Opinión

Réquiem por la educación

La nueva Ley de Educación deja de lado las Humanidades.

Cumpliendo la tradición de prácticamente todos los gobiernos que se han sucedido desde el inicio de la Transición, el Gabinete socialpopulista de Pedro Sánchez ya tiene su ley de Educación, y van siete. Todas ellas partidistas y sectarias, en una materia que debería ser de pacto de Estado obligatorio, pero que ni los gobiernos del PSOE y del PP quisieron abordar. Quizás por eso este proyecto de la ministra Celaá sigue siendo solo una ley de parte y cuya vida se anticipa similar a la de sus antecesoras, es decir, la misma que le quede al Gobierno que la alumbra.

Un texto legislativo éste que ahora se nos propone en el que lo más grave no es, en contra de lo que denuncian los medios y la oposición, su asedio a la enseñanza concertada, la devaluación de la asignatura de religión, la desprotección del castellano, o la rebaja de la calidad educativa al aumentar las facilidades para que los alumnos no repitan. Lo más grave de esta nueva norma, siendo ya alarmante todo lo anterior, es que al igual que las que la precedieron margina y desprecia las humanidades.

El sistema educativo no enseña a pensar, sino que crea robots en vez de personas

Asignaturas clave para la formación personal y emocional de los alumnos, como la Historia, la Literatura, la Geografía o la Filosofía, se limitan hasta un papel casi testimonial en beneficio del pragmatismo materialista, el cálculo, el adoctrinamiento a través del abuso de la comunicación audiovisual y la divinización de las tecnologías.

Hemos creado un sistema educativo en el que no se enseña a los niños a pensar. Estamos creando robots, en lugar de personas, masas fácilmente manipulables en sustitución de seres libres e individuales, y una sociedad en la que los hombres y las mujeres están perdiendo la categoría de personas para pasar al estado de consumidores, tanto materiales como de ideas y mensajes que ni se analizan y, en muchos casos, ni siquiera se comprenden, pero se obedecen. 

Es el Mundo feliz que nos describía Aldous Huxley ya en 1932. Un mundo ideal para los políticos autoritarios, los poderes fácticos y las clases dominantes.  Donde ellos deciden y los pueblos obedecen. El ideal del pensamiento único que persiguieron y persiguen todas las dictaduras de izquierdas y derechas que en el mundo han existido y que, desgraciadamente, existen todavía. 

Una anulación de las llamadas ciencias sociales, que está también en el origen de la clase política que hoy predomina en el mundo occidental, donde los intereses personales y partidistas predominan sobre el sentido de Estado y el servicio a la ciudadanía. El paraíso de unos populismos cada vez más fuertes, de los nacionalismos crecientes y el núcleo germinal de una sociedad civil anestesiada, adoctrinada, radicalizada y extremista que los impulsa, los anima y los abraza.

Un populismo que persigue la igualdad no mediante el impulso a la excelencia, sino homogeneizando por debajo, donde se desprecia el esfuerzo y se premia la indolencia, como demuestran año a año la pobre cualificación de nuestros estudiantes en el Informe PISA o en los estudios de la OCDE.

Y volviendo a este frente que el socialpopulismo imperante tiene abierto contra los centros concertados, ¿se han parado ustedes a pensar que estos ayatolás de la enseñanza pública llevan todos a sus hijos a centros privados y muchos de ellos en el extranjero? Nos lo expliquen.

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