Opinión

La gran divergencia macroeconómica

La expansión global ha alcanzado un pico, advierte la OCDE en su última perspectiva económica, y el desempeño podría ser más débil si se materializan los riesgos de un achicamiento. La partida todavía no terminó: se espera que el crecimiento global continúe en 2019 y 2020, aunque a un ritmo más lento. Pero los pronósticos son notablemente malos a la hora de detectar puntos de inflexión macroeconómicos, y el camino por delante es difícil de predecir.

Los potenciales obstáculos abundan: un ajuste monetario más agresivo, especialmente en Estados Unidos; una mayor escalada del proteccionismo; un aterrizaje económico más duro que el esperado en China; y un retorno de las tensiones en la Eurozona, desatadas por temores sobre el destino de las finanzas italianas (aunque ahora parece que hay entendimiento con Bruselas). Todo o algo de esto podría intensificar una desaceleración que ya ha comenzado.

Una recesión en Estados Unidos frustraría al presidente Donald Trump en su intento de ser reelegido en 2020, pero no estaría en desacuerdo con los patrones establecidos. La expansión oficialmente comenzó en junio de 2009, y en julio de 2019 será la más prolongada en la historia económica de Estados Unidos. El desempleo está en su nivel más bajo desde los años 60.

En estas condiciones, la combinación de políticas de la administración Trump de masivos recortes impositivos y aumentos del gasto -un estímulo fiscal tan importante como el que se utilizó en 2009 para ahuyentar una depresión inminente- no tiene ningún sentido económico. Le deja a la Reserva Federal sólo dos opciones: aumentar los tipos de interés de manera más agresiva para compensar todo el estímulo inoportuno, o capitular. Un juego de la gallina tan irresponsable entre las autoridades fiscales y monetarias de Estados Unidos aumenta el riesgo de inestabilidad para el resto del mundo, dada la sensibilidad global al ciclo de tasas de interés de Estados Unidos.

Una recesión prematura

Una recesión global sería más que prematura para los países cuya recuperación post-crisis ha sido tardía, débil o ambas cosas. Grecia, donde el crecimiento se reanudó en 2017 y el desempleo sigue estando cerca del 20%, es un caso extremo. Pero no es el único. En Italia, el PIB per capita no es superior que a mediados de los años 1990. Y en España, Francia, Corea del Sur y otras partes, el desempleo sigue estando significativamente por encima de los niveles previos a la crisis.

El desafío allí es reintegrar a la fuerza laboral a aquellos trabajadores que han estado desempleados por un período prolongado y corren el riesgo de una pérdida de sus capacidades. Para evitar un daño socioeconómico permanente, estos países necesitan un crecimiento más rápido. Un contexto internacional prometedor por sí solo no resolvería sus problemas. Pero ayudaría a maximizar los beneficios de las reformas domésticas.

En el otro extremo, el mercado laboral de Alemania está en mucha mejor formar que en 2007. El pleno empleo prevalece en el Länder occidental, y el crecimiento económico se basa cada vez más en la inmigración: en 2017, el ingreso neto -ya no sólo refugiados, sino principalmente otros europeos- totalizó no menos de 400.000 personas. Japón, el Reino Unido y Polonia también han experimentado una recuperación rica en empleos. Los ciudadanos se quejan del ingreso, de la desigualdad y de los crecientes precios de la vivienda, no sólo de la falta de empleo.

Hace diez años, casi todas las economías avanzadas cayeron al precipicio simultáneamente. Hoy en día, no están ni estructuralmente ni cíclicamente alineadas. Ésta es una preocupación, porque la desaceleración inminente de la economía global se produce en un momento de fragilidad política agravada. La confianza en los gobiernos y en las instituciones responsables de las políticas se mantiene -comprensiblemente- muy baja. La mala gestión económica colectiva no hará otra cosa que hacerle más mella y alimentar el ya creciente nacionalismo económico.

