Opinión

2021, el año que vivimos misteriosamente

Para muchos 2021 no fue el año de la gran recuperación, pero fue un año, también en lo que se refiere a la economía, mucho mejor que 2020. Si echamos la vista atrás, hace un año todo hacía presagiar un año peor. Lo que ha cambiado todo este panorama han sido las vacunas. Y seguimos siendo extremadamente dependientes de ellas. Por ejemplo, si se confirma que la vacuna china Sinovac es ineficaz frente a la nueva variante ómicron, entonces 1.300 millones de personas estarán más expuestas que nunca a la pandemia, a un virus que infecta muchísimo más que la variante original. Efectivamente, ómicron parece menos grave que las anteriores variantes, pero sobre poblaciones mayoritariamente vacunadas con vacunas efectivas, aunque sea parcialmente.

Si algo nos ha enseñado, a nivel económico, esta pandemia es hasta qué punto el mundo es un pañuelo, es decir que lo que pasa en el otro extremo del mundo acaba repercutiendo, y muy pronto, en Europa y en España. Esto pasó con la expansión de la pandemia desde China. Pero volvió a ocurrir, por ejemplo, con la paralización de la fabricación de microchips en Taiwan y Corea. Por esa razón, hay problemas en la adquisición de muchos productos electrónicos, que tienen plazos de espera de varios meses, como las consolas de última generación. El problema de los microchips ha afectado de forma drástica a la fabricación de automóviles, sector muy importante en España, al igual que el turismo. En el caso del turismo, España se ha visto afectada por las restricciones de los demás países, además de las propias. Los problemas en estos dos sectores son una parte de la explicación de por qué la economía española se ha comportado comparativamente peor que la de los países de nuestro entorno.

Porque uno de los misterios de la economía española radica en cómo ha sido posible que, al mismo tiempo, la recaudación fiscal, el empleo e incluso los beneficios empresariales, creciesen mucho más que el PIB en este 2021 que estamos dejando atrás. El pasado 23 de diciembre, el Instituto Nacional de Estadística (INE) revisaba el avance del tercer trimestre, corrigiendo al alza el crecimiento económico. Pero aún así, está claro que todavía no habíamos recuperado la actividad económica previa a la pandemia, antes de que la variante Ómicron obligase a reimplantar algunas restricciones, lo que seguramente se refleje en un menor crecimiento económico en los próximos meses.

Tras la revisión, el crecimiento de la recaudación fiscal gestionada por la Agencia Tributaria sigue siendo muy superior al crecimiento económico. De hecho, según las cifras acumuladas hasta noviembre, la recaudación no sólo era muy superior a la de 2020, sino que era superior en casi un 4%, en términos homogéneos, a la de 2019, que fue un año de recaudación récord. Sobre esta cuestión se han dado algunas explicaciones poco convincentes, como la venta récord de viviendas usadas. Esto supondrá, con seguridad, un importante incremento de la recaudación del impuesto de transmisiones patrimoniales que recaudan las Comunidades Autónomas, pero que no están incluidos en los datos de la Agencia Tributaria. Puede que estas ventas supongan ganancias de patrimonio en el IRPF, pero que se declarará el año que viene, ya que no están sujetas a retención. Por último, esto puede suponer también un impulso en la recaudación de la plusvalía municipal, pero el dato todavía no está disponible. Las explicaciones de esta divergencia recaudación-PIB, están en cuestiones como la extensión de pagos con tarjeta, más pagos controlados fiscalmente como ayudas públicas, mejor conciencia fiscal ante la pandemia, o un mejor control de la Agencia Tributaria que ha sacado partido en tiempos de pandemia, de un liderazgo mundial en informatización.

Otro fenómeno que ha vuelto en este "misterioso" 2021, y que, éste sí, explica una parte de la divergencia entre el crecimiento del PIB y la recaudación de impuestos es el regreso de la inflación. El regreso de la inflación no era misterioso sino bastante previsible, y, de hecho, era algo de lo que hemos hablado en El Economista tanto este año. Como señalaba Keynes, la inflación también es un impuesto y parte del coste de la crisis del Coronavirus lo vamos a pagar mediante inflación. Ésa al menos es la intención del Banco Central Europeo estableciendo un objetivo de crecimiento de precios del 2%.

Como todos los lectores saben, la tasa de inflación lleva varios meses subiendo, y a un nivel muy superior al 2%, tanto en España como en el resto de la zona euro, y en general en todo el mundo desarrollado. Esto ha llevado a que se anticipen retiradas de estímulos, así como subidas de tipos de interés, desde los mínimos históricos en los que estamos. En el caso europeo, la situación del BCE es más complicada porque la anterior subida de tipos en época de Trichet estuvo a punto de llevarse a la Eurozona por delante, por la fragmentación financiera que provocó. Aún así, una previsión razonable es el paulatino endurecimiento de la política monetaria para ir paliando la inflación.

Además, los precios energéticos están creciendo muy por encima del 2%. A una crisis sanitaria le está siguiendo una crisis energética. Una parte de esta factura, la relativa a petróleo y gas, se paga al extranjero y normalmente en dólares. Esto supone que nos estamos enfrentando a un shock de oferta que supondrá el traslado de renta hacia los países productores de petróleo y gas, además de inflación.

Además, hemos tenido hasta hace unos días un crecimiento brutal del precio de la electricidad, en parte derivado de los precios del gas natural, pero también de los derechos de emisión de CO2, cada vez más escasos y caros para las necesidades de la industria y la energía europeas. Estos derechos son el coste de la transición ecológica. Y esta transición es fundamentalmente un cambio en la forma de producir la energía que necesitamos. Pero la transición ecológica es un proceso masivo de internalización de costes que antes no se pagaban. En este 2021, todos hemos aprendido que la transición ecológica tiene unos costes muy importantes que, además, pagan en mucha mayor medida los menos favorecidos.

Este año 2021 es un año de transición entre la explosión de la pandemia y la economía post-pandemia. Pero también es el inicio efectivo de la transición ecológica. Y 2021 fue también el año en que nos dimos cuenta de que muchas cosas tienen un precio y se acaban pagando, como la intervención masiva de los Bancos Centrales para mantener actividad y demanda ante el zarpazo de la Pandemia. Ahora y en el futuro lo pagaremos vía inflación o vía tipos de interés más altos. También nos hemos dado cuenta de que la transición ecológica, con el objetivo de no alterar excesivamente los equilibrios de la atmósfera, también tiene un precio.

De todas estas cuestiones, de cómo y quién pagará el coste de esta crisis, cuando no hemos terminado aún de pagar la crisis anterior, me ocupo en mi próximo libro "Y esto, ¿quién lo paga?

Espero que todos los lectores de elEconomista disfruten de unos días estupendos estas Navidades y que tengan un 2022 mucho mejor que estos dos últimos años que dejamos atrás.

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