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Macri pone los cimientos para el crecimiento de Argentina a largo plazo

Vista aérea de Buenos Aires.

¿Puede un país que registra una inflación promedio anual de 75 desde 1944 transformarse en una nación sostenible a largo plazo? ¿Puede pensarse un futuro de desarrollo en un territorio con más de ocho millones de niños pobres sobre una población de 45 millones? ¿Puede un Gobierno sobrevivir al malestar popular después de aumentar las tarifas de los servicios públicos hasta un 800% en solo tres años? ¿Puede una coalición de centroderecha surgida hace una década terminar un mandato al frente del Poder Ejecutivo cuando nunca un partido no peronista logró tal hito desde que Juan Domingo Perón asumió la presidencia, más de medio siglo atrás?

Estos son algunos de los dilemas que debaten intelectuales locales y foráneos y, en especial, la sociedad argentina, hoy polarizada y más que dividida luego de 12 años de Gobiernos tildados de populistas, que supieron desaprovechar un crecimiento a tasas chinas por una década y transformarlo en una bomba de tiempo económica, con un déficit fiscal de casi 5 puntos del PIB y guarismos en varias ramas que hacen sintonía con los peores de la historia. En definitiva ¿puede la Argentina ser capaz de soñar un país a largo plazo?

Mauricio Macri, el presidente de la Nación desde el 10 de diciembre de 2015, cree que sí. Y tiene sus fundamentos. En principio, según no se cansa de repetir, logró que "el país no explote por los aires", tras el fin del kirchnerismo. Entonces, la economía acumulaba años de estar en el top 3 de los países con mayor inflación en el mundo -hoy agraciadamente está en el top 10- y emulaba un modelo afín al populismo venezolano, que lo había alejado del mundo en lo político, cerrado en lo económico, sin estadísticas confiables y una corrupción galopante.

El país no explotó, es cierto, pero tres años pasaron desde entonces y la foto actual dista de la ilusión que supo construir Macri entre los argentinos, exitistas e impacientes por naturaleza. ¿Qué hizo bien el exempresario de padre italiano que hoy gobierna? La lista es muy larga, y más la recuerdan quienes observan el país desde el extranjero: la economía se normalizó y comenzó a abrirse al mundo, se saldó la deuda con los llamados fondos buitres, se sinceraron los datos estadísticos y se establecieron metas de inflación y de reducción del déficit fiscal.

Respaldo externo

"Los dos primeros años del Gobierno de Macri han sido asombrosos", dijo en marzo pasado la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde. Aseguró que realmente estaba "impresionada". Volvió a repetirlo al menos otras tres veces, en Twitter y hasta cuando se apareció de sorpresa en un evento de la Embajada de Argentina en Washington. Como al unísono, Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), no ahorró elogios: "No hay duda de que la Argentina está de vuelta", dijo. Este año, la entidad prestará casi 1.940 millones de euros al país, más que a ningún otro socio y el doble que el anterior récord.

Como premio y en celebración a la vuelta, el G-20 aprobó la presidencia este año de la Argentina en el foro de países líderes. El mercado también lo respaldó, con préstamos por más de 63.000 millones de euros desde su asunción, según un informe del Observatorio de la Deuda Externa de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET). La última gran emisión fue el 4 de enero, cuando se colocaron tres bonos por un total que rondó los 7.600 millones de euros, con tasas de entre el 4,65 y el 6,95%, casi la mitad del costo que cuando asumió.

Pro y contras

Pero todas las bondades que aplaude el mundo no alcanzan. El Gobierno sigue agradeciendo el apoyo ante las "medidas duras y difíciles" que debe tomar para erradicar el populismo. Entre ellas, la titánica tarea de reducir el déficit fiscal, hoy en 3,9 puntos del PIB. Para eso debe ajustar las tarifas de los servicios públicos, algunos de los cuales -como el agua- se multiplicaron por 20 en cuestión de meses. Y, si no, considere una cuenta familiar de este cronista: los importes pagados en todos los servicios durante 2017, medidos en dólares, superan la suma de todo lo gastado en los mismos conceptos entre 2003 y 2015.

