Bolsa, mercados y cotizaciones

Los siete pecados capitales del gestor

  • En gestión, tres aprobados, cinco notables y dos sobresalientes, es una matrícula
  • Quien está todo el día mirando las cotizaciones se irritará permanentemente
  • Qué hacer hoy si invierte con Ecotrader
Los siete pecados capitales del gestor
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Los pecados capitales del gestor de fondos son también los siete clásicos: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

Lujuria

La lujuria, a primera vista, no debería ser un pecado relacionado con el mundo de la gestión de fondos. La mayoría de los gestores que conozco son bastante más feos que los brokers del Wall Street de Hollywood.

Pero si vamos más allá de su significado más universalmente aceptado, de aquel estrictamente relacionado con el sexo, y lo extendemos a un deseo desenfrenado de éxito, de sentirse poderoso, los peligros de caer en el pecado de la lujuria aumentan.

Querer ser reconocido como el mejor, aparecer como el más atractivo ante la comunidad inversora, que tu nombre suene entre los colegas, ser alabado por los medios de comunicación, son tentaciones de las que conviene huir. El afán por obtener la notoriedad que puede dar, por ejemplo, una posición puntera en los rankings puede llevar a asunciones de riesgo de que hagan el éxito muy efímero.

Contra el riesgo de la lujuria, la mejor prevención del inversor profesional es no hacer un seguimiento diario y obsesivo de las tablas de clasificación. El buen inversor no es el que un mes saca un diez y el mes siguiente un cero. En la gestión, tres aprobados, cinco notables y dos sobresalientes, promedian matrícula de honor.

Contra la lujuria, no mirar los rankings.

Gula

Los buenos gestores de renta variable suelen ser personas de natural optimista, que creen que el mundo avanza, y que suelen mostrarse dispuestos a explicar sus carteras sentados en buenos restaurantes ante una buena carta de vinos. Pero no es de ese riesgo de gula del que estamos hablando.

La gula inversora se produce cuando un inversor compra una acción, ve que el precio no hace más que subir desde que la compró, y cae en la tentación de seguir comprando más.

Que los precios de las acciones compradas suban nos reafirma en nuestro optimismo. Pero no hay que confundir el valor y el precio. El valor sube si la expectativa de beneficio futuro de una empresa mejora, y es lógico que lo haga también el precio que el mercado está dispuesto a pagar por el derecho a recibirlo, que eso y no otra cosa es una acción.

Pero que los precios suban mucho más que los beneficios, más que una confirmación de un acierto, puede ser el aviso de una euforia, de una embriaguez, de una ebriedad, a la que hay que poner freno. El plato más sabroso, la bebida más deliciosa, puede convertirse en la fuente de una indigestión o una resaca, si la dosis es excesiva.

Al igual que un buen dietista recomienda un menú equilibrado y variado con el fin de perder peso y conservar la salud, un buen gestor debe velar por tener en su menú, en su cartera de acciones, un mínimo de variedad.

Una cartera diversificada, no exageradamente dispersa, con pesos relevantes de los ingredientes que más nos gusten, pero sin una concentración exagerada en una sola compañía o sector, es la mejor protección del inversor contra el vicio de la gula.

Contra la gula, diversificación.

Envidia

La envidia es un pecado muy generalizado en el mundo de la inversión. Y no sólo se da entre los inversores con relativo poco éxito Se da también entre inversores de mucho éxito, con mucho patrimonio gestionado y, por tanto, con grandes retribuciones económicas a título personal.

Porque una de las formas más características de envidia en el mundo de la inversión es su variante más maligna, aquella que sólo en alemán tiene un nombre específico, schadenfreude, o placer por el mal ajeno. Y no solo porque piensen que, si a otro le van mal las cosas, el dinero que huya del fondo del colega puede llegar al fondo propio. También porque el fracaso de las ideas de inversión ajenas les hace aparecer como más brillantes.

Los afectados por el pecado de la envidia en el mundo de la inversión pierden mucho tiempo mirando y remirando las carteras de acciones de los competidores. A veces, simplemente, para copiarlas y replicar su rentabilidad (no se diera el caso de que el otro lo hiciera mucho mejor que uno mismo...), y muy a menudo, también, para poder hacer un seguimiento que les permita comentar sus fracasos.

