Empresas y finanzas

Drones, satélites y datos, los guardianes de los tres millones de kilos de uvas que comeremos en Nochevieja

  • El uso de herramientas punteras en el cultivo ayuda a perpetuar la tradición de las uvas
  • Se cree que la costumbre comenzó en 1909, tras una espléndida cosecha

Aunque algunos osan a sustuirlas por gominolas, aceitunas o frutos secos, las uvas son las grandes protagonistas de la última noche de diciembre, la promesa de un aguinaldo inagotable para todo el año nuevo. Comeremos tres millones de kilos al frente del televisor, al son de las campanadas que marque el reloj de la Puerta del Sol. ¿De dónde proceden estas uvas? ¿Y cómo se logra una calidad máxima pese a los volantazos meteorológicos?

La mayoría de las uvas que comeremos tras la cena del próximo martes procede del valle del Medio Vinalopó, en la provincia de Alicante. Es allí donde se produce la variedad más popular para estas fechas, la uva Aledo.

La principal particularidad de esta uva de mesa es que, a diferencia de otras, crece directamente dentro de una bolsa que protege los granos de las inclemencias del tiempo. Esto, además, hace que el color de la uva sea uniforme, que su piel sea más fina y que su sabor y textura resulten de la más alta calidad. Una calidad que también depende, cada vez más, de la introducción de la tecnología en los cultivos y de lo que se conoce como viticultura de precisión.

En la actualidad se han desarrollado herramientas de teledetección con drones, satélites y sensores que ofrecen información espacial a distancia para poder ser analizada y estudiada por el viticultor para sacar el máximo rendimiento a su explotación. "Gracias a la utilización de las diferentes tecnologías integradas en la aplicación, podemos obtener información tan relevante como la estimación de la producción, la curva de la vegetación para conocer en qué momento se encuentra el cultivo, su situación y una comparación de distintas parcelas para una mejor clasificación", explica José Manuel Ruiz, cofundador de Paintec, una empresa aragonesa que ha lanzado una herramienta al servicio de la agricultura de datos.

A través de este nuevo modelo agrícola, el viticultor no solo consigue que las uvas que presiden las mesas estos días sean de una mejor calidad, sino que también reduce el impacto que su cultivo tiene sobre el medioambiente. El uso de la maquinaria agrícola y el empleo de fertilizantes, entre muchos otros factores, contribuyen al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, y por tanto, al calentamiento del planeta.

No obstante, gracias a la teledetección, el agricultor dispone de mucha más información sobre su cultivo y el estado de la tierra, por lo que solo regará o abonará cuando sea estrictamente necesario. Además, el uso de sensores y maquinaria inteligente permiten controlar al milímetro todo lo que puede afectar al tamaño, la calidad o el sabor de las uvas de la suerte, ya que miden la profundidad del suelo, su salinidad, textura y capacidad de retención de agua.

Además, la monitorización de las vides permite al viticultor conocer cuál es el momento más idóneo para la recogida de la fruta. "Predecir la producción es un dato muy importante, ya que gran parte de la logística gestionada se centra en la recolección. Y el poder estimar los kilos y la fecha puede influir mucho en la gestión de este proceso", añade Ruiz.

Tecnología al servicio de la tradición

La utilización de herramientas punteras de monitorización en el cultivo de las uvas ayudará a perpetuar una tradición que cuenta con más de cien años de antigüedad. Sus orígenes no están del todo claros y existen diferentes versiones, aunque todas ellas se enmarcan a finales del siglo XIX y principios del XX.

Hay quien cree que la tradición de tomar las uvas comenzó en el año 1882 de la mano de los burgueses, que solían beber champán y comer esta fruta en la cena de nochevieja. Otros cuentan que los responsables de esta costumbre fueron un grupo de madrileños que se reunieron en la Puerta del Sol para burlarse de las clases altas tomando las uvas a golpe de campanada.

Sin embargo, la teoría más extendida es que la tradición de comerse las 12 uvas comenzó en 1909. Ese año la cosecha fue estupenda, y los productores decidieron vender los excedentes como uvas de la suerte para estimular su compra. Así hasta llegar al día de hoy, en el que tradición y tecnología se dan la mano para poder despedir el año con un buen sabor de boca.

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He leído este artículo en Agro Magazine, una revista de Málaga, ¿compartís con otros medios información?, gracias una saludo. Me parece interesante, si es así.

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