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Cassie L. Chadwick: la reina del fraude especializada en falsas herencias

  • Se inició en el mundo de las estafas a la edad de 13 años
  • Su primer matrimonio, con un médico, duró tan solo 12 días
  • Se hizo pasar por hija ilegítima del magnate Andrew Carnegie
Madrid

Cassie Chadwick, cuyo primer nombre fue Elisabeth 'Betty' Bigley, fue una de las grandes estafadoras del siglo XIX. Nació en una granja, tenía problemas de dicción, era sorda de un oído, y no tenía ningún rasgo destacable, pero consiguió estafar a banqueros, magnates, e incluso a su propia hermana. Con trucos tan simples que sonrojarían a cualquiera. La respuesta quizá estuviera en sus ojos, en su mirada intensa, incluso hipnótica; y en una época en la que nadie se atrevía a manchar el nombre de alguien tan importante como Andrew Carnegie.

Bigley nació en octubre de 1857, en Ontario, Canadá. Era la quinta hija de ocho hermanos. Introvertida, soñadora y mentirosa desde pequeña, comenzó pronto con sus fechorías. Con tan solo 13 años, falsificó una carta con una presunta herencia de un tío en Inglaterra, y con ella logró abrir una cuenta bancaria. Le permitió empezar a utilizar cheques sin fondos, pero pronto fue arrestada. El tema es que los tribunales determinaron que tenía problemas mentales, y la mandaron de vuelta a casa, con su padre.

Unos años después repitió el fraude, pero haciéndolo un poco más sofisticado. Falsificó una nueva notificación de herencia, y simuló las tarjetas de la élite social de aquel entonces, a modo de presentación. Con estar tarjetas, se dirigía a un comercio, escogía un artículo caro y pagaba con un cheque que excedía el valor del artículo. Con sus credenciales, los comerciantes no dudaban en darle en metálico la diferencia, y colaba siempre. Nadie dudaba de una heredera de una suma tan importante.

Estafó hasta a su hermana

Poco después se trasladó a Cleveland, a vivir con una de sus hermanas, recién casada. Y ella y su marido fueron pronto víctimas de Betty. Tras tasar todo lo que había en la casa, desde cuadros hasta sillas, se fue al banco a pedir un crédito, poniendo como garantía el valor de los objetos de la casa de su hermana. En cuanto el marido se dio cuenta, la echó de casa, aunque se trasladó a otro barrio de la misma ciudad.

En 1883 se casó con un médico, pero la unión apenas duró 12 días. Después de que un periódico local se hiciera eco de la boda, una cola de comerciantes se agolpó en la casa del médico, exigiendo el dinero que les había estafado Betty. El marido pagó las deudas de su esposa para no verse afectado, pero no dudó en separarse.

Con estos antecedentes, a Betty no le quedó más remedio que reinventarse. Empezó por cambiarse el nombre, a Marie Rosa. Pero las estafas continuaron. En un viaje por el estado de Pensilvania, fingió ser nieta de un veterano de la guerra civil, y simuló sufrir hemorragias para obtener dinero para su traslado de vuelta a Cleveland. Cuando le exigían el dinero, los estafados recibían una carta lamentando el fallecimiento.

Pero bajo el nombre de Marie Rosa probó nuevas formas de engaño. En una, se hizo pasar por vidente, e incluso llegó a casarse con dos de sus clientes. El primero, un granjero al que abandonó; y el segundo, un rico hombre de negocios con el que tuvo un hijo, al que mandó con su familia a Canadá. Este, su tercer marido ya, murió poco después, dejando una herencia de 50.000 dólares de la época a Marie Rosa.

Pero la primera herencia real que recibió no fue suficiente. Se trasladó a la ciudad de Toledo, en Ohio, y se volvió a cambiar el nombre, ahora a Lydia Devere, regresando al negocio de la videncia. Pronto consiguió convertirse en la asesora financiera de uno de sus clientes, al que lió en sus siguiente estafa, similar a las anteriores, pero introduciendo nuevos elementos.

Lydia preparó un pagaré de un importante hombre de Cleveland, por valor de varios miles de dólares. Falsificó su firma, y pidió a su cliente que lo ingresara en su banco. Si no lo hacía, tendría que cruzar todo el estado de Ohio para conseguir el dinero, le advirtió para convencerle. Su cliente, un hombre distinguido, aceptó. En el banco no hubo problemas. Pero las entidades ataron cabos, y los dos fueron arrestados. Pero al final su cliente fue declarado como víctima y ella como única culpable, condenada a nueve años y medio de prisión.

