Opinión

Los campeones europeos y el acuerdo Angela Merkel-Emmanuel Macron

Merkel y Macron ultiman un giro estratégico fundamental para las empresas

Ha pasado casi desapercibido pero el acuerdo alcanzado entre la Canciller Merkel y el Presidente Macron el 18 de mayo incluye un párrafo que supone un giro de 180 grados en la estrategia europea para competir con las grandes multinacionales de Estados Unidos y China. El párrafo en cuestión dice lo siguiente: "Debemos ajustar la política industrial de la Comisión a la recuperación, y, en particular, modernizar la política de competencia acelerando la adaptación de las reglas de ayudas de Estado y de competencia e imprimiendo velocidad a la implantación de los IPCEI" (Proyectos Importantes de Interés Común Europeo en sus siglas en inglés).

Hasta poco antes de la crisis del coronavirus, la estrategia europea para conseguir grandes empresas competitivas en sectores con fuertes economías de escala era el mercado interior. La idea, que surge en los años 80, era la siguiente: Estados Unidos y los gigantes asiáticos (entonces Japón) podían tener grandes multinacionales, tecnológicamente avanzadas, competitivas y que dominaban el mercado mundial porque contaban con un mercado doméstico grande. Un mercado en el que desarrollaban y probaban sus productos que, además, era lo suficientemente grande para aprovechar eficientemente las economías de escala. Cuando desarrollaban un nuevo producto exitoso, este primero se expandía en su mercado nacional y, a través de la producción masiva, se abaratan los costes de producción: Una vez que era muy competitivo, podían ir a la conquista del mercado mundial a través de la exportación y de la inversión en mercados exteriores. Así se explicaba el éxito de las compañías de automóviles japonesas o los avances de las empresas americanas en los entonces incipientes sectores de la informática.

Las autoridades nacionales han impedido crear grandes firmas competitivas

La lógica llevaba a que, si Europa quería tener multinacionales con las que competir globalmente, lo que tenía que hacer era crear un gran mercado interior que, entre otras cosas, permitiera crecer y desarrollar productos de forma semejante a como hacían sus homólogas americanas o japonesas. La estrategia consistía, por tanto, en eliminar todo tipo de obstáculos a los movimientos de bienes, servicios y mercancías dentro de la Unión. Las barreras comerciales clásicas ya habían sido eliminadas por el Tratado de Roma; pero aún quedaban un sinfín de regulaciones y barreras no arancelarias que impedían la construcción de un verdadero mercado único. A partir del Acta Única Europea (1986), la Unión se puso manos a la obra y, desde entonces se han ido aprobando una infinidad de normas de armonización, en ámbitos tan variados como normas técnicas de productos, títulos educativos, impuestos o legislación laboral y medioambiental. Incluso el euro fue un paso adelante en la creación de un espacio económico europeo sin barreras, ni siquiera la monetaria.

La Comisión Europea se convirtió en la guardiana de este mercado interior, y como tal, impuso una estricta vigilancia sobre las ayudas de Estado. Con ello se pretendía evitar que, mediante fondos públicos, se falseara la libre competencia en el mercado europeo. Para que surgiera una Europa competitiva, algunas empresas debían desaparecer para que otras crecieran y los Estados no debían intervenir en el proceso para que fueran las empresas situadas en su territorio las que sobrevivieran. Finalmente, es el mercado quien elegía cuál era el gigante europeo competitivo, y no las ayudas de los Estados miembros.

Se debe mejorar el mercado comunutario para crear gigantes a nivel mundial

Lo cierto es que el mercado interior -aunque aún incompleto- ha sido un éxito en términos de comercio y de inversiones. Ningún área económica tiene el nivel de integración y competencia entre compañías situadas en países diferentes como tiene Europa. El coste de volver a levantar esas barreras sería inaceptable.

Pero en términos de crear grandes empresas competitivas a nivel mundial los resultados han sido más desiguales. En algunos sectores, muy abiertos y globalizados, como el de las compañías aéreas, el objetivo se ha logrado. Se ha reducido el número de compañías, fusionándose en torno a tres grandes grupos y, de la apertura de mercado, han surgido nuevos gigantes capaces de competir. En otras ocasiones, empresas ya establecidas se han compactado en grupos más grandes, como es el caso de la industria del automóvil.

Pero otras veces, especialmente en sectores regulados, las autoridades económicas nacionales han evitado compras o fusiones de las empresas establecidas en su territorio. El ejemplo paradigmático es el sector financiero minorista, en el que los obstáculos por parte de los reguladores nacionales han imposibilitado fusiones de calado entre bancos de distintos estados miembros, impidiendo la existencia de un verdadero mercado financiero minorista en Europa. Pero hay muchos otros casos, como, por ejemplo, en el sector de las utilities.

Pero donde es más evidente la incapacidad de Europa de impulsar la creación de competidores a nivel global es en el sector de las nuevas tecnologías. Y esto está colocándola en una clara posición de desventaja: ninguno de los gigantes mundiales de ITC es europeo, ni en fabricación de hardware, ni de software, ni en plataformas. Aunque es cierto que surgen continuamente nuevas tecnologías en las que Europa aún puede subirse al tren: inteligencia artificial, supercomputación, algoritmos o ciberseguridad.

Y es aquí donde entra el papel franco-alemán, poniendo negro sobre blanco una idea que ya venía rondando los despachos de Bruselas antes de la crisis de la Covid: ante la incapacidad del sector privado de crear gigantes europeos por sí mismo, debe actuar el sector público, y para ello estorban las reglas de ayudas de Estado. Para los defensores de esta idea, el ejemplo exitoso del modelo de impulso público es Airbus: ha logrado competir con Boeing aunando los esfuerzos de varios países europeos con el apoyo de sus Estados, evitando que el gigante norteamericano sea un monopolista mundial de la misma forma que lo es Microsoft, Google o Amazon. Los defensores de esta idea consideran que hay que hacer lo mismo en otros sectores estratégicos y, ahora, que se han relajado las reglas de ayudas de Estado con la crisis sanitaria, se debe aprovechar la ocasión para permitir las ayudas públicas y crear grandes empresas en sectores clave.

Pero el ejemplo de Airbus y Boeing no es directamente trasladable al sector de nuevas tecnologías. La construcción aeronáutica es un sector fuertemente apoyado por los gobiernos como demuestran las demandas cruzadas en la OMC entre Europa y Estados Unidos, lo que no es tan evidente para otros sectores. Por otro lado, defender esta postura supone renunciar a completar el mercado interior como estrategia principal y, ante las inevitables interferencias de los Estados nacionales, optar por una estrategia en la que se reparta mediante negociación política la tarta de los nuevos sectores entre los Estados participantes, de forma parecida a como se hace en Airbus.

La estrategia óptima es otra. Seguir profundizando en el mercado interior para crear las mejores condiciones para que se desarrollen empresas europeas competitivas a nivel mundial y, simultáneamente, en los casos en sea preciso apoyo público, este se realice con mucha prudencia y bien dirigido para evitar malgastar el dinero del contribuyente y siempre a nivel europeo. No es casualidad que esta idea se plantee en un momento en que existen grandes diferencias entre los países europeos respecto a la solidez de sus cuentas públicas. Si el apoyo se realiza a nivel nacional, será el músculo financiero de los Estados miembros lo que determine el éxito de una empresa o de un sector y no la capacidad de competir o la habilidad de su gerencia. Nuevamente se trata de un choque entre soberanía nacional y proyecto europeo.

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