Opinión

Un 'perico' vuela ya para el cielo

José María Gay de Liébana

Departir con José María era un baño de optimismo, de los que salías convencido de que solo los tontos son los que se encuentran mal. A varias generaciones de periodistas de elEconomista, desde los que ya estaban acostumbrados a utilizar múltiplos por comparables hasta los que empezaban a bregarse, especialmente con más cariño con los que arrancaban su andadura, nos enseñó a hacer valoraciones complicadas de algo que por naturaleza es un intangible, los equipos de fútbol.

José María no ocultaba esa pasión encendida de los que hacen su otra vida enamorados de un escudo, de una historia. La suya es el Espanyol, el del antiguo Sarrià, en el que en el Mundial del 82 se jugó el Brasil-Italia -Zoff y Rossi frente a Falcao, Sócrates y Zico-, el que dicen fue uno de los mejores partidos de la historia y ahora hay un parque en el que se prohíbe jugar al fútbol.

Cualquier conversación con José María conducía a su orgullo perico, a lo colectivo sobre lo individual, a que el escudo siempre va por delante del nombre del jugador. "No todo el mundo ha nacido para ser del Español, Dios elige a unos para seguir la andadura y ser los apóstoles de la causa perica", le gustaba comentar. La leyenda del españolismo es tan grande que cuando Iniesta marca el gol ante el guardameta holandés Stekelenburg, debajo de la camiseta de España estaba el nombre de Jarque.

Ahora otro perico se va al cielo, sobre el antiguo Sarrià en el que Brasil ganó una de las copas de hierro de la historia del fútbol tras su derrota ante Italia ya no hay fútbol, pero José María podrá ver todo lo que quiera donde ya todo es posible. Por habernos explicado de forma sencilla lo que es importante de la economía volverá a ver esa final de la UEFA de 1988 en la que todos fuimos entonces blanquiazules, en una final diferente en la que después de remontar al Bayer Leverkusen el 3-0 de la ida en Sarrià, con dos goles de Losada y otro de Soler, se perdió en los penaltis.

José María ganará lo que nunca se debió perder porque en él no había tiempo para la derrota.

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