Pero tras solo tres años y medio a la sombra, consiguió salir de prisión, gracias a una campaña dirigida al gobernador, al que aseguraba que no reincidiría, y al que le proclamaba su arrepentimiento.

pero tras estas andanzas, Betty, o Marie Rosa, o Lydia, volvió a Cleveland con un nuevo nombre: Cassie L. Hoover. En la ciudad puso en marcha un burdel. Allí conoció a un importante médico viudo, con el que se casó: Leroy Chadwick, miembro de una de las familias más antiguas de la ciudad. Se trasladó a su palacio, y pronto comenzó a gastar dinero sin freno con su nuevo nombre: Cassie L. Chadwick, que es con el que se hizo famosa. Celebraba grandes fiestas para agasajar a la élite de la ciudad, y cuando su marido se quejó, empezó a pedir préstamos a cargo de su futura herencia.

El gran fraude

En 1902 comenzó su gran fraude: se hizo pasar por la hija ilegítima de Andrew Carnegie, el magnate del acero, y uno de los grandes himbres de negocios del momento. La sofisticación de la estafadora aquí alcanzó su cénit. En la primavera de aquel año cogió un tren a Nueva York, donde se alojaba en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Allí se encontró con James Dillon, un importante abogado, amigo de su marido. Celebrando la coincidencia, le pidió si le podía llevar a casa de su padre.

Para asombro del abogado, poco después estaban en la puerta de la mansión de Carnegie. Chadwick le pidió que le esperase en el carruaje. La estafadora estuvo hablando con una de las doncellas, pidiendo referencias por una antigua empleada, inexistente, claro. Tras media hora, volvió al carruaje, donde le esperaba asombrado el amigo de su marido. Con ella llevaba un sobre, y al subir al carruaje dejó caer un pagaré con una cifra muy alta. Aquí, mitad historia, mitad leyenda, las versiones oscilan entre los 25.000 y los 2 millones de dólares.

Dillon le preguntó que quién era su padre, y ella le confesó, en secreto, que era Carnegie, que ella era una hija ilegítima, y que había aceptado pagar para evitar el escándalo. Le pidió, por favor, que le guardase el secreto, pero era consciente de que una historia tan fantástica pronto se difundiría. Chadwick confiaba en que nadie iba a atraverse a preguntarle a Carnegie por una hija ilegítima. Se convirtió en 'la Reina de Cleveland', como le llamaba la prensa de Nueva York.

Pero su desaforado gasto empezó a pasarle factura. Pedía dinero prestado a múltiples bancos, muchas veces pagando los créditos de una entidad con el dinero de otra, tomando como base de operaciones el Wade Park Bank, donde ingresó los pagarés falsos de Carnegie. Consiguió que hasta presidentes de bancos le dieran dinero de su propio bolsillo. Hasta consiguió que magnates del acero, amigos del propio Carnegie, le prestaran dinero. Prometía intereses desorbitados, superando lo que cualquiera consideraría usura, confiando en que nadie iba a cobrar esos intereses. Una estrategia que le funcionó durante un tiempo.

Concretamente, hasta que uno de estos incautos dejó de hacerlo. Herbert Newton, un banquero de inversión, se dió cuenta de que no le iba a pagar, así que la demandó ante una corte federal en Cleveland, exigiendo además al Wade Park Bank que retuviera los pagarés de su presunto padre.

El propio Carnegie acudió al juicio, y mostró su asombro por los pagarés falsos, que tenían hasta faltas ortográficas

Cuando Cassie Chadwick fue detenida, negó todos los cargos. Y para sorpresa de todo el mundo, negó cualquier conexión con Carnegie. En 1905 fue declarada culpable, y condenada a 10 años de cárcel. Al juicio asistió hasta el propio magnate, que mostró su asombro al ver que los pagarés tenían hasta errores ortográficos, y recordando que llevaba 30 años sin firmar un solo pagaré.

Todo el escándalo se hubiera acabado si cualquiera le hubiera preguntado al magnate. Y hubiera evitado los problemas financieros de muchos bancos, que de repente vieron cómo parte de los activos a su nombre no valían nada.

Dos años después, Chadwick falleció entre rejas. Sin cualidades aparentes, la estafadora sí que demostró una inteligencia y una capacidad de persuasión poco comunes. Entendió las debilidades del ser humano, comprendió su época, y se ganó la confianza de todo el mundo. Hoy en día aún no está claro cuánto dinero logró estafar, debido a que la mayoría de sus víctimas, ricas y orgullosas, nunca reconocieron sus pérdidas.

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