Tecnología

La inteligencia artificial se viste de verde, pese a sus costes ocultos

  • El almacenamiento de datos ya es el responsable de entre el 5% y el 9% del consumo de electricidad a nivel mundial

La inteligencia artificial (IA) y la sostenibilidad son conceptos obligados a entenderse. Uno y otro mantienen relaciones de amor y odio. Por un lado, afloran la reducción de emisiones gracias a los usos y eficiencias de la tecnología cognitiva y, por otro, el propio funcionamiento de la IA requiere de enormes recursos energéticos, en forma de centros de datos y capacidad de computación.

Ante semejante tensión de fuerzas, las empresas tecnológicas que vinculan sus futuros a los algoritmos asumen las cuestiones medioambientales como una de las grandes asignaturas pendiente del negocio. ¿Qué impacto ecológico genera el mantenimiento predictivo en las fábricas? ¿Qué huella de carbono imprime la IA para democratizar la magia a la que empieza a acostumbrarnos? El fenómeno muestra dos caras, a modo de Doctor Jekylll y Mister Hyde, o de ángel y diablo en la misma persona.

Antes de consultar con los expertos, la primera pregunta debe dirigirse a la propia IA, personificada en ChatGPT. Ante la cuestión de si la inteligencia artificial es realmente ecológica, la máquina se mueve en terrenos tibios: "El uso de la inteligencia artificial puede tener implicaciones ecológicas dependiendo de cómo se implemente y utilice". Según argumenta el chatbot, la inteligencia artificial en sí misma no tiene una naturaleza inherente de ser ecológica o contaminante.

Por un lado, la implementación eficiente de la IA puede llevar a mejoras significativas en la eficiencia de procesos industriales, optimización de recursos y gestión de la energía. Esto puede resultar en reducciones de emisiones y un uso más sostenible de los recursos. Sin embargo, la construcción y operación de infraestructuras de computación para entrenar y ejecutar modelos de inteligencia artificial a gran escala puede requerir una cantidad significativa de energía, lo que podría tener un impacto ambiental negativo si no se utiliza energía renovable o no se gestiona adecuadamente.

A lo anterior se añade el coste ambiental de la obsolescencia de hardware asociada con la tecnología de la inteligencia artificial, así como la gestión adecuada de los desechos electrónicos. Por todo lo anterior, la inteligencia artificial es un dechado de eficiencia operativa y, por tanto, ambiental, aunque todo depende de cómo se implemente.

Basta recordar que el almacenamiento de datos ya es el responsable de entre el 5% y el 9% del consumo mundial de electricidad. Y todas las previsiones apuntan a que ese gasto irá en aumento, en concreto hasta el 21% en el año 2030. Ese aumento irá parejo al papel predominante que esta tecnología va a ir asumiendo con el paso de los años. Resulta llamativo que también para ese mismo año la ONU está pidiendo a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en su punto 7, que aumentemos de forma considerable la proporción de energía renovable sobre otras fuentes más clásicas. También para 2030, tendríamos que duplicar la tasa mundial de mejora de la eficiencia energética.

Es cierto que las energías renovables ganan peso y que las grandes compañías responsables de la nube (Amazon, Microsoft, Alphabet, Meta…) han tomado nota. Todas ellas están dando pasos importantes para que sus centros de datos se nutran especialmente de estas otras fuentes más verdes. Pero también ahí el consumo de otros recursos como el agua pasa factura. Un ejemplo: Google ha publicado que sólo en el año 2021 necesitó la friolera de 15.800 millones de litros de agua para la refrigeración de sus centros de datos.

Las Big Techs también están poniendo en marcha soluciones algo ingeniosas: en vistas de que el entrenamiento de estas máquinas puede hacerse de forma intermitente en cualquier momento del día, estas compañías empiezan a elegir aquellos momentos de la jornada en los que la energía es más económica o cuando se produce excedente de ella.

