Opinión

Virtudes y problemas de la Gran Coalición

Pablo Casado y Pedro Sánchez, líderes de PP y PSOE, respectivamente

Los números de las encuestas no dan para un Gobierno en solitario de ningún partido. Ni del PSOE, que parece que ganará las próximas elecciones. Así las cosas, lo más probable será la reedición de un cuasi acuerdo de PSOE/UP con el apoyo de PNV y ERC. Pero eso no es lo que más le gusta a Pedro Sánchez, que pidió reiteradamente la abstención del PP y Ciudadanos en su fracasada investidura. Una especie de gran coalición. Según dicen las encuestas, ahora bastaría con la abstención del PP, que se acercaría a los 100 diputados y el apoyo de los canarios, cántabros y navarros. Ni Vox, ni Cs harían falta. Lo que pasa es que para ese juego podría ser mejor hacer un Gobierno de gran coalición de PSOE/PP que tendría sobre 220 diputados.

Sería una solución para un Gobierno estable. Crearía una gran confianza en el empresariado. Se vería con buenos ojos en Europa. Sumaría fuerzas constitucionalistas, frente al desafío del independentismo catalán. Permitiría abordar reformas estructurales necesarias como la de las pensiones, la educación y la ley electoral, dejando leyes de consenso mayoritario para el futuro. Sería un milagro casi del tamaño de la Transición. Esas serían las virtudes de esa Gran Coalición.

Cataluña es el mayor escollo ante un posible acuerdo de Gobierno entre Sánchez y Casado

Pero también tendría condiciones. El PP debería salvar los muebles frente a los ataque de Vox y Cs. Para ello, debería imponer condiciones. En mi opinión: a) cambiar la ley electoral para ayudar al desbloqueo de futuras elecciones, primando las mayorías y evitando el peso excesivo de partidos territorialmente localizados; b) evitar la derogación de la Reforma Laboral; c) pedir un programa económico con reducción de impuestos y control del gasto público; d) anunciar un 155 de larga duración en Cataluña, con control de TV3, la educación y los Mossos de Escuadra, salvo que el Govern de la Generalitat se modifique y sus nuevos gestores se avengan a la legalidad constitucional, retirando apoyo a los violentos, quitando subvenciones a los alborotadores, la propaganda de TV3 y el adoctrinamiento en la educación. Algunas de ellas no son difíciles de aceptar por el PSOE.

La Reforma de la ley electoral puede que le favorezca en el futuro y la paralización de la derogación de la Reforma Laboral es una ventaja frente al clima de desaceleración económica que nos espera en lo que queda de 2019 y el año que viene. Es más, en estos dos casos puede utilizar al PP como excusa para poner en marcha una nueva ley electoral, que no requiera el cambio constitucional, y paralizar el desmonte de la Reforma Laboral.

Lo mismo le puede pasar con el programa económico, que puede paliar diciendo que va a profundizar en temas sociales, como asegurar las pensiones y aumentar prestaciones por desempleo o asistencia social. También podría alegar que impondría una agenda verde ecologista como sello propio para compensar la política económica ortodoxa. Una política económica que sería bien vista por Europa e inversores. Pero en el tema de Cataluña, el PSOE se puede ver cogido por su ideología plurinacional, que el PSC impone.

Ese sería el escollo mayor al acuerdo. Lo complicado es que el PP no puede ceder en ello, dado que Vox y Cs se le agarrarían al cuello con ánimo de despellejarlo.

Esos son los problemas para conseguir una Gran Coalición. En Alemania no se dan, porque allí, de momento no hay problemas territoriales. Los más graves son los creados por la inmigración. Algo que en España no aprieta tanto, de momento.

Es otra vez es el problema de la España invertebrada, que denunció Ortega, el que hace difícil el entendimiento. En la Transición, los actores de una y otra parte supieron ceder en aras a un bien superior. Ahora los independentistas, alentados por un desconocimiento de la historia pueden ser los causantes de una involución que acabará otra vez con la esperanza de generaciones.

No se deben engañar, la derecha radical se alimenta de los disturbios callejeros; se alimenta de los extremismos de la otra parte. Lo mismo que la izquierda radical y el independentismo crecen con las soflamas del otro extremo. En 1978 ganó la moderación ¿Por qué no lo puede hacer también ahora? Quizás es que, aunque no somos conscientes, el problema es que España estaba funcionando y eso a algunos los aburre.

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