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Chile: desaceleración y cambio político

Las elecciones presidenciales de noviembre y la incertidumbre sobre la evolución de la economía china se ciernen sobre el desempeño del PIB de Chile para este año, que tendrá un alza modesta, solo ayudado por el precio del cobre.

Este año no será un tiempo fácil para los chilenos, ya que los movimientos sísmicos tanto desde el punto de vista económico como en lo político, han llevado al país a un escenario donde la incertidumbre se ha transformado en el actor principal.

La situación se ve reflejada en los números, que han ido confirmando la fuerte desaceleración de la actividad que vive el país; ha pasado de ser ejemplo a nivel mundial a una economía que apenas crece en cifras mediocres, tal como sucedió en 2016, cuando el producto interno bruto (PIB) se incrementó en un débil 1,6%.

A esta baja cifra se suman los fluctuantes números registrados en los primeros tres meses del año. En enero el PIB creció un 1,2%, lo que llevó al ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, a afirmar que "es una cifra algo mejor a lo esperado; pero, más importante, el crecimiento mensual de los últimos dos meses, eso quiere decir mes contra mes, es el más alto que tenemos desde enero del 2015". Sin embargo, febrero volvió a decepcionar, ya que la actividad económica se desplomó un 1,3%, influida por la larga huelga de la minera Escondida -el mayor yacimiento del cobre del mundo- y los devastadores incendios forestales que afectaron durante semanas a la zona central del país.

Así llegó marzo, mes en que las estimaciones marcaban un decrecimiento. Pero el PIB aumentó un 0,2% y, con una caída del 22,7% de la actividad minera, casi se confirma que, de no mediar un milagro, la economía chilena cerrará 2017 con un crecimiento que rondará el 1%, tal como lo refleja el último Informe de política monetaria del Banco Central, que lo recortó desde 1,5-2,5% a entre 1 y 2%.

Estímulo monetario

Esta situación ha llevado a que la tasa de política monetaria (TPM), tipo referencial en el mercado, haya sido recortada por parte del Banco Central en dos oportunidades, dejándola en el 2,75%, con el objeto de generar un estímulo en la economía nacional. Es más, los expertos estiman que esta tasa se ubicará en el 2,5% para el mes de agosto debido a la inexistencia de presiones inflacionarias.

En efecto el índice de precios al consumidor (IPC) se ha ido enmarcando dentro del rango meta de entre el 2 y el 4%, lo que deja margen de acción para poder continuar con diversas medidas que estimulen a la desacelerada economía chilena.

Un elemento positivo ha sido el alza en el precio del cobre, principal exportación del país, que ha llevado un alivio a las mermadas arcas públicas, motor del incremento económico de los últimos meses. El metal rojo, desde enero a la fecha, se ha cotizado a un valor promedio de 2,63 dólares la libra, muy por encima de las estimaciones de la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco), que lo cifraba en 2,40 dólares la libra, y el valor que toman en cuenta los Presupuestos de la nación.

Otro aspecto preocupante son las cifras que ha ido dando el mercado laboral, que, si bien es cierto que se mantiene en números controlados, muestra que el empleo creado ha ido por los trabajos por cuenta propia, lo que deja en claro la fuerte precarización, dado que son inestables en los ingresos y sin cotizaciones previsionales ni de salud.

El desempleo, que se ubica en el 6,4% al mes de marzo, debería ir en aumento constante hasta final de año, debido a la fuerte baja en los niveles de inversión y la postergación de numerosos proyectos como consecuencia de la incertidumbre que, según los gremios empresariales, han solidificado las reformas tributaria y laboral del Gobierno de la presidenta Michelle Bachelet.

Dudas dentro y fuera

A todos estos elementos se suma un incierto entorno mundial, en especial originado en las imprevistas decisiones -sobre todo en las relaciones y política internacional- del presidente estadounidense Donald Trump. También la enigmática evolución de la economía china, principal mercado de las exportaciones chilenas. Todo ello hace que la situación solo pueda ser definida como de grave incertidumbre.

Pero eso no es todo. A este escenario se añade un elemento que no hace más que sumar nuevos temblores, muy acordes con la naturaleza sísmica del país: el 19 de noviembre se realizarán elecciones presidenciales y parlamentarias.

Aquí el panorama se vuelve aun más complejo, partiendo por la coalición de Gobierno, que no pudo ponerse de acuerdo en designar un candidato en común y competirá en la primera vuelta con dos postulantes, el senador independiente Alejandro Guillier y la democristiana Carolina Goic.

Esta disputa marca el debilitamiento -para algunos el fin- de la gobernante Nueva Mayoría y, consecuentemente, la gestión que pueda llevar a cabo la actual mandataria en los meses que le quedan a cargo del país.

Aún más, esta doble candidatura dificulta los acuerdos para los comicios parlamentarios que, por primera vez desde el fin de la dictadura, se realizarán bajo un sistema representativo, dejando atrás el binominal que potenció la existencia de los dos grandes bloques que han compartido el poder desde 1990.

Mientras tanto, en la derecha, surge cada vez con más fuerza la figura del exmandatario Sebastián Piñera, favorito para ganar las elecciones de noviembre y que ya ha delineado algunos de sus grandes pilares de gestión: duplicar el crecimiento, poner fin a las reformas laboral y tributaria y dar vuelta atrás con el proceso de gratuidad que se ha ido implementando en la educación superior.

En este escenario, de por sí sísmico, surge un nuevo actor: el Frente Amplio, que reúne a una serie de formaciones políticas que con dos precandidatos (Alberto Mayol y la periodista Beatriz Sánchez, que captó el 11% de las preferencias en un mes según las últimas encuestas) buscan poner fin a la hegemonía de los grandes partidos y reformar radicalmente el sistema neoliberal imperante, introduciendo una incertidumbre mayor en el ya cuestionado sistema político.

Un año de temblores

Así, con una desaceleración que parece haber llegado para quedarse, una baja tasa de inversión, un desempleo precarizado, movimientos sociales con altas demandas y con elecciones presidenciales ya calentando motores y que se estiman friccionadas y descalificadoras, Chile se prepara para vivir un año que se caracterizará por un sinfín de temblores, los que removerán el quehacer de los chilenos, pero que, aun así, logrará sortear y llevar a buen puerto.

A partir de ahí, el año 2018, con nuevo Gobierno de por medio, el país deberá iniciar un nuevo recorrido y tratar de recomponer confianzas para evitar que la alta inestabilidad económica y política altere un sistema que ha sido ejemplo de desarrollo para el mundo, aunque queden demasiados puntos pendientes, en especial en lo referente a una mayor equidad e igualdad de oportunidades.

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