Opinión

Responsabilidad de la cúpula empresarial

La semana pasada tuve la oportunidad de mantener una interesantísima conversación con el Dr. José Luis Jiménez, catedrático de la Universidad de Colorado-Boulder, una eminencia mundial en aerosoles premiado por la NASA. Como pasa habitualmente, el profeta en tierra propia predica en el desierto, pero su grupo de investigadores ha sido capaz de convencer a la comunidad científica global de que este maldito virus Covid19 se transmite fundamentalmente por aerosoles y no a través de las superficies, como se pensaba al principio. Los aerosoles se mantienen en el ambiente como si se tratara del humo de un cigarrillo y son fácilmente inhalables por las personas de alrededor, aunque parece que se nos está olvidando.

Las autoridades sanitarias han dado una serie de recomendaciones que ya todos deberíamos conocer: evitar espacios cerrados y, cuando no sea posible, ventilar generosamente, así como usar mascarillas eficaces (FFP2) y bien colocadas. Sin embargo, continúan insistiendo en la higiene de las superficies cuando ya está claro que ese no es el principal problema. Y yo me pregunto: ¿Cómo es posible que, sabiéndolo, todavía acudamos a reuniones de diez o quince personas, en salas mal ventiladas y donde muchos se quitan la mascarilla con la falsa sensación de seguridad que da estar ya vacunados? Me confieso culpable, aunque con propósito de enmienda, por eso sé que no es por mala fe sino por hartazgo y por no estar bien informados. Pero lo cierto es que está ocurriendo en la mayor parte de las empresas y me temo que, en las fechas que estamos, también en reuniones navideñas.

Señores, la vacuna reduce considerablemente el riesgo de enfermedad grave y eso ya es una gran noticia, pero no suficiente. Una persona vacunada se puede infectar o reinfectar y transmitir el virus, aunque muchas veces lo haga de forma asintomática. Es fundamental cortar el número de contagios, de muertes, de complicaciones y posibles secuelas de todo tipo y en ello jugamos un papel importantísimo los administradores de las sociedades. Nuestra responsabilidad es velar por todos los grupos de interés relacionados con nuestra organización, no sólo los accionistas o los clientes, sino también nuestros compañeros y aquellas personas que acuden a nuestras instalaciones. Por ello, debemos asegurarnos de que las cosas se hacen bien; y no sólo desde el punto de vista formal y del cumplimiento del marco regulatorio, que también, sino desde la perspectiva moral por la responsabilidad fiduciaria que nos es conferida en virtud de nuestro cargo.

Debemos asegurarnos de que nuestros entornos de trabajo son seguros porque es lo correcto.

Invirtamos unos pocos euros en colocar medidores de CO2 en todas las salas, despachos cerrados y espacios comunes. Ellos nos indicarán cuándo es necesario ventilar porque el porcentaje de aire que estamos inhalando y que ya ha pasado por otros pulmones, es excesivamente alto. Y, sobre todo, evitemos siempre que se pueda las reuniones presenciales; pero en caso de realizarse, impongamos con nuestro ejemplo que todos lleven bien colocada la mascarilla FFP2.

Nuestras acciones dan sentido al trabajo que están desarrollando muchas personas, a veces de manera desinteresada, para terminar con este maldito virus. Porque si algo bueno ha tenido esta pandemia, es que ha hecho aflorar muchos emprendedores sociales que, sin ayuda de ninguna financiación pública, han desarrollado métodos para mejorar nuestra vida en momentos tan complicados. Un claro ejemplo es Aireamos.org, una plataforma que lucha para conocer los niveles de CO2 en todos los ámbitos, y que ha sido impulsada por Patricia Ripoll. O CovidWarriors, fundado por el Dr. Andreu Veà, que han diseñado, fabricado e instalado en tiempo record 194 super-robots capaces de hacer millones de PCRs en 18 hospitales de 14 provincias españolas.

Las personas que formamos la cabeza de las compañías no podemos mirar para otro lado; no tenemos excusa. Muchas personas agradecerán nuestro esfuerzo incluso con su vida. Por tanto, actuemos, aunque no haya norma que lo exija y antes de tener que lamentarlo.

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