La envidia, en la inversión, se mueve entre la emulación y la crítica. En realidad, no es más que una manifestación de un complejo de inferioridad. El buen inversor, el que está seguro de que hace las cosas lo mejor que puede hacerlas, no está preocupado por lo que hacen los competidores. El profesional serio, honrado, sabe perfectamente si está haciendo bien su trabajo. Lo haga público o no, tiene un benchmark que sabe que tiene que batir.

Una referencia, un índice (o un conjunto ponderado de índices), que debe responder a la auténtica naturaleza del riesgo que está corriendo. Cada uno sabe, honradamente, si lo está haciendo bien o mal. El buen gestor debe luchar contra sí mismo, no contra los demás. Y si lo hace así, no pierde tiempo con envidias.

Contra la envidia, una referencia objetiva

Ira

La ira, en el mundo de la inversión, es un pecado capital que, en buena medida, es la otra cara de la gula. Así como la gula nos lleva a incluir en el menú, más y más cantidad de las acciones que nos provocan satisfacción porque el precio sube, incluso más allá de lo que objetivamente aumenta el valor, la ira, la rabia por las caídas de cotización en bolsa de empresas que, objetivamente, no parece que haya razones para que disminuyan su valor, puede llegar a excluirlas de la cartera.

El inversor que está todo el día mirando las pantallas de cotización corre el riesgo de estar permanentemente irritado. Es evidente que el mercado está siempre equivocado. Si no fuera así no tendría subidas y bajadas marcadísimas en función de la última noticia política, de los mil y unos rumores de operaciones corporativas, o del más reciente dato de coyuntura económica mensual de cualquier país.

Pero el inversor esclavo de la pantalla (muy a menudo proveniente del mundo de la intermediación, y ya no digamos si es de los que pinta rayas sobre gráficos pensando que los precios tienen vida propia...), siempre está a punto de ser iracundo.

A corto plazo, el mercado oscila. La explicación más sencilla es que en el mercado hay muchísima gente ignorante, que fácilmente se irrita y entra en pánico. Es así, créanlo o no. ¿Hay muchos airados, comprando y vendiendo cada día sin ton ni son? Sí. Ya sé que parece mentira que gente teóricamente muy preparada y muy bien pagada actúe de forma histérica. Es triste, pero es el precio que el mercado tiene que pagar por tener liquidez.

Contra la ira, no hacer trading.

Avaricia

La avaricia en el mundo de la inversión parece un pecado obvio. Pero es, además, un pecado complejo. Hay dos tipos de avaricia: la altruista y la egoísta. La avaricia altruista del inversor profesional, del gestor de fondos, es la que intenta hacer más ricos a los clientes, a los partícipes. La avaricia egoísta es la que, sencillamente, quiere hacer más rico al propio gestor. En principio ambas están interconectadas. Si un gestor obtiene altos rendimientos para las inversiones de los partícipes de su fondo, debería ver crecer también su propia riqueza, en la medida en que un buen rendimiento debe ayudar a captar patrimonio, el patrimonio a generar comisiones y la generación de comisiones suele estar relacionada con la retribución del gestor. Los vicios que llevan al pecado de la avaricia altruista o al egoísta son, sin embargo, diferentes.

Un inversor profesional a la vez avaro y egoísta, que quiera maximizar inmediatamente su retribución intentará aumentar, más que la rentabilidad, el patrimonio gestionado. La tentación, por ejemplo, de reducir la volatilidad (y con ella, la rentabilidad), transformando un fondo de renta variable con un historial de éxito en un fondo mixto (hoy más conocido con el eufemismo de fondo de retorno absoluto), es la más evidente. Hay mucha más clientela que teme la pérdida notable a corto plazo que la que es capaz de asumirla a cambio de una mayor rentabilidad a largo plazo. Evidentemente, un buen gestor de renta variable no tiene por qué serlo también de renta fija. Ni la comisión que cobra por hacer la gestión de comprar bolsa debería ser la misma que la que cobra por comprar deuda pública o depósitos. Pero a la larga, querer vivir de las rentas del medio-engaño más que del trabajo bien hecho, no es una buena solución.

El inversor profesional avaro altruista, en favor de los partícipes, es moralmente menos reprobable. Pero los riesgos de este vicio son también notables. El avaro altruista puede acabar confundido con el goloso o incluso el lujurioso. La convergencia de los tres pecados, avaricia, gula y lujuria no es muy común en otras actividades. Pero en el mundo de la inversión puede llegar a serlo. La ambición desmedida, en una actividad como la gestión de inversiones, que permite un incremento muy amplio en la asunción de riesgos a decisión del gestor, puede conllevar graves pérdidas en situaciones de crisis. Con niveles de inversión elevados (más activos que patrimonio), un descenso marcado de precios, aunque sea durante un breve espacio de tiempo, aunque sea estrictamente coyuntural, puede determinar una pérdida para el inversor de la que es muy difícil recuperarse.

