Opinión

Comienza la negociación

En plena canícula de agosto, cuando los medios de desinformación, como dice mi amigo Gregorio Morán, se encuentran durmiendo la siesta, es cuando se ha iniciado la auténtica negociación para formar gobierno en los primeros días de septiembre. Ahora sí y no como antes, cuando se empezó la casa por el tejado. Primero hay que saber qué se quiere hacer durante la legislatura y después se busca a las personas más adecuadas para intentar llevarlo a cabo.

Es decir, hay que elaborar una hoja de ruta en la que figuren los principales objetivos que se pretenden conseguir. Eso lo tiene que hacer necesariamente Pedro Sánchez, con su equipo, teniendo en cuenta a los dirigentes territoriales de su propio partido, a los agentes sociales y al mayor número de organizaciones posible. A partir de ese momento, se trata de negociar un pacto de legislatura con aquellos partidos que estén de acuerdo en dichos objetivos y que, por tanto, estén dispuestos a suscribirlo introduciendo sus propias cautelas y garantías.

Hay dos opciones: un pacto con Iglesias o nuevas elecciones, y nadie quiere repetirlas

El presidente del Gobierno en funciones es consciente de que no puede contar con Albert Rivera, cuya apuesta es desalojarle del poder, aunque para lograrlo tenga que dejar a España al borde del precipicio. Pablo Casado le ha enviado algunos mensajes dándole a entender que el PP estaría dispuesto a abstenerse in extremis como hizo el PSOE con Rajoy. Además, estaría dispuesto a negociar una docena de pactos de Estado, entre los que se incluyen los Presupuestos Generales para el 2020. Una especie de "gran coalición" a la alemana, pero por la puerta de atrás. Eso es lo que le gustaría a Rivera para hacerse con el liderazgo de la "gran derecha". Precisamente por ello la opción de Casado también está descartada. Las bases del PP son muy duras y no aceptarían "salvar al soldado Sánchez" para no hundir al país. Para esto no se puede contar con la derecha conservadora que odia a los socialistas en general y a su líder en particular.

Por tanto, a Pedro Sánchez solo parecen quedarle dos opciones: ponerse de acuerdo con Pablo Iglesias o convocar nuevas elecciones el 10 de noviembre. Como nadie quiere elecciones, salvo Albert Rivera, todo parece indicar que se pondrán de acuerdo en las cosas que hay que hacer. Básicamente dos: afrontar el proceso de deterioro económico que tenemos encima y dar una salida al conflicto catalán.

Primero se tienen que marcar unos objetivos y luego empezar el camino de los acuerdos 

Ninguno de los dos asuntos resulta nada fácil. Al contrario, son dos miuras con los cuernos retorcidos. Sánchez sabe bien que tiene que cumplir con Bruselas el compromiso de la eliminación del déficit y alcanzar el equilibrio presupuestario en cuatro años. Esto supone un ajuste, tanto por ingresos como por gastos, de 25.000 millones de euros. Y gracias a Dios parece que se quedará la ministra Nadia Calviño al frente de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos. Los socialistas están dispuestos a sacrificar las inversiones públicas para tener más margen en los gastos sociales. A pesar de ello, no se podrá una gran parte de las reivindicaciones de Unidas Podemos.

El conflicto catalán pasa, antes o después, por un indulto que permita un encaje de esta comunidad en la Constitución. Un país como España, dentro de la Unión Europea, no se puede gestionar con los líderes independentistas en la cárcel o en rebeldía.

Pablo Iglesias, conociendo las dificultades y las desagradables decisiones que va a tener que adoptar el nuevo ejecutivo, tal vez de su brazo a torcer y acepte apoyar a un gobierno de izquierdas sin formar parte de él como defiende su socio Alberto Garzón, que tiene bastante más cuajo político. Como en la película de Bob Fosse "empieza el espectáculo".

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