Opinión

Las manzanas del Tirol del sur y la UE

Brexit sigue creando la división entre Unión Europea y Reino Unido

Hace algunos días compré en el supermercado unas manzanas de la variedad royal gala que tenían muy buena pinta.

Entonces no me percaté, pero al llegar a casa y guardarlas en la nevera me fijé en la pequeña pegatina que se pone en mucha de la fruta que se comercializa, y que hay que quitar antes de comértela o corres el riesgo de tragar pegatina. La etiqueta en cuestión ponía "Süd Tyrol". Me llamó la atención.

Al final de la Primera Guerra Mundial y con la descomposición del Imperio Austrohúngaro, Italia incorporó a su territorio las partes del Imperio que consideraba Italia irredenta. Se trataba del puerto de Trieste, de la península de Istria y del territorio alrededor de la ciudad de Trento que, desde tiempo inmemorial, había sido punto de frontera entre Italia y el Imperio Alemán, razón por la cual fue elegida por Carlos V como lugar de celebración del concilio con el que se iniciaría la Contrarreforma contra el protestantismo. A la hora de fijar la frontera con la derrotada Austria, se incluyó dentro de Italia la parte más al norte del Trentino. Los austriacos llaman a la provincia Tirol del Sur, mientras que los italianos la denominan Alto Adigio. Una zona alpina muy montañosa, alrededor de la ciudad de Bolzano (Bozen, en habla alemana), del tamaño de la provincia de Málaga, y con una altísima renta per cápita de más de 40.000 euros. Dos tercios de su población hablan alemán como primera lengua.

Italia y Austria superan su conflicto fronterizo gracias a que pertenecen a la Unión

Ni que decir tiene que la inclusión en Italia de una provincia de habla mayoritariamente alemana generó un sinfín de conflictos entre Italia y Austria tras la Primera Guerra Mundial, y fue un foco de conflicto entre la Italia fascista y la Alemania nazi. Tras la Segunda Guerra Mundial, los aliados confirmaron la pertenencia a Italia de la región, pero garantizando ciertos derechos a la población germano parlante. Por su parte, Italia, para diluir a la población de habla alemana, incluyó la provincia del Alto Adigio en la región autónoma del Trentino, lo que generó gran insatisfacción en la población de habla alemana. Volvieron las tensiones, los movimientos secesionistas e incluso hubo acciones terroristas que causaron 21 muertos, la mayoría miembros de las fuerzas de seguridad italianas. La cuestión no empezó a resolverse hasta que un nuevo tratado entre Italia y Austria, en 1971, otorgó a la región más autonomía y mayor control sobre sus finanzas.

Pero lo que verdaderamente permite superar el conflicto es la pertenencia de Italia y Austria a la Unión Europea. Los habitantes de habla alemana de la región son ciudadanos italianos, pero también lo son de la Unión Europea. Ser ciudadanos europeos les garantiza que viven en un Estado democrático, que sus derechos individuales, incluidos los lingüísticos serán respetados; que pueden vivir y trabajar en Italia, en Austria o donde estimen oportuno dentro de la Unión; que pueden pasar la frontera entre Italia y Austria cuantas veces quieran y sin enseñar un solo papel; que sus productos se pueden vender y comprar no solo en los dos países, sino en cualquier mercado de la unión, como las manzanas que se vendían en un supermercado español; que pueden estudiar en cualquier país de la Unión y sus títulos serán reconocidos; e, incluso que van a tener la misma moneda seas austriaco o italiano.

En esto consiste Europa. Conflictos como el de Tirol del Sur existen a lo largo y ancho de la Unión Europea. Un continente con una historia plagada de guerras, migraciones, imperios que han desaparecido y minorías étnicas de todas clases está llamado al conflicto permanente. Tras dos brutales guerras mundiales solo cabía una solución, la creación de una unión que superara los inconvenientes de tener una frontera. Que diluyera las consecuencias de pertenecer a un Estado frente a otro. El acuerdo es simple, cada ciudadano debe aceptar las fronteras tal como están y, a cambio, la Unión garantiza respeto a su idiosincrasia, una democracia, prosperidad económica, libertad de movimientos, libertad económica y una moneda común. Con todos sus defectos y con sus déficits democráticos, la Unión Europea es, sin duda, la mejor solución.

Los procesos secesionistas no caben en una Europa creada para superar la división

¿Y que ocurre si disolvemos la Unión? Pues que se crean más problemas de los que se resuelven. El ejemplo lo tenemos en el Brexit. El eterno conflicto entre protestantes y católicos en Irlanda se había resuelto no solo por los Acuerdos de Pascua, sino, sobre todo, por la pertenencia del Reino Unido y la República de Irlanda a la Unión Europea. Un ciudadano de Belfast sabía que podía cruzar la frontera sin apenas enterarse y un ciudadano de Dublín podía trabajar en Belfast sin casi dificultades. Al no existir fronteras, una empresa del Ulster podía comprar productos de Cork y venderlos en Liverpool o en Hamburgo. El coste de división de la isla había desparecido casi por completo. El Brexit vuelve a resucitar viejos fantasmas. Ya no está tan claro que no vaya a haber fronteras; ya no es evidente que se pueda vivir y trabajar en cualquier parte de Irlanda con independencia del lugar de la isla en que se haya nacido; ya no es indudable que si tengo un negocio de éxito en Dublín pueda extenderlo a Belfast. Y esto vuelve a crear tensiones que ya estaban superadas. Por ello Irlanda es el escollo principal al Brexit.

Por eso mismo, por la razón de ser de la Unión Europea, están llamados al fracaso todos procesos secesionistas del continente. Europa se creó para que no hubiera movimientos de fronteras o se crearan otras nuevas. Se creó para superar la división, y lo ha hecho con éxito. Tirol del Sur es un ejemplo del éxito del Europa, y el Brexit un ejemplo de los problemas que crea la división. Todo ello explica el lado en el que están las instituciones europeas en el caso de Cataluña.

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