Cataluña

Canto a la libertad

Juan Carlos Giménez-Salinas, abogado. eE
Barcelona

Durante el famoso y parisino mayo del 68, grito de libertad antigaulista, y los movimientos estudiantiles españoles antifranquistas que indicaban el cansancio de una sociedad ante un régimen dictatorial, se escuchaba a voz en grito una consigna que enardecía, emocionaba y alentaba aquella juventud rebelde amante del aire límpido y el pensamiento fluido.

Aquellas dos palabras que encerraban una manera de pensar y de vivir, contenían el grito esperanzado, el anhelo de una juventud que había crecido encorsetada entre normas cívicas, legales y religiosas y pretendía un futuro rompedor. Aquellas, solamente dos palabras, aquel grito unánime que surgía de los labios juveniles era: "Prohibido prohibir".

Grito de libertad, grito anarquista, que proferido por aquellos jóvenes, no significaba la bendición del delito, pretendía dejar de escuchar a la Iglesia de aquella época, a la moral impuesta, a la doctrina política. Pretendía eludir cualquier tipo de autoridad, dejarse llevar por la ilusión, por la imaginación, incluso por la pasión.

Esta consigna, estas dos palabras mágicas, permanecieron bastantes años en boca de muchas personas como algo interiorizado, como norma de vida, éstas mismas personas pretendieron que esta consigna, "prohibido prohibir", se convirtiera en un catecismo laico que se autoimpusieran los gobiernos democráticos que a lo largo de la vida se sucedieran en nuestro país.

Evidentemente esto no fue así y todos fuimos y continuamos siendo testigos de la enorme vocación de los gobiernos que se van sucediendo en España, en pretender cercenar las libertades, controlar la vida de los ciudadanos, incluso imponer unas determinadas normas educativas a los educandos para conformar sus mentes de una manera que, una vez adultos, admitan sin crítica el orden establecido.

No ha existido gobierno alguno, ni de derechas, ni de izquierdas que no haya pretendido limitar la posibilidad de que pudiera aplicarse aquella otra consigna acuñada en Paris en aquel mayo del 68, "la imaginación al poder", otro grito de rebeldía y hastío provocado por los años vividos bajo un encorsetamiento regresivo.

Estas ideas que rememoran épocas que la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos no han vivido y muchos de ellos ni siquiera tienen conocimiento de ellas, reaparecen cuando alguien pretende controlar en demasía. Ante una noticia que puede parecer banal, los amantes de la libertad sienten en su interior que aparece peligrosamente una posibilidad real de un grave deterioro de esta soñada libertad. La mente se inquieta ante una noticia que, analizada con detenimiento, es una herramienta útil en manos de cualquier gobierno para, de un modo disimulado, ejercer una terrorífica censura sobre toda la sociedad. Hablo de esta orden ministerial que, con la excusa de una posible guerra cibernética, se apropia de utensilios para poder establecer quienes son los buenos y quienes los malos en nuestra sociedad. Sin control de clase alguna, ni tan siquiera parlamentario.

Ha establecido la norma un gobierno de izquierdas dogmático y siguiendo el pensamiento de nuestro Vicepresidente, con pretensiones dirigistas que van más allá de una izquierda democrática. Cuando llegue un gobierno de derechas, que llegará más pronto o más tarde, esta norma le vendrá de maravilla para continuar manipulando la opinión de la ciudadanía y la mantendrá en vigor.

Y así una nueva vuelta de tuerca.

No recuerdo quien dijo, creo que Fraga Iribarne, un radical de derechas que no tenía complejos y que no dejaba indiferente a nadie, la siguiente frase: "La juventud es una enfermedad que se cura con la edad"

Personas que pronto se convertirán en polvo debido a su edad y que continúan enfermas como en su juventud, que todavía confían en la bondad de sus conciudadanos y que piensan que por más que se prohíba, no se regeneran determinadas conductas. Todavía existen personas que creen que la propia sociedad sabe lo que desea y es ella quien decide sus normas. Todavía existen personas que creen que se vive mejor eligiendo su propio destino y detestan normas dirigistas y dogmáticas.

A la vista de estas muestras de ejercicio de control por parte del gobierno y la reacción de muchas personas en contra de ella, podría decirse que el amor a la libertad solo se diluye con la muerte.

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