Opinión

Tres parlamentos fragmentados dentro de América Latina

El peronista Alberto Fernández derrota a Macri en los comicios argentinos

En las últimas semanas han estallado a diestra y siniestra distintos conflictos y movilizaciones populares en diferentes países de América Latina. Inclusive en Bolivia, que celebró elecciones presidenciales y parlamentarias el pasado 20 de octubre las denuncias de fraude y las protestas posteriores crearon un clima de violencia semejante al existente en otras latitudes.

Sin embargo, este no fue el caso de Argentina y Uruguay, que tuvieron sus comicios presidenciales y parlamentarios el último domingo de octubre, aunque con un desenlace muy diferente en cuanto al reconocimiento de sus resultados. No solo eso. Durante toda la fase previa, pese a las grandes dificultades económicas argentinas, los dos países rioplatenses estuvieron exentos de brotes de violencia. Es una excepción remarcable en la realidad regional y merece algún tipo de explicación.

En momentos como este, cuando todos estos brotes de descontento se leen como renovados ataques contra la estabilidad y la supervivencia de la democracia liberal y representativa, quizá sea conveniente preguntarse por la importancia que tienen unos procesos electivos con suficientes garantías de imparcialidad y una presencia importante de partidos u otras organizaciones políticas.

Pese a la derrota, el partido de Macri conserva una posición de cierta fortaleza

Bolivia, Argentina y Uruguay son los últimos procesos electorales del intenso ciclo que vivió América Latina entre mediados de 2017 y fines de 2019: 14 elecciones presidenciales que han generado una realidad mucho más heterogénea y compleja. En contra de lo imaginado, no se produjo en la región ningún giro a la derecha, como muestran los triunfos de Evo Morales y Alberto Fernández. Inobjetable el último, plagado de sospechas y acusaciones el primero.

Mientras, la incertidumbre uruguaya permanece. Daniel Martínez, el candidato del gobernante Frente Amplio no habría superado el 40 por ciento de los votos, una cantidad muy alejada del 50 por ciento necesario para evitar la segunda vuelta. Es más, las primeras negociaciones entre Luis Lacalle Pou, el candidato del Partido Nacional que competirá con Martínez en el balotaje, y los restantes referentes opositores (Ernesto Talvi del Partido Colorado y Guido Manini Ríos de Cabildo Abierto) han sentado las bases para una amplia alianza con serias opciones de triunfo. Concluirían así los tres mandatos consecutivos, 15 años, del iz-quierdista Frente Amplio.

En Argentina y pese a la remontada de Mauricio Macri, la ventaja inicial del peronismo/kirchnerismo era tal que fue imposible forzar una segunda vuelta. Pese a ello la distancia entre Macri y Fernández respecto a las primarias (las PASO) se acortó profundamente. El resultado, un 48,03 por ciento para Fernández y un 40,44 por ciento para Macri, ha dejado, pese a su contundencia sensaciones contradictorias y en algún caso un cierto regusto amargo. Algo normal cuando se esperaban 15 puntos de diferencia.

Lo paradójico es que al no haber pasado Fernández del 50 por ciento de los votos, sus opciones de reforzar su base de poder ha disminuido, lo que de alguna manera revertirá en una gobernabilidad más compleja en este delicada coyuntura. La buena elección de Cambiemos, pese a la derrota, le otorga una posición de mayor fortaleza relativa (es la primera minoría en la Cámara de Diputados y tiene un grupo parlamentario considerable en el Senado) y con mejores opciones de controlar al nuevo gobierno. Lo que se gana por un lado se pierde por el otro.

En los tres casos los parlamentos salidos de las urnas están muy fragmentados. El MAS de Morales no podrá aportarle a su jefe de filas las tremendas mayorías que le garantizaron un gobierno sin problemas en los mandatos anteriores. Y si el fraude en la elección presidencial sirvió para reelegir a Morales para un cuarto mandato (hasta 2025), también permitió mitigar las cifras de una mediocre elección parlamentaria.

En caso de llegar a gobernar Martínez en Uruguay, el Frente Amplio estará en minoría y deberá pactar con una oposición crecida. Sin embargo, de ser Lacalle el próximo presidente todo indica que la coalición que le permita llegar al gobierno se reproducirá en el Congreso.

Con todo, es en Argentina donde la negociación será más necesaria pero también más difícil. Alberto Fernández llegará a la Casa Rosada el próximo 10 de diciembre, con una economía en estado crítico y las arcas vacías: elevada inflación, deuda externa, devaluación del peso, aumento de la pobreza, etc., que limitará enormemente la posibilidad de aplicar políticas de corte populista. El dilema que enfrenta será terrible, aunque previamente deba solucionar otras cuestiones, que todavía no tienen una respuesta clara y que condicionarán sin duda el futuro del país: ¿se mantendrá unido el peronismo o la reunificación electoral fue solo electoral? Y, más importante todavía, ¿cuál de los dos Fernández va a mandar?

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comentariosforum1

Marcelo Pereira
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Hola, Carlos. Acerca de Uruguay, escribes que "de ser Lacalle el próximo presidente todo indica que la coalición que le permita llegar al gobierno se reproducirá en el Congreso". La información aquí no indica eso. El Partido Colorado está dispuesto a formar una coalición, pero Cabildo Abierto (que es un fenómeno nuevo, con integrantes de extrema derecha y un discurso que busca presentarlo como una opción salvadora distinta del sistema de partidos) sólo ha convocado a votar por Lacalle en la segunda vuelta, y adelanta que sus parlamentarios apoyarán los proyectos de ley que consideren necesarios, sin los compromisos que implica formalizar una coalición.

Atentos saludos

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