se pervierte la democracia con la idea de que las leyes no acompañan los deseos de los nuevos gobernantes. Del contrato social o Principios de Derecho político es una de las obras "cumbres" de Jean Jacques Rousseau, que, en su pequeño libro, se autodenomina "ciudadano" de Ginebra, cuna del calvinismo. Ya se ve que, a veces, los extremos se tocan.

Se permite la censura informativa y se penaliza a regiones por no ser adictas al poder

Basta ir al final del Contrato social para comprobar lo que decimos. El capítulo VI del Libro IV, se titula: De la dictadura. Comienza así: "La inflexibilidad de las leyes, que las impide plegarse a los sucesos, puede resultar en ciertos casos perniciosa". Para asegurar más adelante que: "para remediar ciertos casos raros y manifiestos [basta con] aumentar la actividad del Gobierno, y concentrarlo en uno o dos de sus miembros; de manera que no es la autoridad de las leyes lo que se altera sino simplemente la manera de su administración". No seguiremos por este lado; resulta, desde luego, muy actual. Saltemos al capítulo VII del mismo Libro IV. Su título es francamente expresivo: De la censura. Uno de cuyos párrafos es igualmente muy "moderno": "La Censura ?así, en mayúscula? mantiene las costumbres impidiendo que se corrompan con opiniones, conservando su justicia mediante sabias aplicaciones, incluso mejorándolas cuando son aún inciertas". Termina este Libro IV con el capítulo dedicado a la "religión civil", cuyo objetivo no es otro que el servicio al Estado y el amor a las leyes que, ya se ha visto, pueden ser dejadas de lado si los tiempos no acompañan las necesidades de los dirigentes. Una nueva forma de calvinismo.

Podríamos pasar por la otra obra magna del pensador que comentamos. Sería en este caso su Emilio o de la educación. Sacaríamos también muchos ejemplos de lo que se postula hoy como lo más moderno en este campo, según lo que parecen tratar de imponer los Ministerios del ramo. Sin embargo, conviene volver al principio, que no es sino reflejar los nuevos totalitarismos que se están implantando ante la complacencia de muchos. Los ejemplos son numerosos, Ahí está Polonia, con el partido Ley y Justicia (PiS), que pretende cambiar la Constitución del país para mantenerse sine die en el poder. Como decía el periodista polaco Jaroslaw Kurski este 23 de marzo en El País refiriéndose a Polonia: "los medios afines al poder —al igual que antaño, en tiempos del comunismo— se encargan por un lado de hacer propaganda de su éxito, y por otro le escupen a la oposición, a la prensa libre y a la Unión Europea. Según el No-Do en que se ha convertido la televisión pública, que de buena gana imita el relato ruso, los únicos eficaces en la lucha contra el coronavirus son los Estados nacionales". Reflexiones aplicables de igual manera a la situación que hoy vivimos; que sucede también en otros lejanos lugares como México o Venezuela, donde se usan similares técnicas: unas suaves, en el primero; y otras, en el segundo, destructoras.

Las ideas del Contrato social las sufrimos hoy en España al hilo de una pandemia que ha facilitado el mantenimiento de un estado de excepción impuesto con la ayuda de partidos supuestamente liberales. Donde la censura de la comunicación, el libre movimiento de personas o la penalización de regiones no adictas al poder, como la Comunidad de Madrid, cuenta con los aplausos del entramado mediático que lo sostiene. Quizás, porque el referente de la "nueva normalidad" sea, para algunos, algo similar a la Comuna de París o a la creación de "comités de salvación pública", puestos en marcha por Robespierre y Danton en abril de 1793; para lo cual resulta mandatorio pasar por un proceso de empobrecimiento generalizado que destruya la clase media, sostén del liberalismo económico, de la democracia y de la creación de riqueza. Pues no parece subsistir otra cosa cuando se quiere acabar con el turismo por ser una industria de "poco valor añadido" al decir del ministro de Consumo que, a lo mejor, no entiende bien el concepto pues, aparte de no haber trabajado nunca en ninguna empresa, seguramente se perdió las clases de la Facultad en la que explicaron los tres métodos de cálculo del PIB: método del gasto, método de las rentas y método del valor añadido, capítulo este donde entra de lleno la industria turística con su participación en el 13% del PIB y los casi 3 millones de trabajadores que había antes de su anunciada destrucción. Todo sin contar su efecto en el comercio, lo que aumentaría su participación en el PIB al menos en otros cinco puntos adicionales.

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