¿Qué debería hacerse? La agenda empieza por casa. En muchos lugares donde el mercado laboral sigue desequilibrado, se necesita una acción doméstica para fortalecer el potencial económico y mejorar el acceso al empleo. A pesar de un desempleo del 9% y de las reformas del presidente Emmanuel Macron, los empleadores en Francia dicen que hay escasez de mano de obra calificada. Esto exige un esfuerzo importante de capacitación, respaldo para la movilidad, incentivos para aceptar ofertas laborales y la apertura de los sectores protegidos. Esto, en verdad, ya se está haciendo. Pero en Italia, la coalición gobernante se ha embarcado en un estímulo fiscal al mismo tiempo que propone medidas que reducirán la participación de la fuerza laboral. Estas incluyen derogar la reforma de pensiones de 2011 y crear un "ingreso ciudadano" que, si se diseña o implementa mal, resultará en que más personas caigan en la inactividad. Esta inconsistencia política, más que el alejamiento de Italia de las reglas fiscales de la Unión Europea, es una causa seria de preocupación.

La segunda prioridad es entender bien el equilibrio de los riesgos. Se ha venido desarrollando un debate desde hace algún tiempo entre los halcones de la política, que advierten que las compras de activos de los bancos centrales y las tasas de interés de casi cero alimentan la inestabilidad financiera y los riesgos de inflación, y las palomas, cuyo principal temor es la deflación. Ambas preocupaciones son reales, pero hay más que decir sobre la segunda que sobre la primera. Las burbujas inmobiliarias se pueden contener por medios regulatorios, como los techos del préstamo-valor o préstamo-ingreso para los créditos inmobiliarios. En cuanto a la inflación, los pronósticos han sido consistentemente confusos. Los salarios hasta el momento han respondido de manera lenta al menor desempleo. Existe un miedo legítimo de que puedan empezar a subir abruptamente; pero, después de tantos años de una inflación por debajo de las expectativas, es un riesgo que vale la pena tomar. El costo colectivo de un descontrol inflacionario temporal se ve eclipsado por el coste de una recesión prematura que resulte en cicatrices permanentes y un contragolpe político contra la ortodoxia económica.

La tercera prioridad, la coordinación internacional, es por lejos la más difícil de alcanzar, especialmente en la eurozona, donde el Banco Central Europeo lleva adelante una política única para economías dispares. La prescripción estándar sería dejar que el BCE fije la tasa de inflación promedio y recurra a políticas fiscales nacionales para ajustar la postura macroeconómica. Pero, por deudas elevadas o déficit restantes, los países que necesitan un mayor crecimiento son los mismos que carecen de espacio fiscal. Ni Grecia ni Italia, ni siquiera España o Francia, pueden actualmente contemplar un estímulo fiscal importante.

A falta de transferencias entre países (que el reciente acuerdo franco-alemán sobre un presupuesto para la mini-eurozona no contempla avalar), ésta es una razón más para que el BCE deba pecar por exceso de audacia. Dejaría a los gobiernos de los países en riesgo de un sobrecalentamiento la tarea de utilizar medios fiscales para enfriar sus economías -y a los gobiernos de los países que todavía están dando batalla la tarea de destrabar su potencial económico.

Existen infinidad de motivos para dudar de que esto pueda hacerse. Pero la tarea de los responsables de las políticas públicas consiste en manejar los riesgos, y justamente los riesgos que enfrentan hoy no son los habituales. Lo que está en juego es la resiliencia del sistema económico global. Han aparecido grietas, a pesar de un contexto benigno. No debería permitirse que se conviertan en fracturas.

Profesor de la Escuela de GobernanzEscuela da Hertie en Berlín y Sciences Po en París, titular de la cátedra Tommaso Padoa-Schioppa en el Instituto Universitario Europeo y miembro sénior en Bruegel, un grupo de expertos con sede en Bruselas

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