Historia

Tormentas históricas: fenómenos meteorológicos que cambiaron el rumbo de una guerra

  • De la 'Guerra de los 100 años' al intento de invasión de Japón por Kublai Khan

Ya les habría gustado al rey de Inglaterra Eduardo III y a Kublai Khan disponer en su momento del SINOBAS, acrónimo de "Sistema de Notificación de Observaciones Atmosféricas Singulares". Se trata de un sistema implementado por AEMET para recoger y poner a disposición del público información sobre la ocurrencia de ciertos fenómenos meteorológicos que se han denominado singulares, bien por ser locales, poco frecuentes, de intensidad significativa o con capacidad de provocar alto impacto social. De haber tenido acceso a este sistema, seguro que habrían cambiado sus planes...

La Guerra de los Cien Años fue un conflicto bélico entre los reyes de Francia e Inglaterra que, curiosamente, duró 116 años (1337-1453). El fallecimiento en 1328 de Carlos IV sin ningún hijo varón planteó un problema dinástico en Francia, ya que la ley sálica impedía que su hija María le sucediese en el trono. Ante aquella situación, Eduardo III, rey de Inglaterra, quiso sacar tajada y reclamó su derecho al trono porque era primo hermano del rey fallecido.

Pero no todo estaba perdido, pues los franceses todavía tenían una oportunidad: cuando el rey murió, la reina estaba embarazada. Ante la posibilidad de que el futuro hijo fuese un varón, se nombró regente a Felipe de Valois, también primo hermano de Carlos IV, a la espera de acontecimientos. Dos meses después la viuda dio a luz a otra niña que no tenía opción al trono, así que antes de que la corona francesa cayese en testa inglesa, nombraron al regente rey de Francia. Y con Felipe VI, que así fue coronado, se inició el reinado de los Valois y terminó la dinastía de los Capetos.

Lógicamente, esto no sentó nada bien a Eduardo III que, además, debía rendir tributo y pleitesía al nuevo rey por sus posesiones en Francia. Comenzaron las disputas territoriales, acompañadas de pequeñas escaramuzas y, más tarde, la guerra. Al comienzo del conflicto bélico, las incursiones y el saqueo en suelo francés, acompañadas de victorias navales y terrestres, como la batalla de Poitiers (1356), donde incluso consiguieron capturar a Juan II, el nuevo rey de Francia desde el fallecimiento de su padre en 1350, dieron ventaja a los ingleses. Pero todo cambió el 14 de abril de 1360... por culpa de una gran tormenta.

Mientras las tropas inglesas estaban acampadas a las puertas de Chartres, se desató una terrible tormenta con abundante aparato eléctrico, lluvia torrencial acompañada de granizo del tamaño de pelotas de tenis y una bajada drástica de la temperatura. Varios soldados murieron alcanzados por rayos; la fuerza del granizo destrozó las tiendas del campamento y machacó una y otra vez las cabezas de los ingleses; los caballos, aterrados, arrollaron todo a su paso en una estampida mortal...

Las crónicas hablan de 1.000 hombres muertos y 6.000 caballos. Aquel desastre, fue interpretado por Eduardo III como un castigo divino. En el mes de mayo, un mes más tarde de aquel fenómeno meteorológico, se firmaba el Tratado de Brétigny por el que Eduardo III renunciaba a la corona francesa y Juan II recuperaba la libertad previo pago de 3 millones de escudos de oro, así como la cesión de Francia en favor de Inglaterra varios territorios.

Un pequeño paréntesis en una guerra de más de 100 años. Perdón, de 116 años.

¿Y qué hay del Kublai Khan? Pues más de lo mismo. De hecho, la famosa frase no "mandé mis naves a luchar contra los elementos", atribuida a Felipe II tras el desastre de la Armada Invencible en su intento por conquistar Inglaterra en 1588, bien la podría haber pronunciado Kublai Khan en sus dos intentos por conquistar Japón.

Si hoy en día hablamos de un kamikaze todos pensamos que nos referimos a los pilotos suicidas de la Armada Imperial Japonesa que se lanzaban contra las unidades o instalaciones aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, pero la leyenda del kamikaze (viento divino) hace referencia a dos poderosos tifones que destruyeron la flota mongola cuando intentaba conquistar Japón. Y, para más inri, en dos ocasiones distintas.

En 1274, y ya con el control de China, Kublai Khan decidió dar el salto y conquistar Japón. Con una poderosa flota de casi 1.000 naves y unos 40.000 soldados se presentó frente a la tierra del Sol Naciente y, aunque los primeros enfrentamientos en tierra firme fueron favorables a los mongoles, se vieron sorprendidos por un terrible tifón. Casi una tercera parte de la flota se hundió y tuvieron que desistir.

Siete años más tarde, lo volvieron a intentar con muchos más barcos y soldados pero el resultado fue el mismo, y que otro tifón les obligó a retirarse.

Descubrimientos recientes de restos de barcos que parece ser que formaron parte de esta flota invasora, hacen creer que muchas de estas naves no eran más que barcazas, más propias de aguas fluviales que de mar abierto. Las ansias de conquista, y el viento divino, derrotaron al Gran Khan.

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