Cataluña

Con la 'nueva normalidad' el Gobierno experimenta y muestra su debilidad

Juan Carlos Giménez-Salinas, abogado. Luis Moreno
Barcelona

Nos acercamos al final de la primera pandemia. Los expertos dicen que se repetirá. Cuando llegue esta segunda ya tendremos algo más de experiencia, tanto los ciudadanos, como los políticos y las instituciones sanitarias.

Sobre los dos meses de confinamiento, refiriéndonos a las actuaciones gubernamentales y las decisiones políticas, siempre es tentador afilar el cuchillo de la crítica, pero en este caso deseamos ser algo más benevolentes, aunque argumentos para esgrimir errores importantes, existen.

Esta situación, generalizada y mortal, no se había vívido desde 1918 y casi no queda nadie para recordarla. Los países, todos, han improvisado y dirigido sus políticas preventivas en función del talante del primer mandatario y de sus consejeros áulicos y a medida que pasaban las semanas se apreciaban los errores cometidos. Países dirigidos por personajes más dignos de una consulta psiquiátrica, como Trump y Johnson, han sido desbordados por la realidad. También un país que se ha creído superior a los demás, Suecia, ha constatado que esta gripe no perdona el orgullo, ni el intelecto. En España nuestro gobierno reaccionó tarde porque debía favorecer el protagonismo de su recién estrenada socia, la señora Montero, que debía aglutinar a todas las fuerzas femeninas para su mayor gloria y generó el mayor foco de infección del país, del que no se libró ni ella misma, para mayor escarnio.

Ahora en España, para hacer olvidar los errores iniciales, nuestro inexperto gobierno pretende ser el más exigente a la hora de normalizar la situación.

Hasta hace poco, los ciudadanos, la oposición y los gobiernos autonómicos, han callado dada la gravedad de la situación y las espeluznantes historias conocidas, como las de las residencias y geriátricos españoles, pero ha llegado la hora de la normalidad y esta normalidad no le gusta a este gobierno. No le gusta porque experimenta su debilidad por primera vez, acostumbrado, gracias a la pandemia, al ordeno y mando.

Examinemos por un momento a este gobierno. Lo preside Pedro Sánchez, hombre que fue destituido por su partido del cargo de secretario general. Con inusitada fuerza y tesón y contra todas las fuerzas vivas de su propio partido, el PSOE, consiguió auparse como secretario general de nuevo. De inmediato, confabula con todas las fuerzas políticas, derechas, izquierdas, independentistas, nacionalistas y revolucionarias, para promover una moción de censura que gana contra todo pronóstico. Pretende aumentar su poder parlamentario y convoca nuevas elecciones haciendo ver que las demás fuerzas no quieren pactar con él. Cree que en su buena estrella que le haría aumentar el número de escaños. Pierde algún diputado en lugar de ganarlo y no le queda otra que entregarse en manos de Pablo Iglesias. Cuando se inician los primeros escarceos en el gobierno, aterriza en España el covid-19 prolonga un limbo gubernamental y paraliza cualquier objetivo del gobierno. En este limbo ya los ciudadanos empezamos a comprobar la personalidad de Pablo Iglesias, su fuerza y tesón.

El Sr. Iglesias, dogmático donde los haya, es un iluminado que se considera un nuevo Mesías y en aras de su misión sobrenatural, es capaz de destruir todo lo existente porque lo considera necesario para conducir a nuestro país hacia un mundo mejor.

En definitiva, tenemos un gobierno muy débil apoyado por grupos políticos minúsculos y antagónicos con un presidente que solamente persigue el poder. Pedro Sánchez, carente de ideología, los mantiene unidos mediante el engaño, las promesas y el aura del poder. El ciudadano ha experimentado que el Sr. Sánchez hará lo que sea, repito, lo que sea, para mantenerse en su cargo. Se ha comprobado que al Sr. Sánchez, el bien común, el equilibrio de poderes y nuestro sostenimiento económico, no son temas a defender si le hacen peligrar su único objetivo, su Presidencia del Gobierno. El único peligro que tiene Pedro Sánchez, se llama Pablo Iglesias, visionario comunista imbuido por la idea de que él mismo es un redentor y que su misión en esta vida es implantar un nuevo sistema político en España, igualitario, estatificado y dirigido por élites escogidas entre ellos mismos.

Estos dos políticos se complementan, no compiten entre ellos. Iglesias pretende destruir todo lo existente y construir un mundo nuevo. Sánchez pretende, como sea, el poder y si se lo proporciona Iglesias, le dará vía libre para conseguir sus fines.

Ninguno de los dos engaña a nadie, sus comportamientos son diáfanos, si nosotros deseamos vivir engañados, no nos quejemos de la sociedad que tendremos dentro de poco.

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