Encontramos ejemplos también de soluciones de IA que pueden ayudar a las empresas y particulares a ser más eficientes desde el punto de vista energético. Como las aplicaciones que permiten optimizar el uso de la energía de los edificios. Estos sistemas adaptan la iluminación y otros elementos como la climatización de forma inteligente según la luminosidad que entra del exterior, a la ocupación de cada sala o al momento exacto del día. Es cierto que para alcanzar esos ahorros antes habrá que instalar sensores, con su consiguiente coste...

La IA también ayuda a ahorrar en las fábricas a través de los sistemas que se anticipan a las posibles averías, evitando reparaciones más costosas y parones en la producción con el consiguiente aumento en el consumo de energía. Asimismo, gracias al análisis continuo y en tiempo real que facilita la IA, las empresas pueden tener una predicción de la demanda del suministro, ajustándolo a las necesidades reales. Desde Johnson Controls hablan por ejemplo de su solución OpenBlue Enterprise Manager, "que se apoya en la inteligencia artificial para realizar el diagnóstico remoto, el mantenimiento predictivo, el control del cumplimiento y las evaluaciones avanzadas de riesgos".

Las compañías se esmeran en encontrar nuevas soluciones más verdes al tiempo que aumentan la capacidad de cálculo y la inteligencia de esas mismas herramientas. Tal es el caso de Lenovo con su sistema ThinkEdge SE455 V3. Este modelo aprovecha nuevos procesadores para ofrecer un rendimiento mayor en el llamado borde de la red (Edge) "desbloqueando la inteligencia de datos y permitiendo aplicaciones de IA de próxima generación, al tiempo que reduce el consumo de energía y el coste total de propiedad", explican desde la compañía.

Muy vinculado con el ahorro energético encontramos otro tema sensible que requiere atención. Según un informe de Japan Weather Association (JWA), la incorporación del big data y la inteligencia artificial en el mundo de la restauración puede reducir hasta un 30% el desperdicio de alimentos. En otro ámbito, en el diseño de plásticos más eficientes, la IA ya abre un horizonte de posibilidades sin precedentes para obtener beneficios significativos en términos de seguridad, calidad, productividad, rentabilidad y crecimiento. Los promotores de estos avances también aducen mejoras en sostenibilidad y circularidad a largo plazo.

¿Y si la IA nos ayudara a reciclar? Pues a ese objetivo va dirigida la medida que ha desarrollado Ecoembes con Reciclos, el Sistema de Devolución y Recompensa que tienen activo en algunos de sus contenedores amarillos. Se apoya en un programa de IA para identificar más de 10.000 tipos de envases. Este algoritmo de reconocimiento, que se reentrena cada seis meses, aprende por sí mismo con deep learning para identificar las imágenes de los recipientes.

En el hogar, los electrodomésticos inteligentes van ganando terreno. Según datos aportados por BSH España -que integra a Bosch, Siemens o Balay- en los dos últimos años siete de cada diez hogares de nuestro país han incorporado algún dispositivo de este tipo dotados de inteligencia artificial. Esta firma presentaba en la pasada feria IFA de Berlín, a inicios de septiembre, nuevos hornos que incluyen, por ejemplo, un sensor que detecta los alimentos y a partir de ahí elige el programa que mejor se adapta a cada caso, ganando en eficiencia y reduciendo también la factura de la luz.

Tampoco se nos escapan los desarrollos en el mundo de las ciberamenazas. En este campo, los avances de la inteligencia artificial ya permiten ahorrar costes asociados al consumo de energía. Para Antonio García Romero, CEO de la compañía Teldat, la "IA puede alertar a los equipos de seguridad antes de que una amenaza se materialice por completo o incluso actuar de manera automática como prevención".

La inteligencia artificial ha decidido quedarse entre nosotros y ganar protagonismo en cada una de las parcelas de nuestra vida. Los ejemplos mencionados ayudan a entender que esta tecnología tiene una doble cara en cuanto a sostenibilidad y respeto al medio ambiente. Para ganarse nuestro cariño, últimamente también ha decidido que quiere ser verde. Del uso responsable que hagamos de ella cada uno de nosotros dependerá también que alcance ese propósito.

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