Economía

La soledad política de Theresa May evidencia la inviabilidad del acuerdo en el Reino Unido

  • Descarta que el Consejo permita avances para convencer al Parlamento inglés
La primera ministra británica Theresa May ayer en Bruselas. Reuter.
Londres

El atuendo institucional que Theresa May presentó en el Consejo Europeo apenas logró ocultar las heridas de guerra de quien tan solo ha logrado demorar la ineludible batalla final del acuerdo del Brexit en el Parlamento.

Transcurridas apenas 12 horas del fallido motín interno promovido por el núcleo duro euroescéptico, la primera ministra británica se encaminaba a una misión desesperada en la que debería ser una de sus últimas cumbres comunitarias, mientras su partido intentaba contener una brecha que podría acabar en escisión.

Pese a reiterar que no aspirará a la reelección, sus primeros pasos tras asegurarse de que pasará la Navidad en Downing Street no invitan al optimismo. Consciente de la necesidad de controlar las expectativas, May descartó que este Consejo permita el gran "avance" para desbloquear el proceso en Westminster, donde más allá de la animadversión de eurófobos y unionistas norirlandeses, hay un porcentaje importante de tories a quienes la barrera de seguridad para evitar una frontera dura con Irlanda inquieta tanto como para no poder apoyar la propuesta, al menos, sin un límite temporal, o la capacidad de Londres de ponerle fin.

Como consecuencia, el Gobierno confirmó ayer que la "votación significativa" que el lunes había quedado en suspenso no tendrá lugar hasta enero, un retraso inevitable, teniendo en cuenta que no solo implica los intereses británicos, sino las complejas estructuras burocráticas de la Unión Europea.

Forzar los plazos

Este matiz no menor, sin embargo, resulta ajeno a la lectura que se ha dado al norte del Canal de la Mancha, donde tanto los críticos del Partido Conservador como la práctica totalidad de la oposición consideran que se trata de una estrategia para forzar los plazos al máximo y, en última instancia, dejar como única dicotomía el acuerdo actual, o el caos de una salida no pactada.

Si esta fuese la intención real, la premier puede prepararse para las consecuencias, puesto que es difícil que halle simpatía alguna en sus propias filas, donde la insatisfacción con el plan iguala al disgusto que ha generado en las de la oposición. Es más, May podría haberse ahorrado el esfuerzo, puesto que lo que demandará de la UE -"garantías legales" sobre la salvaguarda irlandesa- no parece que vaya a ser suficiente para lograr la ansiada aprobación: los unionistas del DUP, de quienes depende para su continuidad, ya han advertido de que no aceptan el mecanismo, y el medio centenar de eurófobos que había promovido la rebelión tumbará cualquier retoque, ya que su objetivo es romper toda vinculación con la UE.

Es más, el riesgo que May corre ahora aparece en el Parlamento, donde alguno de los miembros del Grupo Europeo de Reforma (ERG) podría unirse a una potencial moción de censura del Laborismo.

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