Contra la avaricia, limitar el nivel de inversión.

Pereza

La pereza es percibida normalmente como uno de los pecados capitales menos pecaminosos. Parece que estar cruzado de brazos, que no hacer nada, o no hacer gran cosa, no pueda ser calificado excesivamente mal. Y, la verdad sea dicha, a mi juicio, en el mundo de la inversión la indulgencia con este vicio es más disculpable que con otros.

Al fin y al cabo, la inmensa mayoría del dinero gestionado en fondos de inversión lo es en régimen de pereza. En terminología financiera anglosajona los fondos gestionados con la tecnología de la absoluta pereza son conocidos como ETF, o fondos indexados.

Hombre, la verdad es que es triste que te cobren comisiones, por bajas que sean, por no hacer nada más que replicar, explícitamente en el caso de los ETF o fondos indexados, o implícitamente en muchos fondos, digamos referenciados, una cartera de valores que cierta organización ha definido como referencia de rentabilidad para un determinado mercado. La pereza es, cada vez más, el vicio mayoritario del inversor profesional. Para ser francos, no deberíamos hablar de inversores, sino de administrativos... Pero visto el gran patrimonio que muchos captan, y las grandes comisiones, en términos absolutos, que perciben, es difícil encontrar inversiones que den mucho más rendimiento sobre el capital y el esfuerzo intelectual invirtiendo que las de los principales gestores de inversiones perezosos.

Hay sin embargo también, entre los auténticos inversores, entre los que tienen opinión propia, entre los que no replican índice, un riesgo de pereza, el que proviene del exceso de autoconfianza. No son pocos los buenos gestores de fondos, en especial muchos de los que no suelen caer en los pecados de lujuria, gula, ira, avaricia o envidia, los que sólo toman como referencia el propio criterio y como reto el batir un índice honradamente establecido, que caen en el vicio de la pereza. No miran rankings, no compran más de lo que va bien, no venden lo que cae de precio por el solo hecho de que caiga, no alteran niveles de inversión, no copian ni están pendientes de lo que hacen otros, sencillamente compran lo que creen que es bueno. Pero no renuevan, diariamente, su convicción sobre que lo que era bueno cuando lo compraron lo siga siendo. No hacen el esfuerzo, imprescindible para todo el mundo que busque la excelencia en cualquier actividad, de hacer un presupuesto base cero, de pensar que hoy es el primer día del futuro. Dicho de manera sencilla, tienen en cartera empresas que algún día analizaron, vieron que eran buenas, que tenían un valor superior al precio, y no mantienen la tensión de ver, día a día, si algo ha cambiado.

Contra la pereza, revisar permanentemente la cartera.

Soberbia

Dicen los filósofos que la soberbia es el principal pecado capital, en la medida en que es la fuente, o al menos un contribuidor principal, de todos los demás.

En el mundo de la inversión, a mi juicio, la condición de la soberbia como pecado principal es indudable. Si hay un vicio común entre los gestores, y especialmente entre los buenos gestores de inversiones, no es otro que la soberbia. Su expresión más característica es la dificultad para vender una acción a un precio inferior al que se compró, el reconocimiento a tiempo de una equivocación.

Un buen gestor, un gestor de éxito, con buenos historiales de rentabilidad para los partícipes, con un patrimonio bajo gestión considerable, con una retribución muy superior a la de otras profesiones desarrolladas por personas de gran inteligencia, mérito y esfuerzo, es muy fácil que caiga en la soberbia. Y, normalmente, cae.

¿Cómo podemos, si no eliminar, al menos atenuar el vicio de la soberbia? No mirando los rankings, para no ser lujuriosos. Diversificando las inversiones, para no ser golosos. Midiéndonos contra una referencia objetiva para no ser envidiosos. No haciendo trading arrastrados por la ira. Limitando el nivel de inversión para no ser avariciosos. Revisando permanentemente la cartera para vencer la pereza. Y, si todas estas medidas no bastan: Ver el valor liquidativo, que tarde o temprano nos recuerda que no somos tan listos como nos creemos.

Contra la soberbia..., el valor liquidativo

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