El apuro de Macri por encarar sus reformas este año -el próximo afronta su reelección- está haciendo perder la paciencia a la clase media. En las últimas semanas, varias encuestas muestran una caída de entre 8 y 11 puntos en la imagen del presidente, pero en el Gobierno dicen no tener miedo: "Macri es el campeón del mundo, supera a cualquier otro presidente de Occidente en imagen". Pero, con matices según los sondeos, una mayoría asegura que la economía "está mal" y que su situación económica está peor que hace un año. Solo quedan las expectativas.

El llamado gradualismo económico que aplica Macri -es decir, evitar un ajuste forzoso-, está comenzando a dar resultados: la inflación, aunque alta, está en una curva descendente (un sondeo del Banco Central entre decenas de consultoras espera una suba de precios del 23% para 2018 y del 18% para 2019), la economía crecerá por encima del 2% por varios años, el déficit fiscal efectivamente se está reduciendo y gran parte de los sectores económicos registran toma de empleo neto y crecimiento en la actividad. Las obras de infraestructura son la gran promesa.

En (re)construcción

Seis mil kilómetros de rutas y autopistas, más de cinco millones de viviendas, tendidos eléctricos, obras sanitarias y red de agua para 10 millones de personas. Todo está por hacerse en Argentina. Las obras en infraestructura están teniendo un dinamismo sin precedentes y esto abre un abanico de oportunidades, en las que países como España y Estados Unidos están teniendo un rol protagónico. Desde fines de 2015 hasta marzo, según la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional, se anunciaron inversiones por 91.200 millones de euros, que corresponden a 924 proyectos de 675 empresas. "Y lo mejor está por venir" según prometen desde las oficinas gubernamentales.

La gran apuesta oficial es el régimen de participación público-privada (PPP). La Argentina aprobó el nuevo sistema de licitaciones públicas por ley, eliminó impuestos y hasta creó una subsecretaría ad hoc dentro del Ministerio de Finanzas. Estos contratos dan más previsibilidad y reducen riesgos tanto para los contratistas como para los Estados y quienes financian la obra. Los contratos pueden tener hasta 35 años de duración y servirán para apuntalar las obras de infraestructura, vivienda, actividades y servicios, inversión productiva o incluso investigación aplicada e innovación tecnológica. La primera prueba fue un éxito. En abril pasado se abrieron las ofertas para construir 3.353 kilómetros de rutas y autopistas -a medio plazo se espera que lleguen a 8.000 kilómetros-, con una inversión esperada de 5.050 millones de euros en los primeros cuatro años. Se recibieron 32 ofertas de 10 consorcios empresariales conformados por 19 compañías nacionales y 7 del exterior, entre ellos China, Colombia, EEUU, España, Italia y Portugal.

Los grandes proyectos de infraestructura de largo plazo, al margen de su creciente popularidad, contrastan con una realidad económica y financiera no exenta de volatilidad y bruscos cambios. El caso más reciente ocurrió a principios de mayo, cuando una combinación explosiva entre subida de tasas de interés en EEUU y un impuesto a la renta financiera para extranjeros generó una corrida cambiaria sin precedentes desde 2001. En pocos días salieron del país más de 4.200 millones de euros, forzando una devaluación del peso superior al 20%. El Banco Central tuvo que elevar la tasa de interés en la friolera de 1.250 puntos básicos y vendió reservas por cifras de récord histórico para contener la huida de fondos.

Un sorpresivo pedido de ayuda financiera del Gobierno al FMI por hasta 30.000 millones de dólares, que aún se encuentra en etapa de negociación, en el corto plazo logró su objetivo de tranquilizar a los mercados; pero sembró dudas en lo que puede suceder en la Argentina... de un momento a otro.

Queda mucho camino y más dudas que certezas en lo político. Pero aunque tarde más y el gradualismo sea doloroso, en la Argentina el sueño de ser un país de largo plazo comienza a idearse con una posibilidad real.

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