Cataluña

El Covid-19, oportunidad de mejora de la educación

El abogado Juan Carlos Giménez-Salinas. Luis Moreno

De esta crisis sanitaria puede nacer un nuevo sistema educativo y España, si lo aprovecha, tendrá la oportunidad de enmendar todas sus carencias y errores cometidos a lo largo de siglos, en este campo de nuestra sociedad.

A mediados del siglo XVIII, personajes inquietos apoyados por la Iglesia, inician un tímido movimiento para colectivizar la educación en Europa, dejada en manos de preceptores que educaban individualmente a los niños de la aristocracia, siendo analfabeta el resto de la población.

En aquellos años y hasta mediados del siglo XIX, surgen innumerables órdenes religiosas cuyo fin es la educación de los niños, carencia grave en las sociedades de la época. Inician su andadura con los hijos de la clase alta y la amplían, unos años más tarde, en educar a un pequeño núcleo de la clase obrera. Su capacidad educativa es limitada y en estados como Francia, Alemania e Inglaterra, los gobiernos, advertidos por esta necesidad social, asumen la educación de la población como servicio público necesario.

En España, a finales del siglo XIX, un siglo más tarde que en los países avanzados, las órdenes religiosas de otros países, colonizan la educación y crean multitud de colegios católicos en los que las clases sociales acomodadas educan a sus hijos. Estas órdenes religiosas también crean colegios para niños de clases económicas inferiores, pero su capacidad es limitada. Capitales que provienen de la alta burguesía, se destinan a estos fines en forma de donaciones. Un ejemplo es Dorotea de Chopitea, que gasta su enorme fortuna en la creación de centros sociales y educativos.

El Estado, en España, solamente dedica su actividad docente a la Universidad, al comprobar que los niños de la clase dominante se encuentran escolarizados y educados por la Iglesia. Ésta, monopoliza la educación y al Estado le conviene porque le exime de una obligación y de un presupuesto destinado a ello.

Al no intervenir el Estado o hacerlo mínimamente, vemos, que en 1931, a la llegada de la Segunda República, existe un millón de niños sin escolarizar y el 70 % de la población es analfabeta. La República proyecta la creación de 27.000 escuelas públicas, y toma como ejemplo a seguir a nivel doctrinal, el Instituto Libre de Enseñanza, que inicialmente fue complementario a la Universidad y con el transcurso de los años, se dedicó a la enseñanza media.

Sin presupuesto para ello, todo se queda en buenas intenciones y el resultado es que, en 1950, la mitad de la población española seguía siendo analfabeta. Todos los gobiernos, hasta hoy mismo, han descuidado la enseñanza pública. Por desidia y por falta de voluntad, les ha resultado más fácil y barato financiar la privada que crear una autentica enseñanza pública, eficiente y avanzada.

En los países vecinos más desarrollados, se aprecia que la única enseñanza integradora y capaz de conseguir igualar las capacidades individuales sin tener en cuenta el origen y fortuna de sus alumnos, es la pública.

Una oportunidad

Ahora tenemos una nueva oportunidad derivada de esta crisis. El Estado puede crear un sistema educativo que, vía telemática, llegue a todos los niños y niñas del país.

No harán falta grandes inversiones en escuelas, ni expropiación de solares o edificios, ni dinero para su conservación. El dinero irá destinado al salario del profesorado y a los ordenadores de los alumnos. Inmensos edificios colegiales y universitarios podrán destinarse a otros usos o bien a parques públicos.

La riqueza de un país avanzado es la suma de los cerebros de sus habitantes. Un grupo de élite muy preparado, si carece de un pueblo que desarrolle y apoye el avance que pretende, es un grupo inútil.

El tan manoseado término libertad, carece de sentido en una sociedad inculta. Una persona es libre cuando es capaz de comprender, de diferenciar, de criticar y de discernir. Si no es así, el término libertad es una palabra hueca y sin sentido.

El Estado, aprovechando el menor coste de la enseñanza, debe asumirla como propia. Solamente él podrá implantar un tipo de enseñanza unitario y no dogmático, multiracial y al alcance de todas las economías.

Otra evidencia que nos ha dejado este confinamiento, nuestros niños, que asistían a guarderías y parvularios, día sí y día también eran objeto de las apetencias de bacterias y virus que hacían extensivas a sus padres, hermanos y abuelos. Malos humores, llantos, diarreas, desobediencia, irritación, todo esto ha desaparecido como por ensalmo. Las familias con niños, hoy, en su confinamiento tienen muchos problemas, pero no éstos. Hemos de repensar los parvularios y guarderías y quizás hacerlos más pequeños, organizarlo entre vecinos, en el barrio, con pocos niños. Aislar más a los pequeños, retrasar su escolarización, en contra de la pretendida socialización gregaria, ensayada desde la infancia.

Se opina que la enseñanza telemática aislará a los niños y les perjudicará en su desarrollo. Para cualquiera de nosotros, el mundo se inicia el día que nacemos. Nuestra infancia nos marca y nos remitimos a ella como origen de nuestros males y de nuestras añoranzas. Siempre es así. Los niños de hoy tendrán las mismas carencias y nostalgias que nosotros, pero diferentes.

El único freno para crear una enseñanza pública eficaz, es el temor de las clases dominantes y de los Estados, a ser sustituidos por nuevas gentes bien preparadas pero con objetivos diferentes a los suyos.

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