Política

Un nacionalismo en precampaña hace equilibrios ante la crisis del coronavirus

El presidente catalán, Quim Torra, durante una videollamada. Foto: EP

Ni gestión centralizada, ni presencia de la Guardia Civil, ni llegada del Ejército. La crisis del coronavirus ha traído aparejado un despliegue inédito de los recursos del Estado. Y eso, como era fácil de suponer, no ha gustado al nacionalismo periférico. En directo | Última hora sobre el coronavirus

Desde que se anunciaron las primeras medidas excepcionales, empezando por el hecho de que sería el Gobierno el que centralizaría la gestión de todo lo relativo a la crisis, las tensiones se han hecho evidentes. Desde el inicio no faltaron roces con compañeros de partido como Emiliano García-Page, ni faltas de entendimiento con las baronías de la oposición como la de Isabel Díaz Ayuso. Pero más allá de lo previsible en la contienda política, el frente más delicado -otra vez- ha sido el vasco y el catalán.

En cada reunión telemática del Ejecutivo con los líderes autonómicos siempre han quedado los mismos cabos sueltos: Iñigo Urkullu por un lado y, de una forma más frontal, Quim Torra por el otro. Al menos ahora hay comunicación bilateral oficial tras años de bloqueo.

De hecho, y eso es prueba de cierta normalización del panorama político, todo responde más a una lógica estratégica que a una tensión real. Cabe no olvidar que de no ser por el estallido del coronavirus el foco político se centraría ahora mismo en las elecciones vascas y gallegas, y en la cercanía de los enésimos comicios catalanes. Todos, por tanto, velan armas para cuando vuelva la normalidad.

El peso de la precampaña

Por eso cabe interpretar los movimientos de ambos no sólo ya desde un plano ideológico, sino también desde una visión de estrategia electoral. Por un lado tienen que responder con una lógica resistencia al centralismo, pero por otro también tienen que medir su frentismo dado lo extraordinario de la situación.

A nadie se le escapa que en una crisis humana como la actual un exceso de ortodoxia podría volverse en contra de sus intereses. Lo político, entendido desde un plano ideológico, quedará expuesto una vez se retire la marea de la emergencia actual.

Además, y aunque en público se diga lo contrario, se antoja complicado afrontar una crisis de este calado sin contar con todos los recursos que puede movilizar el Ejecutivo. En este caso dividir sí es arriesgarse a perder. Y con vidas en juego las prioridades cambian.

En el caso vasco el debate electoral anterior al coronavirus venía muy marcado por la deficiente gestión del Ejecutivo del accidente en el vertedero de Zaldibar. Es cierto eso sí que el PNV contaba con una ventaja insalvable, fortalecida además por el entendimiento con el PSE tanto a nivel vasco como nacional. Pero empezaba a pasar factura hasta que el COVID-19 se lo llevó todo por delante.

Quizá por eso los nacionalistas se han permitido el salirse de su tradicional perfil institucional y moderado para reclamar algo más de cancha propia, aunque sea a costa de atacar al Ejecutivo en un discurso de claro consumo interno.

En el caso catalán se ha producido un movimiento en sentido contrario: la crisis ha servido para propiciar conversaciones. Al menos, y a diferencia de lo que sucedía hace apenas unos meses, ahora hay interlocución oficial entre Moncloa y el Palau... aunque sea para evidenciar las diferencias. En esta ocasión, y eso también es una novedad, ninguno ha decidido plantarse y romper la baraja dadas las circunstancias.

La tensión, es evidente, existe. Desde el Govern se interpreta que el Gobierno ha impuesto sus medidas, y por eso hablan de "155 encubierto", de centralización y "menosprecio"... pero hablan.

Se mantienen, por tanto, los mensajes más duros alrededor de los protagonistas del 'procés'. Es el caso de la expresidenta del Parlament Núria de Gispert, que compartió un mensaje en el que un usuario aseguraba que en una Cataluña independiente "morirían menos catalanes" porque habrían podido cerrar fronteras. Pero la situación anterior era de una ruptura tal que incluso así parece adivinarse cierto deshielo.

Será interesante por tanto ver de qué forma afecta a las tensiones nacionalistas esta especie de 'tiempo muerto' político. En qué posición retoma cada cual la normalidad y, sobre todo, qué factura pasará a sus intereses la convocatoria electoral pendiente. Las grandes crisis políticas son también grandes catalizadores emocionales y en un panorama tan delicado como el catalán -mucho más que el vasco- eso puede servir para reverdecer los laureles del soberanismo... o para acabar de marchitarlos.

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la cara es el espejo del alma señores

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